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“Esta es la cuna del ballet y del cine”, me dice el guía mientras pateamos el corazón del Casco Antiguo de Riga declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Cuesta poco trabajo adivinar la procedencia de su entusiasmo al conocer sus preferencias por esas dos manifestaciones artísticas. “Aquí nacieron Maris Liepa y Mikhail Baryshnikov, dos de las más grandes estrellas del Teatro Bolshoi de Moscú. También Sergei Mikhailovich Eisenstein (Su Majestad Eisenstein para los amantes del cine), autor de películas tan emblemáticas del cine como El acorazado Potemkin e Iván, el terrible, y Mark Rothko, toda una referencia en el expresionismo abstracto del pasado siglo”.
Entiendo que esta sea la tarjeta de presentación para demostrarnos la importancia que Letonia y Riga, su capital, han tenido y tienen en el panorama universal. La plaza empedrada donde me encuentro habla en silencio de un pasado en la Edad Media en el que los vecinos se reunían en torno a un gran mercado al aire libre, intercambiaban impresiones y se forjaban amores. Claro que era un escenario parecido al actual, que no el mismo porque el primitivo quedó totalmente destruido durante la II Guerra Mundial. La restauración merece especial atención.
Casas de las Cabezas Negras y de Schnabe.
Un casco antiguo muy castigado
Al Ayuntamiento le llaman coloquialmente “el edificio de las espaldas”, porque, careciendo de interés, todos miran la fachada que tienen enfrente, la Casa de las Cabezas Negras, una construcción del siglo XIV levantada por el Gremio de Comerciantes Solteros a la que se dotó de un lujo sin igual en toda Riga. Durante la guerra fue saqueada para más tarde, en 1999, ser reconstruida siguiendo los planos originales. Las pinturas de los techos interiores merecen especial atención.
Casi adosada a este edificio se encuentra la Casa de Schwabe, una magnífica construcción de 1334 restaurada tras su devastación en el mismo conflicto bélico. Sobresalen en ella las cuatro estatuas de la fachada y, sobre todo, la estructura del magnífico reloj que la corona, bellísimo, pero complicado si queremos averiguar la hora a la distancia en que se encuentra. Frente a estos dos emblemáticos edificios vemos la estatua de San Ronaldo, que fue colocada en 1897 como símbolo de la libertad, una libertad que duró poco porque fue destruida en un bombardeo. Sus restos fueron llevados a la iglesia de San Pedro y, basándose en ellos, se hizo la copia que luce actualmente en la plaza como original.
Este templo, del siglo XIII, es uno de los más antiguos de toda la costa báltica. A lo largo de la historia, su puntiaguda torre ha sufrido continuos avatares destructivos para culminar con su destrucción en un bombardeo alemán. Hay un ascensor muy cómodo que te permite subir a dos niveles, uno casi en la cima, desde donde se divisa la ciudad. Al pie, en un recoleto patio, se encuentra el monumento a los músicos de Bremen, un regalo de esta ciudad germana con la que Riga está hermanada. Los lituanos interpretan esta donación con chistes a cual más cruel que no me atrevo a repetir. Eso sí, seguí la tradición de tocar las cabezas de los cuatro animales de abajo a arriba pidiendo un deseo. No es que crea en esas cosas, pero por si acaso...
Teatro de la Ópera Nacional.
Del culto ortodoxo al Planetarium
El edificio de la Ópera Nacional constituye uno de los grandes motivos de orgullo de los letonios por su excelente acústica. Originalmente fue el Teatro Alemán, ya que fueron los teutones quienes lo construyeron en 1863. Recomiendo asistir a cualquier espectáculo de su programación, bien sea ópera, ballet o música pop porque generalmente son de extraordinaria calidad, como los del Teatro Nacional, otro polo de atracción cultural que tiene Riga.
La plaza más grande de la capital letona se encuentra al pie de la catedral, un edificio característico que está en pie desde el siglo XIII a pesar de los incendios y destrozos que ha sufrido desde entonces. Antiguamente estaba rodeado de edificios medievales que, con el tiempo y malas artes, fueron desapareciendo hasta la creación de este espacio abierto en el que lucen las terrazas de los mejores cafés de Riga. La catedral fue cerrada al culto durante la ocupación soviética consiguiéndose salvar el magnífico órgano con el que hoy se interpretan prestigiosos conciertos.
La Catedral de Santiago.
Ahora bien, el templo que más me ha llamado la atención es la catedral ortodoxa rusa, tal vez por el exotismo de sus cúpulas abovedadas que denotan un marcado estilo bizantino. El edificio fue respetado por los rusos gracias a la dedicación que se le dio como Planetarium y restaurante, muy lejos de las largas y espectaculares ceremonias de esa religión que ahora han sido recuperadas, aunque algunos letones, sobre todo los que vivieron la época, siguen refiriéndose al edificio como planetario.
Uno de los hangares del Mercado Central.
Cinco hangares para la venta
Tan singular como esta construcción bizantina es el Mercado Central, algo muy digno de ver. Aconsejo a las personas interesadas en Riga que tengan en cuenta este destino como uno de los más curiosos de la ciudad. El mercado aprovecha cinco enormes hangares que originalmente estuvieron destinados para la custodia de los dirigibles Zeppelin, detalle éste que puede servirle para hacerse una idea de sus gigantescas características. Reina el bullicio en su interior, donde todo está a la venta: desde comida fresca, carne, pescado, fruta… hasta ahumados, ropa, discos, comida para animales, souvenirs, flores… Es un lugar ideal para tomar contacto con vendedores y compradores al calorcito de un café en cualquiera de los establecimientos de semejantes edificios. Obviamente siempre acabas por llevarte alguna ganga, pero también lo que personalmente más estimo, el contacto, la opinión y el sentir del pueblo llano.
La zona exquisita de Riga está en torno a la plaza Livu, de estructura relativamente moderna, aunque conserva algunas residencias del siglo XVIII y dos edificios del XIX, construidos por sendas asociaciones de comerciantes y de artesanos, que merecen atención por el lujo de sus decoraciones interiores. Es uno de esos polos urbanos que se ponen de moda para citas en cualquiera de los cafés al aire libre en los que, algunas noches, se pueden escuchar conciertos en vivo.
La Torre de la Pólvora.
Art Nouveau frente a las murallas
Curiosamente, una tercera parte del centro de Riga se edificó siguiendo las tendencias del Art Nouveau, por lo que estamos ante uno de los principales destinos de este arte en Europa. Lo encontramos preferentemente en las calles Elizabetes y Alberta. “Algunos de estos edificios fueron diseñados por un arquitecto muy popular en la ciudad, Mikhail Eisenstein, aunque en fama le ganó su hijo, el prestigioso cineasta Sergei Mikhailovich Eisenstein del que antes le he hablado”, añade el guía.
Claro que lo más llamativo de la ciudad es el castillo, una construcción del siglo XIV que hoy forma parte de su silueta. Una visita a Riga no es completa sin una visita a este recinto, no sólo por cuanto representa en sí, sino porque alberga el Museo Nacional de Historia, lugar de singular interés para enterarnos de la evolución de un país no muy conocido por nuestros lares.
De la misma época es la Torre de la Pólvora, en realidad una de las fortificaciones de Riga a la que inicialmente se le llamaba Torre de Arena, pero cambió su titularidad por la actual tras ser convertida en almacén de pólvora. Sus frecuentes reconstrucciones llevan a pensar que no fue un lugar seguro para tal menester. Hoy te puedes dar el gustazo de ojear su interior convertido como está en interesante Museo de la Guerra, aunque bien es cierto que la pinacoteca es la antítesis del Monumento a la Libertad que constituye uno de los principales atractivos de la ciudad y símbolo de la independencia de Letonia.
Esculturas en el Parque Nacional de Gauja.
El Museo de Arte de la Bolsa es un edificio del siglo XIX que tuvo que ser reconstruido porque fue objeto de destrucción y rapiña. Gracias a estas obras hoy presenta una apariencia muy próxima a la original, un palacio de la Venecia renacentista que marcaba la riqueza que había en Riga antes de que fuera ocupada por los alemanes primero y por los soviets después. Su obligada visita le permitirá admirar una de las exposiciones más impresionantes de porcelana de Europa. Por cierto, de vez en cuando eche una mirada al suelo que pisa.
“En tiempos pasados, Letonia fue un país rico y poderoso gracias al impulso que le dio el hecho de pertenecer a la Hansa, aquella cooperativa germana que surtía a todo el norte de Europa. El puerto de Riga, protegido por su gran golfo, fue el que más tráfico tuvo entre los siglos XIII y XVI de los países bálticos. Esto se aprecia en el Museo de Historia y Navegación, situado en el antiguo claustro de la catedral. La navegación letona está representada en todas sus facetas, la medieval, bajo el dominio sueco, polaco y soviético”, apunta el guía.
La playa de Jurmala, una de las playas más impresionantes de Europa.
No todo es nostalgia
Pero no todo va a ser arte, porque si piensa visitar Riga, cosa que le aconsejo, no deje de lado un museo pequeño, pero lleno de encanto, el Museo del Barón de Münchausen. Este señor, más o menos conocido entre nosotros, pasa por ser el mayor mentiroso que ha existido en Europa, donde sus aventuras son bien conocidas por los niños desde corta edad. Las historias que contaba este barón –¿era real este título o también…?– rayan el colmo de la cara dura hasta el punto de que más que cuentista pasó a ser el hazmerreir de todos los círculos sociales que frecuentaba. Con el paso del tiempo, incluso el cine se ha ocupado de su figura en varias ocasiones. En el museo, levantado en una de las casas donde vivió, están representadas muchas de sus historias que a buen seguro le arrancarán más de una carcajada.
No abandone Riga sin probar su cerveza y guarde tiempo para darse un chapuzón en Jûrmala, una de las playas más impresionantes de Europa que goza de una particular arena blanca de cuarzo traída por las corrientes marinas. “No es la playa de Riga propiamente dicha, sino de toda Letonia y de la zona báltica. Está protegida por el golfo y sus aguas son muy tranquilas. Con sus treinta y tres kilómetros, es la mayor del norte de Europa. Así que cabemos todos cómodamente instalados”, ríe el guía.