Actualizado hace 11 minutos
En el pasillo del supermercado es fácil pensar que las marcas blancas o las opciones más económicas son idénticas a las de gama alta, solo que con un envoltorio menos vistoso. Para muchos productos, esta lógica funciona y nos permite ahorrar un buen dinero a final de mes. Sin embargo, el precio bajo no suele ser un milagro, sino el reflejo de procesos peores, adulteraciones o materias primas de peor nivel. En estos casos concretos, invertir un poco más de presupuesto no es una cuestión de estatus o de caprichos, sino una garantía de seguridad alimentaria, pureza y, sobre todo, un impacto real en nuestra salud.
El oro líquido
El ejemplo más evidente de esta brecha de calidad es el aceite de oliva. En los estantes hay botellas etiquetadas simplemente como "Aceite de oliva" (con apellidos como suave o intenso) junto a las de "Aceite de Oliva Virgen Extra" (AOVE). La diferencia de precio entre ambos es grande, pero está justificada por su método de obtención. El AOVE es puro zumo de aceituna, extraído exclusivamente por procedimientos mecánicos en frío, lo que conserva intactos los polifenoles, los ácidos grasos monoinsaturados y los antioxidantes naturales que protegen nuestro sistema cardiovascular.
Aceite de oliva
Por el contrario, el aceite de oliva común a secas es, en un gran porcentaje, aceite refinado. Esto significa que procede de aceitunas defectuosas o caídas del suelo cuyo sabor y acidez originales eran tan malos que tuvieron que someterse a procesos químicos industriales de neutralización, decoloración y desodorización. Para que sea más apañado, se le añade un mínimo porcentaje de aceite virgen pero pagar el extra por un buen AOVE es, sin duda, la mejor opción.
La trampa del chocolate y los embutidos
Otro producto donde el precio es un medidor infalible es el chocolate. Una tableta barata suele estar compuesta en su mayor parte por azúcar refinado y grasas vegetales de baja calidad, como la palma o el palmiste, reduciendo el cacao a un porcentaje enano. El chocolate de calidad, que lógicamente es más caro, no usa estas grasas baratas y emplea únicamente manteca de cacao pura. Además, los chocolates con un alto porcentaje de cacao (a partir del 70%) no solo nos ofrecen una experiencia muy superior al comerlos, sino que aportan una dosis importante de compuestos beneficiosos para el cerebro y el corazón que brillan por su ausencia en las opciones azucaradas de bajo coste.
Algo muy similar ocurre en la charcutería, especialmente con el jamón cocido o el pavo en lonchas. Las opciones baratas suelen camuflarse bajo nombres comerciales ambiguos como "fiambre de pavo" o "fiambre de jamón". La legislación permite que estos productos contengan apenas un 50% o 60% de carne real, rellenando el resto del peso con agua, féculas de patata, almidones, azúcares y aditivos para abaratar costes. Cuando pagas más por un producto etiquetado como "Jamón Cocido Extra", estás pagando por un porcentaje de carne real superior al 85% o 90%, libre de añadidos, lo que se traduce en una proteína limpia.