Cuando escuchamos hablar de drogas como la psilocibina y la MDMA, es habitual asociarlas al consumo recreativo y a los riesgos que pueden conllevar. Sin embargo, para Jonathan Lubecky, veterano del Ejército estadounidense, la MDMA supuso una oportunidad para afrontar el trastorno de estrés postraumático (TEPT) que sufría tras regresar de Irak en 2006. Durante años probó distintos tratamientos, pero sus efectos no se mantenían en el tiempo. Su situación empezó a cambiar cuando supo que se investigaba como posible tratamiento del TEPT y decidió participar en un ensayo clínico.
La primera sesión llegó en noviembre de 2014, ocho años exactos después de su regreso de Irak. La mejoría no fue inmediata, pero sus síntomas fueron disminuyendo progresivamente. Como explica Lubecky al recordar su experiencia, “no fue algo mágico. Tardó un tiempo en que todos mis síntomas remitieran”. Dos meses después, todavía cumplía los criterios clínicos del trastorno, aunque sus síntomas habían mejorado considerablemente. Un año más tarde, ya no los cumplía y su depresión también había disminuido de forma notable. Su experiencia refleja el potencial que puede tener la terapia asistida con psicodélicos, especialmente en aquellos que no han encontrado una respuesta suficiente en otros tratamientos. Sin embargo, su caso también plantea una pregunta: ¿hasta qué punto pueden reproducirse estos resultados en otras personas?
La psicóloga sanitaria y psicoterapeuta María García Ruiz considera prometedora esta línea de investigación, aunque insiste en la necesidad de contar con pruebas científicas suficientes antes de recomendar su aplicación clínica. “Una cosa es que una sustancia resulte prometedora y otra que tengamos evidencia suficiente para recomendar su uso clínico”, advierte. Su postura resume el debate científico: qué beneficios ofrecen estas sustancias, en qué pacientes podrían resultar útiles y qué riesgos presentan. Más allá de las experiencias individuales, la investigación debe establecer si estas sustancias pueden convertirse en una alternativa terapéutica segura y eficaz, y en qué condiciones.
Riesgos y limitaciones
A pesar de los resultados esperanzadores de algunos pacientes, el uso terapéutico también plantea riesgos que deben tenerse en cuenta. Sus efectos no son iguales en todas las personas y, en determinados casos, pueden provocar reacciones psicológicas intensas o agravar problemas previos. José Carlos Bouso Saiz, psicólogo y doctor en Farmacología especializado en la investigación de sustancias psicodélicas, señala que las personas con trastornos del espectro psicótico, como la esquizofrenia, están excluidas de estos tratamientos en los protocolos actuales. Por su parte, María García Ruiz advierte de que seleccionar adecuadamente a los pacientes no elimina por completo los riesgos y subraya la importancia de contar con supervisión especializada y seguimiento psicológico. Por ello, aunque estas sustancias se investiguen como posibles herramientas terapéuticas, todavía es necesario determinar con mayor precisión en qué condiciones pueden utilizarse y para quiénes pueden suponer un problema.
El riesgo de abuso obliga a distinguir entre el consumo recreativo y el uso terapéutico de estas sustancias. Bouso considera que el uso problemático de MDMA afecta a un porcentaje reducido de quienes la consumen y sostiene que, “en un contexto clínico, el objetivo no es evadirse, sino afrontar los problemas psicológicos con ayuda profesional”. Según el investigador, no hay casos documentados de pacientes que, tras completar un tratamiento con MDMA, hayan recurrido a su consumo recreativo. En este sentido, Lubecky representa un ejemplo de cómo la sustancia puede utilizarse con una finalidad terapéutica, aunque su experiencia individual no permite garantizar los mismos resultados en todos los pacientes. Aun así, el riesgo de que el interés por estas terapias fomente la automedicación sigue siendo una preocupación sanitaria. García Ruiz recuerda que una sustancia no se convierte en un medicamento por administrarse en un entorno clínico: “Su seguridad y eficacia deben estar respaldadas por evidencia científica y su seguimiento sanitario”. La cuestión, por tanto, no consiste únicamente en determinar qué efectos puede tener, sino también en establecer qué garantías deben acompañar a su uso para evitar que una posible herramienta terapéutica se convierta en una práctica sin supervisión médica.
El exmilitar estadounidense Jonathan Lubecky.
¿Droga o medicamento?
Más allá de los posibles beneficios y riesgos, una de las cuestiones centrales del debate es qué diferencia a una droga de un medicamento y qué garantías deben acompañar a su uso terapéutico. Bouso considera que la distinción depende, en gran medida, del estatus legal de la sustancia, mientras que la psicoterapeuta pone el acento en los controles sanitarios que permiten evaluar su seguridad y eficacia. En este sentido, ambos coinciden en la importancia de analizar las condiciones en las que se administran, aunque desde perspectivas diferentes. García Ruiz señala que un entorno controlado permite evaluar contraindicaciones, ajustar las dosis y actuar ante posibles complicaciones, pero advierte de que la supervisión profesional no demuestra por sí sola que un tratamiento sea eficaz. Bouso, por su parte, sostiene que los riesgos asociados al consumo continuado e intensivo no se han observado de la misma manera en los contextos clínicos, donde la exposición es limitada.