Polideportivo

Piganzoli encuentra el cielo en San Luca

El italiano se corona en el Giro dell'Emilia, última carrera para Nairo Quintana, por delante de Pidcock y Onley en un final emocionante
Piganzoli festeja la victoria.
Piganzoli festeja la victoria. / Visma

Actualizado hace 3 minutos

Los arcos que vigilan el Santuario de San Luca, en Bolonia, cosen el Colle della Guardia entre rampas que martirizan, alguna curva que es crucifijo y la estampa bella, donde se mezcla lo divino y lo humano, hipnótico calvario en el Giro dell'Emilia. Una Virgen negra, una rareza, se refugia en el templo de una carrera que convoca a los feligreses de las grandes tradiciones.

En el santuario, que venera la afición italiana, se posó la emoción de Davide Piganzoli, incrédula su alegría; su logro, extraordinario. Su mejor victoria.

En el alumbramiento del italiano, se despidió de su biografía ciclista Nairo Quintana, vencedor de la carrera en 2012.

El colombiano colgó los aperos del ciclismo para siempre después de una exitosa travesía. Campeón del Giro, de la Vuelta, dos veces segundo en el Tour, Quintana capituló con 53 victorias en su vitrina y el paseíllo que le dedicaron sus compañeros en su despedida.

Nairo Quintana, antes de partir en su última carrera como ciclista profesional.

Nairo Quintana, antes de partir en su última carrera como ciclista profesional. Efe

Última carrera de Quintana

En el adiós de Quintana, Piganzoli abrazó la gloria en la peana del Colle della Guardia como el colombiano lo hiciera en 2012. Después del trabajo sincronizado del Visma, con Jorgenson como guía, acelerante y secante, Piganzoli se desabrochó. En el descenso anterior a la ascensión definitiva, en el hilo de asfalto festoneado por el verdor de los árboles, el italiano se descorchó.

En el grupo, con Pidcock, Onley, Healy y Jorgenson, pestañearon las dudas. Piganzoli no tenía ninguna. Era su oportunidad. Agarrado a la pértiga del entusiasmo, se impulsó con determinación para reptar por la ascensión que se anilla con la eternidad. Divino final, camino doliente.

Es un tesoro la clásica italiana, tendida a sol suave, acariciante el cielo, de un azul luminoso, que se desentierra en Colle della Guardia, una subida de apenas 2 kilómetros pero con dureza y exigencia laminante, con una pendiente media importante, superior al 9 % y con rampas que peinan el 12 % y un puñetazo, desafiante, pendenciero, al 20%.

Allí, Piganzoli invocaba al alma, mientras Pidcock, media la distancia. Healy, Jorgenson y Tullet, que se presentó después, no contaban. Onley se tachonó a su compatriota.

El italiano restaba pulgadas. Pidcock, palmos. No lo suficiente para estrujar a Piganzoli que pudo celebrar su conquista con una chasquido de segundos de renta.

Pello Bilbao, protagonista

La clásica italiana, bella y revoltosa, juguetona, traviesa con su circuito final, aserrado, y su columnata que invoca a los maravillosos días de nostalgia, es un monumento al que le esquiva el escudo de armas de la alta aristocracia del ciclismo a pesar de más de un siglo de historia.

Pello Bilbao, en sus últimos pasos de baile por la pasarela del ocaso hacia il Lombardia, danzó su claqué cuando se inicio el bucle del tirabuzón de San Luca. Abrió fuego y con ese primer disparo, la clásica entró en otra dimensión en cada asalto a la empalizada. Un pandemónium.

Brandon McNulty, de estreno de arcoíris, se agitó. Al igual que Jorgenson, Healy, Onley, Pidcock, Piganzoli y otros. Se abrió la Porta Saragozza y se desparramó el entusiasmo del italiano. Piganzoli encuentra el cielo en San Luca.

2026-10-03T15:05:22+02:00
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