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En el Memorial Marco Pantani, el pasado 12 de septiembre, en paralelo a las lágrimas de emoción, congoja y victoria de Mikel Landa en el Collado del Alguacil, Ion Izagirre gritaba feliz, dichoso y electrizante su triunfo en la clásica italiana.
El de Ormaiztegi, de 37 años, cabalgaba hacia el ocaso, jinete crepuscular con las alforjas repletas de éxitos. Meses antes, Izagirre se había coronado por tercera ocasión en el G. P. Miguel Indurain.
Siempre competitivo, honesto consigo mismo, el de Ormaiztegi deseaba retirarse siendo todavía plenamente vigente.
El pulso vivo lo ha mantenido Izagirre, ciclista de culto, 20 victorias en su andadura, vencedor de dos etapas en el Tour (2016 y 2023), una en el Giro (2012) y en la Vuelta (2020). Campeón en 2019 de la Itzulia, la carrera que siempre ha amado, Izagirre no quería que el ciclismo le abandonara.
"Disfrutar y competir"
Después de un curso 2025 complicado, Izagirre ha ofrecido una versión magnífica en su último baile. Alejado de la melancolía y los recuerdos, el de Ormaiztegi señalaba en una entrevista a este periódico que en su año de cierre quería sentirse un ciclista con un lugar. “Quiero disfrutar y competir. Más allá de la nostalgia”
La hoja de ruta le conducía a través del calendario de clásicas italiana que saludan el otoño a Il Lombardia, el 10 de octubre. Allí cerraría su círculo.
El que completó con el patchwork del Euskaltel-Euskadi (2011-2013), Movistar (2014-2016), Bahrain (2017-2018), Astana (2019-2021) y Cofidis (2022-2026).
En la Clásica de las hojas muertas deseaba el de Ormaiztegi posar su biografía ciclista antes de emprender la vida de Ion, el ciudadano que echaba cada vez más de menos alejarse de los suyos.
Ion Izagirre rueda durante el Memorial Marco Pantani.
El ciclismo, inmisericorde, tantas veces cruel, incluso penaliza a ciclistas como el guipuzcoano, que lo ha venerado, que lo ha honrado durante 17 campañas hasta el tuétano desde que debutara en 2010 con el Orbea.
El ciclismo, musa inasible, verso suelto que a nadie abraza para siempre, a pesar de idilios magníficos, enlutó la ilusión de Ion Izagirre.
Una caída mientras entrenaba en las carreteras de casa para preparar el traca final y disfrutar de los fastos del cierre en el Monumento italiano dejaron a Izagirre sin más perspectiva que el dolor la ausencia.
Evita el quirófano
Una fractura en la muñeca izquierda apagó su sonrisa. “Siento mucho pena. Mucha. Me da rabia no poder acabar corriendo. A veces las cosas vienen así y no queda otra”, dice lacónico el de Ormaiztegi a este periódico después de padecer el infortunio que anticipa su adiós.
Izagirre no deberá pasar por el quirófano, pero la zozobra atraviesa los adentros de el guipuzcoano, que tampoco sabe si podrá estar en la salida de ciclocross de Ormaiztegi, el próximo 31 de octubre, una cita para un despedida más íntima, con los suyos, en petit comité.
El cierre brillante a para la andadura de un ciclista del pueblo para el pueblo, lejos de la dimensión competitiva de los grandes escenarios. “El tiempo dirá si puedo llegar”. La pena de Ion Izagirre.