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Seguro que te ha ocurrido alguna vez: terminas una comida copiosa y sientes que no puedes comer ni un bocado más. Sin embargo, alguien menciona el postre y, casi de forma automática, parece que aparece un pequeño espacio en el estómago.
¿Realmente el cuerpo "hace hueco" para la tarta, el helado o cualquier otro dulce? La respuesta está más en el cerebro que en el estómago.
Siempre hay hueco para un buen postre.
El sistema digestivo y el cerebro mantienen una comunicación constante a través del llamado eje intestino-cerebro. Por eso, las emociones pueden influir en cómo percibimos determinadas sensaciones relacionadas con la alimentación, incluida la saciedad.
Pero el fenómeno que explica por qué podemos rechazar otro plato de comida y, sin embargo, aceptar encantados un trozo de tarta tiene un nombre: saciedad sensorial específica.
El cerebro pierde interés por los mismos sabores
El divulgador y farmacéutico Álvaro Fernández explica en qué consiste este curioso mecanismo. Según señala, cuando llevamos un tiempo comiendo alimentos con características similares, nuestro cerebro comienza a perder interés en ellos. "Cuando llevamos un rato comiendo alimentos con sabores, olores y texturas parecidos, nuestro cerebro pierde interés por ellos. Pero si aparece algo diferente, y encima dulce y muy apetecible, el interés vuelve", explica el experto en un vídeo.
Es decir, no existe un hueco reservado para el postre. Lo que cambia es nuestra respuesta ante un alimento diferente al que acabamos de consumir.
"Es por eso que quizá no puedas con una patata más, pero sí con un trozo de tarta... No es que tengas un huequito específico para la tarta que puedas llenar, es que tu cerebro lo crea aunque no esté", señala Fernández.
La razón por la que el dulce resulta tan atractivo
El sabor dulce también desempeña un papel importante. Desde una perspectiva evolutiva, los alimentos dulces se han relacionado tradicionalmente con una fuente de energía rápida, mientras que culturalmente el postre suele asociarse a una recompensa, una celebración o el cierre agradable de una comida.
Por eso, después de haber comido hasta sentirnos saciados, la aparición de un alimento dulce y apetecible puede despertar de nuevo nuestro interés por comer.
No significa necesariamente que el estómago tenga capacidad física adicional. El deseo aparece porque el cerebro responde de manera diferente ante un estímulo nuevo y especialmente atractivo.
"Es un vicio del malo"
Aunque el deseo de tomar un postre pueda aparecer incluso después de una comida abundante, el farmacéutico advierte de la importancia de diferenciar entre hambre fisiológica y deseo de comer por placer. "En este punto ya estás saciado y es un vicio del malo. Es más, nunca deberías tener la sensación de reventar", advierte.
La recomendación, por tanto, no pasa necesariamente por eliminar el postre de la alimentación, sino por aprender a identificar qué está detrás de las ganas de seguir comiendo.
La sensación de saciedad no siempre se consolida de manera inmediata. Por eso, esperar unos minutos antes de decidir si realmente queremos seguir comiendo puede ayudar a diferenciar una necesidad física de un impulso provocado por el estímulo del alimento.