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No tienen monumentos ni plazas que nos recuerden sus nombres ni sus hechos, aunque sí un lugar en la memoria de quienes conocen su historia. Desde distintos países, situación social y circunstancias personales muy diversas, estas mujeres tendieron la mano a Euskadi. Amigas sin estatuas (Ed. Literarte) ve la luz precisamente como un intento de saldar, aunque sea décadas después, la deuda de agradecimiento contraída con quienes tanta ayuda aportaron para devolverles el reconocimiento que el tiempo les ha negado, bien por defender a los perdedores, bien por ser mujeres o quizá por ambas razones a la vez.
Galindez Scou en Nueva York.
Mujeres contemporáneas, amigas, que en 1936-1937 contribuyeron a que los tiempos de guerra y potsguerra que asolaron a Euskadi, fueran más llevaderos, pero cuya huella en nuestra historia apenas ha sido reconocida. Para devolver a la memoria colectiva parte de esa labor, el exdiputado y exsenador del PNV Iñaki Anasagasti ha escrito este libro en el que recopila las historias de nueve mujeres.
“Son amigas que no tienen estatuas en ninguna plaza, y todas ellas lo merecen”, resume Anasagasti. “En cualquier otro país probablemente las tendrían. Quizás el motivo esté en el desconocimiento de sus vidas, o en que durante demasiado tiempo la historia ha dejado en un segundo plano a las mujeres. También porque nuestro pasado reciente aún está por contar. Este libro intenta dejar constancia de sus biografías, para que no se pierdan y para que reciban el reconocimiento que merecen”, explica Iñaki Anasagasti, auténtica memoria viva de la historia reciente de Euskadi.
La primera de las protagonistas es Lucila de María Godoy Alcayaga, de ascendencia vasca por parte materna y conocida como Gabriela Mistral (Chile, 1889-EEUU, 1957), poeta y Premio Nobel de Literatura en 1945. Conmovida por la situación de los niños y niñas vascos durante la Guerra (in)Civil española, decidió donar íntegramente los derechos de Tala, publicado en 1938 en Buenos Aires, a las instituciones que acogían a los menores refugiados. Además, denunció en muchos de sus textos e intervenciones en tribunas públicas la falta de solidaridad internacional.
Elena Ribera de la Souchère (Francia, 1916-2010), periodista y escritora que relató la guerra española para medios franceses. Durante la Guerra Civil trabajó como secretaria en la Delegación del Gobierno Vasco en París, bajo la presidencia de José Antonio Aguirre. Con la ocupación de Francia en la Segunda Guerra Mundial, se refugió en Londres, donde colaboró con Manuel de Irujo en la creación de las Brigadas Vascas y con Charles De Gaulle en iniciativas de apoyo a la resistencia. Entre sus obras destacan Explication de l’Espagne, Crime à Saint Domingue -sobre la desaparición de Jesús Galíndez-, Antibes: 2500 ans d’histoire y Lo que han visto mis ojos. En 1989 recibió el Premio Sabino Arana.
Leah Manning en el Hospital de Basurto.
Leah Manning (Reino Unido, 1886-1977) fue una figura clave en la evacuación de los niños tras el bombardeo de Gernika. Militante del Partido Laborista, impulsó en 1936 las gestiones con el Gobierno británico para acoger a menores refugiados y participó activamente en el National Joint Committee for Spanish Relief. Junto a Edith Pye y un equipo médico, supervisó el traslado de miles de niños al Reino Unido.
Katharine Stewart-Murray (Escocia, 1874-1960), conocida como la Duquesa Roja, combinó su posición aristocrática con una intensa labor política y humanitaria. Presidió el Basque Children Committee en 1937 y fue una de las principales impulsoras de la acogida de niños vascos en el Reino Unido. Aunque no pudo viajar a Euskadi porque ya habían entrado los franquistas, recorrió Madrid y Barcelona durante la guerra, denunciando los efectos del conflicto y buscando apoyo.
Niños durante el exilio.
Margot Duhalde (Chile, 1920-2018) fue una pionera de la aviación militar y la primera mujer piloto de guerra de su país. De ascendencia vasca de Iparralde, participó en la aviación aliada durante la Segunda Guerra Mundial y abrió camino en un ámbito entonces completamente masculino. Su figura simboliza, según el libro, la ruptura de barreras en un tiempo dominado por el machismo militar.
Germaine Malaterre-Sellier (Francia, 1889-1967) fue enfermera durante la Primera Guerra Mundial, además de feminista y sufragista. En su etapa posterior, como figura vinculada a la Sociedad de Naciones, visitó Euskadi en plena guerra y acompañó al Gobierno Vasco en distintas visitas al frente y a espacios simbólicos como el roble de Gernika antes del bombardeo. También participó en redes internacionales de apoyo al exilio y a la causa antifascista en Europa.
Victoria Kent (España, 1891-1987) Abogada pionera, fue la primera mujer en intervenir ante un tribunal militar en España y una de las primeras en ocupar un escaño en el Congreso durante la Segunda República. Ocupó el cargo de directora general de Prisiones, donde impulsó reformas de carácter humanitario. En el exilio, desde Nueva York, dirigió la revista Ibérica, convertida en un altavoz contra la dictadura franquista.
Las dos últimas amigas sin estatuas están vinculadas a la desaparición del dirigente del PNV Jesús de Galíndez en 1956 en Nueva York. Scou Ross-Smith, fotógrafa australiana vinculada a los servicios de inteligencia británicos y estadounidenses, documentó la vida de la diáspora vasca en el exilio. Frances R. Grant, por su parte, fue una activista estadounidense comprometida con la defensa de los derechos humanos y muy implicada en la denuncia internacional del secuestro, tortura y asesinato en 1956 de Jesús de Galíndez. Este representante del Gobierno Vasco en el exilio ante el Departamento de Estado norteamericano fue secuestrado en Nueva York, enviado a República Dominicana y asesinado por orden de su dictador Rafael Leónidas Trujillo.
“Son mujeres que, desde distintos lugares del mundo, diferentes posiciones ideológicas y ámbitos sociales diversos, quisieron y pudieron ayudar a los vascos y vascas. Aportaron, se implicaron y creyeron en esa causa. Este libro intenta, además de agradecerles la ayuda, devolverles al menos una parte de la visibilidad que la historia les negó”, concluye Anasagasti.
Cualquiera de la calles y parques de Euskadi lucirían de gala con las estatuas de estas heroínas de la solidaridad, porque la memoria, nuestra memoria histórica común, también necesita ser admirada en piedra imperecedera.