Verdadero o Falso

“Si el sistema educativo sigue pidiendo los mismos trabajos, la IA los hará por los alumnos”

Alex Rayón, doctor en inteligencia artificial clásica, nos habla de la evolución y los retos que traerá esta nueva herramienta
Álex Rayón, doctor en Inteligencia Artificial clásica. / Borja Guerrero

Álex Rayón es doctor en Inteligencia Artificial clásica y un firme defensor del pensamiento crítico frente a la dependencia tecnológica. Lejos de los vaticinios catastrofistas sobre esta herramienta, apuesta por un modelo seguro que exprima todo su beneficio, pero que respete el componente humano.

Existe el concepto erróneo de ver la inteligencia artificial como algo completamente nuevo. ¿Cree que habría que diferenciar de forma clara entre la IA clásica y la IA generativa?

-Sí, sí. Yo me doctoré en Inteligencia Artificial clásica, entonces te puedes imaginar qué pienso cada vez que escucho a la gente hablar de inteligencia artificial. La clásica, la que se desarrolla a partir de 1956, trataba de hacer tareas sueltas del humano. A mí me gusta llamarle la inteligencia artificial discriminativa. Cuando llega la generativa, básicamente lo que pasa es que como nos entiende cuando le pedimos algo, es capaz de generarnos una respuesta. Entonces, es muy perjudicial confundir la IA con la generativa, es muy dañino y muy superficial, y es el principal problema que tiene la sociedad moderna: hay supuestos expertos en IA que lo que hacen es saber manejar el diálogo con un chatbot, pero que si le quitas ese chatbot o te suben la cuota a 500 euros, no van a poder usarla. Sin embargo, los que venimos de la clásica podemos hablar en Python que es cómo hablábamos antes, no en lenguaje natural, y en Python podríamos seguir usando la inteligencia artificial que ahora todo el mundo usa.

¿Cree que la verdadera revolución de la IA radica en acelerar los procesos o en permitirnos realizar tareas que antes eran impensables?

-Para mí, la gran revolución es la democratización del acceso. Ahora, cualquier persona sin conocimientos de programación puede interactuar con una red neuronal compleja simplemente utilizando el lenguaje natural. Es la aplicación definitiva (“killer app”), equiparable a lo que supuso Windows con su interfaz gráfica en los años noventa, pero con el añadido de que el habla humana es un mecanismo muchísimo más eficiente.

Huyendo de visiones catastrofistas, ¿le ve algún límite a la inteligencia artificial o cree que tendrá una evolución permanente e inimaginable?

-Trato de mantener una postura muy central y aristotélica ante esto. Actualmente hay muchísimo interés comercial en exagerar las capacidades de los nuevos modelos, por lo que filtro gran parte de la información. Sin embargo, considero que hay fronteras que a la IA le será sumamente difícil superar, concretamente aquellas capacidades que ni nosotros mismos sabemos cómo se producen biológicamente. Destaco tres: la conciencia y el entendimiento moral del entorno; la empatía, que implica detonaciones químicas en nuestro organismo; y la verdadera creatividad abstracta, que permite crear desde cero algo nuevo en lugar de limitarse a replicar patrones aprendidos.

¿Dónde se sitúa la frontera entre usar la IA como un apoyo para aprender y usarla para delegar la tarea y evitar el esfuerzo?

-Es probablemente la pregunta más importante y el mayor reto de la educación para los próximos cinco a diez años. Debemos reconocer con humildad que aún no tenemos una fórmula mágica. Si el sistema educativo sigue evaluando a los alumnos pidiendo el mismo tipo de trabajos tradicionales, la IA terminará haciéndolos por ellos. Tenemos una aproximación metodológica propia en Kriteria, pero está claro que los métodos docentes necesitan evolucionar.

Esto exigirá también una evolución profunda en el sistema educativo y en la formación de los profesores.

-Cien por cien. Autores referentes en la evidencia científica educativa, como Eric Hanushek, demuestran que la pieza fundamental en el aprendizaje no es la tecnología, sino el profesor. Por ello, el primer paso debería ser transformar la formación del profesorado, aunque actualmente es un sector al que le cuesta abrazar este cambio.

¿Qué capacidades humanas cree que están más en riesgo entre los jóvenes debido al desarrollo de la inteligencia artificial? 

-El pensamiento crítico es la competencia más afectada y es el pilar central de nuestro proyecto. Al delegar en exceso en la IA, se pierde la costumbre de cuestionar y contrastar la realidad. Además, hay una pérdida notable en la gestión emocional: al acostumbrarse a interactuar con máquinas que siempre les dan la razón y les tratan bien, los jóvenes pierden habilidades para resolver conflictos humanos reales. También vemos mermada la creatividad y la divergencia de pensamiento.

¿Y considera que el pensamiento crítico es algo que la IA nunca podrá replicar?

-La IA no podrá replicarlo porque, sencillamente, no piensa. Puede generar un resultado tan bueno o mejor que el de un humano, pero el mecanismo es diferente: ella produce sin pensar. El pensamiento crítico humano es capaz de fragmentar un problema complejo e imaginar soluciones totalmente nuevas para situaciones inéditas, algo que la IA no puede hacer ya que se limita a replicar patrones del pasado.

A raíz de esta preocupación por los jóvenes, me gustaría que me hablara de su proyecto, Kriteria. ¿Qué hacen y cuáles son los objetivos que tienen? 

-Somos una compañía llamada Brain & Code, que nació hace cinco años con el propósito de transformar la educación tecnológica, un sector que consideramos tiene puntos de mejora, especialmente para perfiles no técnicos. A través de nuestro trabajo con grandes corporaciones del Ibex 35, detectamos que la mayor preocupación actual de los empleados frente a la inteligencia artificial y los riesgos digitales es el futuro de sus hijos. Así surge Kriteria, un proyecto reactivo que busca llenar un hueco en la sociedad enseñando a convivir con la inteligencia artificial a jóvenes de entre 10 y 18 años. Ante la falta de un plan estatal en España, hemos construido un modelo desde la iniciativa privada, pero con un gran impacto público, para ofrecer esta formación.

¿Considera que hay cierta edad por debajo de la cual prohibiría por completo el uso de la inteligencia artificial?

-Si nos referimos a los chatbots tipo ChatGPT, a los que se les puede preguntar cualquier cosa, nuestra investigación sugiere que su uso no debería comenzar antes de los 12 años. Nos basamos bastante en el modelo noruego, que es una iniciativa estatal que apunta en esta misma dirección.

¿Cómo puede un joven utilizar bien la inteligencia artificial para aprender e informarse, evitando simplemente delegar sus funciones?

-El secreto está en trocear el problema. Si un alumno debe hacer una investigación, no debe pedirle a la IA que redacte el trabajo final. Primero debe realizar la búsqueda bibliográfica, después sintetizar y extraer las partes relevantes para comprender el tema. A continuación, debe redactar el texto por sí mismo y, solo como último paso, introducir ese texto en la IA para que revise la ortografía o sugiera mejoras estilísticas. El buen uso pasa por descomponer las tareas y evaluar esas partes en el aula.

Y el mal uso sería, como comentábamos, pedirle a la herramienta que haga todo el trabajo de una vez. 

-Exactamente. Aunque me gustaría precisar que en España es difícil tipificar esto formalmente como “trampa”, ya que los centros educativos no han actualizado sus reglamentos ni códigos de honor para definir un marco de uso, a diferencia de lo que ocurre en países como Estados Unidos. Al carecer de límites claros, el mal uso deriva en una profunda “deuda cognitiva”: el estudiante delega la resolución de problemas, deja de pensar y confía ciegamente en resultados que a menudo contienen errores, perdiendo su capacidad de discernimiento.

Cada vez más profesionales admiten que ya no se imaginan trabajando sin la inteligencia artificial. ¿No indica eso una dependencia preocupante? 

-Sí, esa afirmación es un ejemplo claro de la “deuda cognitiva” que mencionaba antes: la pérdida progresiva de la capacidad de pensar sin la herramienta. Para evitarlo, es fundamental aprender a utilizar de forma estructurada y metódica los prompts (instrucciones), que es parte de lo que nosotros enseñamos.

¿Hay alguna práctica actual de la industria de la IA que prohibiría de forma contundente?

-Sí. Prohibiría la “privatización cognitiva” que se da en las cuentas gratuitas, donde las empresas se otorgan el derecho de analizar cómo piensas, trabajas y te expresas para entrenar sus modelos; esto supone una invasión de la privacidad mucho más profunda que la de las redes sociales convencionales. Además, intervendría ante las prácticas de dumping o cártel que se están dando ahora mismo, donde las empresas subvencionan enormemente el coste de la IA para generar dependencia en los usuarios antes de subir inevitablemente los precios en el futuro.

Por último, ¿qué datos personales se negaría rotundamente a compartir en una conversación con ChatGPT?

-Nunca compartiría información detallada sobre cómo trabajo o los procesos mediante los cuales pienso y razono. Al hacerlo, especialmente desde cuentas gratuitas, los usuarios están externalizando de forma imprudente su verdadero valor humano.

08/11/2026