La mesa se ha convertido en el primer programa de la temporada de otoño-invierno de la televisión. Antes, la expresión ¡A la mesa! llevaba implícita que íbamos a disfrutar de una buena comida, una delicia gastronómica, aunque fuera rutinaria, por lo general en buena compañía. Pero en la mesa de este programa no hay comida; esa mesa, como en la de tantos otros programas, es el elemento central alrededor del cual transcurre todo, como pasa en la radio. Presentadores atados a una mesa para ahorrar en escenografía, en iluminación, en cámaras que se mueven por el plató y hasta en realización.
Hoy, cualquier presentador de los telediarios de cualquier cadena, con su limitada coreografía de sentarse y levantarse para dar dos pasos hacia la pantalla tiene más movimientos que en cualquier otro programa de televisión, porque hace tiempo que los programas de la tele pasaron a ser programas de radio televisados mientras los telediarios exhiben un innecesario alarde coreográfico y se ponen postizos de realidad aumentada que no aportan absolutamente nada para comprender mejor las noticias, que fue la excusa para su implantación, como cuando les dio por jugar con sobrevolar los mapas del tiempo con sus soles, nubecitas y demás pictogramas simplemente porque se podía, aunque fuera menos eficaz.
Alguien ha decidido ahora que tener al presentador 30 minutos sentado en una mesa para dar el Telediario es aburrido pero estar dos horas sentado en otra mesa en un programa de mañana, tarde y hasta de prime time no lo es.
Cristina Pardo, en una imagen de archivo.
La tele siempre ha sido víctima de las modas y de los alardes tecnológicos, hasta que hace unos años alguien decidió que todo era demasiado caro y había que limitar los presupuestos y dejaron reducidos casi todos los programas a una mesa con muchos tertulianos de quita y pon para llenar con palabras lo que antes llenaban las imágenes y un montón de secciones en distintos escenarios.
La mesa, el nuevo programa de Antena 3 que presenta Cristina Pardo, es el enésimo intento de una cadena por reducir todo un programa de prime time (o eso que llaman ahora prime time, aunque empiece a las once de la noche) a una simple mesa.
A la mesa, que Sardà convirtió en su día en otro escenario para que los tertulianos se subieran para bajarse los pantalones, la han dotado ahora de la enésima pantalla y el don de interrumpir con sirenitas e imágenes a destiempo cuando su presentadora, o cualquier tertuliano, se enrolla más de la cuenta. Tremendo. Una especie de Kitt, decía Pardo para que fuera más fácil de tragar con esta intromisión a su trabajo, que regula todo menos su risa nerviosa a destiempo en busca del que fuera su característico tono irónico, que ahora no logra ajustar a su debido momento.
La mesa es tele barata, pura radio televisada, donde hablar de actualidad para criticar al gobierno, recuperar viejas glorias televisivas (de cuando Kitt era un coche fantástico de verdad) y charlar con una madre y su hija que hacen porno en internet. Tele noventera en 2026 sin levantarse de la mesa.