Vida y estilo

Arrupe, la voz que rompió el silencio de Hiroshima

De la mano de Maite Ibáñez, directora y guionista de ‘Padre Arrupe. Yo viví la bomba atómica’, el Zinemaldia se convierte en el escenario perfecto para desenterrar la historia desapercibida de un vasco universal que ayudó a los necesitados en el estallido
Fumiko Kato, una 'hibakusha' (superviviente) de la tragedia de Hiroshima.
Fumiko Kato, una 'hibakusha' (superviviente) de la tragedia de Hiroshima. / Cedida

Actualizado hace 23 segundos

La historia, a veces, aguarda pacientemente en las páginas de un libro a que alguien decida revivirla. Para la directora bilbaina Maite Ibáñez, la chispa que encendió el largometraje documental Padre Arrupe. Yo viví la bomba atómica, fue una “idea peregrina”. Surgió en una conversación alimentada por la anécdota de “un compañero de trabajo y amigo” que, recorriendo el Camino Ignaciano, compró un libro homónimo del Padre Arrupe para amenizar su viaje.

Y es que lo que descubrió entre sus líneas fue un relato insólito y poco conocido para el público, ya que Pedro Arrupe -jesuita bilbaino- se encontraba a apenas 7 kilómetros del hipocentro de Hiroshima el fatídico 6 de agosto de 1945 e hizo todo lo posible por ayudar a quien lo necesitara. Habiendo cursado estudios de medicina, convirtió en un improvisado hospital de campaña el noviciado que dirigía en el barrio Nagatsuka de Hiroshima.

Fotograma del documental 'Padre Arrupe. Yo viví la bomba atómica'.

Fotograma del documental 'Padre Arrupe. Yo viví la bomba atómica'. Cedida

Sucedido el 80 aniversario de la tragedia el pasado año 2025, el proyecto encontró su “contexto de oportunidad”. Apoyado por instituciones como el Gobierno Vasco, Euskal Irrati Telebista, la Diputación Foral de Bizkaia, la Fundación Gondra Barandiaran, los Ayuntamientos de Bilbao y Mungia o BBK Fundazioa, el documental emprendió un ambicioso vuelo desde una oficina en la Alameda Mazarredo de Bilbao hasta el corazón de Japón.

Un grito en medio del silencio nuclear

Ibáñez, historiadora y arqueóloga de formación por la Universidad de Deusto, confiesa que fue cautivada para este largometraje por dos motivos. En primer lugar, le pareció “absolutamente extravagante” que el Padre Arrupe hubiera estado en Hiroshima -figura reconocida por su trabajo con los refugiados-. “Mi carrera ha estado muy orientada hacia dar testimonio a las víctimas y trabajar por los derechos humanos. Tener la oportunidad de poder ir a Hiroshima y a Nagasaki, y entrevistar a los hibakusha -víctimas que han sobrevivido- me pareció extrordinario”.

Maite Ibáñez directora y guionista del documental.

Maite Ibáñez directora y guionista del documental. Gaizka Portillo

En segundo lugar, debido a su paralelismo con la actualidad: “¿Y por qué es extraordinario? Porque no dejo de pensar que parece que no aprendemos nada”, afirma la directora. Seguidamente, empieza a enumerar: “Hay una carrera armamentística que está absolutamente desbocada, hay una guerra en el continente europeo, ha habido un genocidio en Palestina, hay una guerra ahora entre Estados Unidos e Irán, y podemos seguir y seguir nombrando. Da lo mismo, se habla de misiles armamentísticos con cabezas nucleares cada vez con más normalización. Parece que lo que ocurrió allí hace ya 81 años ahora es como si no hubiese ocurrido. Como si no tuviéramos constancia de que se llevó por delante a más de 200.000 vidas en un primer momento, pero que hubo personas que sufrieron secuelas de la radiación durante años y que esas las sufrieron también sus generaciones posteriores. E incluso ahora sufren estigmatización por eso”.

La tragedia de Hiroshima se llevó por delante a más de 200.000 vidas en un primer momento.

La tragedia de Hiroshima se llevó por delante a más de 200.000 vidas en un primer momento. Cedida

Frente a esa normalización, Arrupe hizo gala de lo que los jesuitas denominaban “discernimiento”. “Lo tuvo”, pensó Ibáñez, porque “en un momento en el que hubo un manto de silencio contra todo lo que había ocurrido, él alzó la voz”. Arrupe recorrió el mundo dando conferencias, denunciando “la muerte y el sufrimiento” y recabando fondos, por eso el documental también subraya el profundo humanismo de un hombre que fue pionero en la defensa de los más desfavorecidos.

Maite Ibáñez en compañía de Mikel Cubillo, el realizado del documental.

Maite Ibáñez en compañía de Mikel Cubillo, el realizado del documental. Gaizka Portillo

Inteligencia artificial entre los escombros

El documental huye de las convenciones tradicionales, pues se articula en un viaje físico y emocional encaminado por Leyre Arrieta, quien es la encarga de aportar “la mirada de una mujer” en “una historia muy masculina”, como declara la directora. Es la profesora de Historia Contemporánea en la Universidad de Deusto la que sigue los pasos de Arrupe en Japón, desde su llegada a Tokio, su paso por Yamaguchi donde estalla la Segunda Guerra Mundial y es detenido, hasta cómo llega y vive allí todo el tema de Hiroshima.

Uno de los fotogramas del documental recreado con IA.

Uno de los fotogramas del documental recreado con IA. Cedida

Por otro lado, una de las características más especiales del largometraje reside en su innovación creativa. Tras haber adquirido “un archivo de imágenes contemporáneas de ese momento muy bueno”, buscaban recrear lo que él describe en el libro mediante inteligencia artificial. “Utilizamos literalmente las descripciones que hace en el libro y lo recreamos con IA. Lo vives en primera persona con sus palabras”, explica Ibáñez.

Como ejemplo, cuenta algunas escenas como cuando tras la explosión, Arrupe subió a una colina y dijo: “Hiroshima no era, todo estaba ardiendo como una nueva Pompeya”. O “cómo la gente que estaba ardiendo por las quemaduras de la radiación se tiraba al agua y no podía con el dolor”, y lo impactante es que esto también lo cuenta “una de las personas a las que entrevistamos, porque así lo vio”.

Recreación con IA de la labor del Padre Arrupe en Hiroshima.

Recreación con IA de la labor del Padre Arrupe en Hiroshima. Cedida

El llanto que rompió la barrera del idioma

Ese inicial “funanbulismo” de producir desde Bilbao tuvo su recompensa en Japón. El equipo logró dar con las víctimas y familiares que conocieron de primera mano la labor de Arrupe, quienes les abrieron las puertas de sus “casas particulares”. Se encontraron con que “el legado que dejó en Japón todavía es muy profundo”. Así lo contaba Ibáñez: “Decían que simplemente cuando te miraba te había sentir que eras único en el mundo”.

Fumiko Kato relataba su testimonio agarrando con firmeza las manos del equipo.

Fumiko Kato relataba su testimonio agarrando con firmeza las manos del equipo. Cedida

De todos los encuentros, hubo uno que marcó especialmente a la directora y guionista del proyecto. Fue la experiencia con Fumiko Kato, una hibakusha de 95 años que rompió el mito de la distancia interpersonal japonesa mientras relataba su testimonio agarrando con firmeza las manos del equipo. Hacían las entrevistas en japonés, ayudados por un traductor. “Se creaba un silencio y una tensión, todos estábamos llorando, y eso que nadie del equipo hablaba japonés. Cómo se expresaba, gesticulaba, miraba cuando caía la bomba...”, recuerda Ibáñez conmovida.

Parte del equipo del documental 'Padre Arrupe. Yo viví la bomba atómica'.

Parte del equipo del documental 'Padre Arrupe. Yo viví la bomba atómica'. Gaizka Portillo

Una vez traducido el testimonio al detalle con subtítulos, el de Fumiko Kato resume el peso de la memoria: “Yo no tengo paz, nunca la he tenido desde aquella fecha. Murieron todos mis amigos aquel día. Toda mi vida la he dedicado a contar lo que pasó, tengo 95 años pero todavía tengo la responsabilidad de seguir contándolo”. “Responsabilidad de seguir contándolo. Para mí esa frase lo dice todo”, matiza Ibáñez.

Zinemaldia, como escaparate al mundo 

El documental Padre Arrupe. Yo viví la bomba atómica no solo está nominado al Premio Lurra, sino que concursará al Premio Irizar a la mejor producción anual de cine vasco. Podrá verse en el Zinemaldia, dentro de la sección Zinemira a partir del día 23, lo que impulsa la intención de hacer llegar su mensaje para “interpelar al presente” en euskera, castellano, inglés y japonés. Para Maite Ibáñez, la mera selección ya es un “premiazo” y un reconocimiento al inmenso trabajo coral del equipo.

Tras haber estado al mando de un viaje a Japón emocional y pedagógico 80 años después, que no es una biografía, y que “cuenta el valor de la memoria con la responsabilidad con la que se tiene que tratar”, la directora reflexiona al ser preguntada si algún día las víctimas dejarán de tener que contar sus tragedias en caso de que la clase política tuviera más amor: “Ya no soy nada optimista. Mi motivación para hacer este tipo de trabajos era fundamental, pero cada vez oigo cosas que son más polarizadas... ¿No sabemos lo que es vivir en paz? Esta gente sabe lo que significa perder seres queridos, tu casa, todo lo que tienes. La vulnerabilidad absoluta. Todo eso lo hemos visto, han pasado 81 años, nos lo siguen contando y es como si no hubiese ocurrido. Para mí el amor lo curaría todo, pero creo que no hay gente que ame tanto como amaban ellos”.

2026-09-19T06:05:20+02:00
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