Actualizado hace 7 minutos
Todo estaba dispuesto en Liubliana, Eslovenia, el paisaje verde, con reminiscencias de la primavera, el sol alegre, dicharachero, el cielo azul recortando montañas, las banderas ondeando felices, el pueblo enfervorizado, pasillos humanos en Mozjanca, el factor desequilibrante (2,1 kilómetros al 10,3% de pendiente media), para rendir un homenaje a Tadej Pogacar, el dios que veneran los eslovenos.
Ante la ausencia de su ídolo, la multitud presenció la gloriosa victoria de Remco Evenepoel, que se impuso por nada, si esta se puede medir, sobre Giulio Ciccone en un esprint tan ajustado que hasta la foto-finish se convirtió en una cuestión de fe. Creer o no creer.
Evenepoel posa con el maillot de campeón de Europa.
El belga, competitivo al extremo, completó con el laurel europeo la colección de maillots de los grandes campeonatos. Campeón Mundial, oro olímpico y rey del Viejo Continente. La grandeza también se mide desde la mirada de un microscopio.
La llegada entre el pletórico Evenepoel y el apesadumbrado Ciccone pareció ser más un empate en un final infartante. El bronce ungió a Christian Scaroni en un Europeo taquicárdico en su resolución, ajustadísima, que cortó la respiración. Iván Romeo fue quinto.
El belga y el italiano conversaban de vez en cuando entre relevos antes de citarse en un final en el filo una vez alejaron al resto en la penúltima vuelta. La suya, con el oro en juego, era una guerra psicológica.
Evenepoel demandaba más colaboración. Negaba el italiano, racaneo todo lo que pudo. Quería jugar con el sistema nervioso del belga, con tendencia al histrionismo y la impaciencia. Desquiciarle.
Evenepoel, empeñado, era una tren bala por la llanura a pesar de la caída que le hirió el orgullo. Una locomotora sin freno. Ciccone disfrutaba en el vagón de lujo. Amagó con un relevo corto, efímero, antes de jugar al desconcierto en el esprint.
Un esprint ajustadísimo
El italiano maniobró mejor y tomó el interior de la curva como si de un piloto de MotoGP se tratara. Evenepoel perdió unos metros, pero abrió gas, potencia máxima, salvaje y recortó hasta que los dos se emparejaron tanto que no se supo quien ganó sobre la línea de meta. Parecía un ex aequo.
Fue la del belga una victoria con suspense, una cuestión de fe, juzgada después de los golpes de riñón de Ciccone y Evenepoel en una autopsia a la micra realizada en la sala de los jueces con bisturí. Atravesada la meta, el misterio continuó durante varios segundos, eternos para ambos porque era imposible saber quién había ganado.
Entonces estalló de júbilo Evenepoel. Gritó su victoria, que recorrió cada recoveco de Eslovenia. A Ciccone, que se vio campeón cuando salió con ventaja de la curva, se le desprendió la cabeza. Guillotinado. Triste. Deprimido. Plata por un asunto milimétrico. Tal vez menos. Así midió la gloria del belga.
Bélgica dispuso a sus coraceros para llevar a hombros a Evenepoel. Ese planteamiento desgajó en el segundo paso por Mozjanca a Juan Ayuso, sin huella ni peso. El alicantino era un alma en pena. Mads Pedersen tampoco fue capaz de sostenerse con los mejores.
Penalizó en la subida. No tenía hilo del que tirar. Pavel Sivakov, ruso con bandera francesa, generó otro escenario con un ataque que pretendía cambiar el paso. Altero el orden establecido durante unos kilómetros.
Ciccone se enciende
Introdujo una coma en el relato, un pequeño parón en la frase que recitaba el coro belga, agrupado alrededor de su solista. Evenepoel se activó furibundo cuando Ciccone se sacudió la paciencia en el penúltimo paso por Mozjanca, el núcleo de la carrera.
El lugar donde todo sucedía. El italiano bailó sobre sus pedales, bamboleantes los hombros. Evenepoel, enmascarado con una gafas de cristal dorado, se alineó con Ciccone en el último repecho.
Allí, en una curva, el belga entró como un disparo, pasadísimo, y derrapó. Perdió el control de su bicicleta y se arañó la piel. La laceración barnizó de rabia al belga, que se subió a la bici y emprendió la persecución de Ciccone, apagada su efervescencia poco después. Bullía Evenepoel, colérico, enojado.
Desatado, el belga aceleró en los toboganes posteriores a la ascensión. Ciccone, que no le quitaba el ojo de encima, se empastó con el belga, volcánico. Tomaron una ramillete de segundos. Campeón del Mundo de contrarreloj en cuatro ocasiones, el belga aplicó su metodología por el llano.
Emprendieron el giro final, al toque de campana, con una renta de casi medio minuto sobre un grupo con Roglic, Romeo, Skujins, Herzog y tres franceses, Bisiaux, Braz y Rondel con intereses de caza. Van Gils y Debruynne, belgas, y Scaroni, italiano, arrastraban los pies. Eran cubos densos, de plomo.
Rondel se descorchó y Scaroni se alistó con el francés para después someterle en la subida. Un clásico italiano. Por delante Evenepol y Ciccone se tasaban en cada mirada. Un pleito en las distancias cortas el suyo.
Enemigos íntimos en las tripas de Mozjanca. Los dos compartieron el mismo centímetro. Scaroni colgaba lejos en el retrovisor. Era apenas un destello ante el fulgor de Evenepoel y Ciccone, un incendio para forjar el oro que premió a Evenepoel en el latifundio de Pogacar.
Pogacar visita la carrera
Al esloveno mágico, sus compatriotas le esperaban vestido de campeón del Mundo, con su tercer arcoíris. Era la estampa que dibujaba el sentido común que supone la locura que es Pogacar.
Sucede que la desventura se entrometió en lo que tenía que ser cuando al esloveno le derribó una piedra en el camino que le arrancó de la Vuelta con la clavícula fracturada.
Quebrado, no pudo estar en el Mundial, así que su tercer arcoíris son dos y una promesa por cumplir, y el Europeo un limbo que no cuenta con él a pesar del pasional deseo del esloveno.
Pogacar, que no tardó en entrenar tras la operación de clavícula, intentó izar la bandera de su ciclismo para remarcar el cetro continental, pero su equipo le negó la aventura.
Así que los miles de aficionados que se asomaron a la barandilla del Europeo celebraban el ciclismo sin Pogacar, que es un asunto distinto debido a la singularidad del esloveno que todo lo gana.
El ciudadano Pogacar se paseó por el escenario para firmar autógrafos, ser agasajado, y recibir saludos. El esloveno, con aspecto de campista, gorra beige, una camiseta verde holgada y gafas de sol, hacía acopio de cariño. Urska Zigart, ciclista profesional, le acompañó en ese baño de multitudes.
A Pogacar le dolía no llevar dorsal. En su mente imaginaba en qué punto se hubiese escapado en solitario. Era solo un sueño. La realidad relataba el dominio belga, con Evenepoel a modo de maestro de ceremonias.
El campeón olímpico, que no pudo tejer el arcoíris en Montreal, buscaba la redención en el Europeo, que condecora con estrellas al campeón. Las agarró el belga. Milimétrico Evenepoel.