Actualizado hace 9 minutos
Arantzazu Lizartza Saizar (Leitza, 1994), ofrecerá el martes la conferencia Cuidados paliativos en Atención Primaria: ¿qué debe ponerse en el centro? en el Modelo de Zarautz. 19.00 horas. El acto, organizado conjuntamente por ZarautzOn y Zarautz Herri Zaintzailea en el marco del Día Mundial de los Cuidados Paliativos, será en euskera. Charlamos con la ponente sobre el papel de la medicina de cabecera al final de la vida y la necesidad de priorizar los valores y decisiones de cada paciente.
Cuida al final de la vida
¿Qué significa cuidar al final de la vida desde una perspectiva de un equipo de Atención Primaria?
La Atención Primaria consiste en acompañar al paciente durante las diferentes etapas de la vida, aunque a veces no se logre o no se pueda realizar por diversas razones. El final de la vida, sea cual sea la edad de la persona, también forma parte de ese camino. Poder atender a alguien en todo su recorrido vital es algo exclusivo de la medicina de Atención Primaria. Es cierto que no siempre se cumple por la inestabilidad de las contrataciones o las movilidades que sufrimos en el sistema, pero ese es el objetivo principal.
“ ”
Esa continuidad permite que el profesional conozca casi a la perfección al paciente.
Ahí radica la verdadera virtud de la Atención Primaria: atender a una misma persona durante un periodo prolongado para llegar a conocerla muy bien. Es la gran diferencia con respecto a otras especialidades. La información que acumulas sobre alguien a quien has tratado durante mucho tiempo es muy amplia; si lo has conocido cuando disfrutaba de buena salud, comprenderás mucho mejor cómo afronta su etapa final. Incluso llegas a conocer a su familia, a su entorno social y a su comunidad laboral de una manera única que ningún otro profesional médico puede alcanzar.
Qué debe ponerse en el centro
En el título de su conferencia preguntas qué debe ponerse en el centro. ¿Cuál es su respuesta?
Por un lado, tratamos de abordar con el paciente el hecho de que somos seres con una gran vulnerabilidad biológica y que, en cualquier momento, esa vida puede dejar de existir. Plantear e intentar trabajar esa fragilidad en las consultas diarias, así como nuestra exposición ante la muerte (que es lo más enigmático de la existencia, porque nunca sabes ni cuándo ni cómo vas a fallecer), me parece algo clave como médica. Creo que, aunque nuestras agendas estén desbordadas y ajustadísimas, debemos situar esta realidad en el centro, y tanto el sistema como los profesionales sanitarios tenemos que responder a esas necesidades. En el día a día, cuando acudimos a los domicilios a atender a personas en la fase final de sus vidas, casi siempre vamos al terminar la jornada laboral, cansados y saturados. Antes de cruzar esa puerta tenemos que hacer borrón y cuenta nueva; la asistencia al final de la vida no puede ser a contrarreloj ni se puede atender a la muerte con prisas. Hay que garantizar que esa atención sea verdaderamente de calidad.
¿Aunque las agendas estén desbordadas, ¿cómo hacen para garantizar una asistencia paliativa de calidad?
Aunque la necesidad de una asistencia paliativa pueda surgir de un día para otro, el profesional ya cuenta con un recorrido previo con esa persona. Toda esa información te la ha ido transmitiendo el propio paciente mucho antes de que le pongas la etiqueta de paciente paliativo. Pero para lograr eso es imprescindible conversar, generar confianza y, a veces, plantear preguntas que no resultan cómodas ni para el enfermo ni para el propio profesional. La clave del proceso radica precisamente en eso: antes de etiquetar, hay que preguntar e indagar cuáles son sus valores, sus prioridades y sus preferencias ante la vida y la enfermedad.
Temor a morir mal
¿Cuáles son las mayores miedos que detecta?
Más que el miedo al hecho de morir en sí, lo que predomina es el temor a morir mal. Existe un miedo muy claro al sufrimiento premortem.
“ ”
¿Un sufrimiento enfocado más en lo físico o en lo psicológico?
Creo que lo primero en lo que todos pensamos es en la agonía física, pero la realidad es que la medicina avanzó muchísimo ya en el siglo pasado para paliar ese aspecto. Es en el plano espiritual o existencial donde estamos más inmaduros o verdes. Por eso creo que el verdadero miedo es ese, el espiritual: el cómo afrontarla. En la parte física sabes que existen herramientas como la morfina, que además no tiene techo terapéutico, pero el abordaje de lo intangible es más complejo.
Quién debe abordar los valores espirituales
¿Los valores espirituales los tiene que abordar también la medicina?
Sí. La medicina, dentro del campo de la ciencia, es la disciplina más humanística, y dentro del humanismo, la más científica; se alimenta de ambas partes. No se puede construir una medicina basada únicamente en algoritmos y protocolos rígidos. El “café con leche para todos” no funciona en la atención al final de la vida. Aunque haya evidencia científica para un tratamiento, el paciente puede tomar la decisión de rechazarlo, siempre y cuando nos me cerciore de que ha comprendido bien los riesgos y beneficios de tomarlo o no, y siempre que cuente con herramientas para decidir de manera autónoma. Si alguien rechaza una terapia contra el cáncer, ¿quién es el protocolo para obligarle? Hay que tener muy presentes los valores y las decisiones de cada persona. Y no soy una persona negacionista.
¿Hasta dónde llega la responsabilidad de la medicina y dónde empieza el papel de la comunidad en los cuidados paliativos?
Tengo la firme sensación de que, aunque recaiga mucha responsabilidad sobre el equipo sanitario, la muerte no hay que medicalizarla siempre; abarca muchas más esferas, como la familia, los valores o la propia biografía del paciente. En el buen morir, los sanitarios somos solo una pata de la cama: imprescindible, pero no autosuficiente. Tenemos la responsabilidad de ayudar a sostener la estructura, pero no somos los únicos necesarios. La comunidad juega un papel clave. No es lo mismo acompañar a personas con trayectorias y entornos sociales muy diversos; hay que saber entrar en su biografía y en su comunidad. Ahí es donde el tejido social y la familia se vuelven fundamentales.