Actualizado hace 6 minutos
La historia de Mikel Porto, nuestro protagonista, y Eibar comenzó cuando apenas tenía tres años. Llegó de la mano de su padre, un contratista que participó en la construcción de las conocidas como “casas baratas” de la posgerra. Aquel niño no imaginaba que aquella ciudad acabaría marcando toda su vida. Aunque desde hace más de dos décadas reside en Donostia, Eibar sigue siendo su hogar. “Para mí es el corazón del mundo”, resume. Nació en 1950 y creció en la ciudad armera. Allí estudió en varios colegios y con 16 años comenzó a trabajar en el Banco Exterior de España. Inició una trayectoria laboral que finalizó con la prejubilación en 2004. Paralelamente, otra pasión empezaba a ocupar cada vez más espacio en su vida: la Sociedad Deportiva Eibar.
Afición a la SD Eibar
Su afición nació siendo un adolescente. Recuerda que acudía a Ipurua cuando los niños podían entrar “acompañando a un adulto” y que incluso viajaba “en los primeros desplazamientos del equipo sentado en la escalera del autobús”. Aquellos años coincidieron con la presencia de José Eulogio Gárate en el club, uno de los nombres que más le marcaron en su juventud.
Tenía 18 años cuando un directivo del banco le propuso echar una mano en las tareas administrativas del club. Empezó siendo una colaboración y terminó convirtiéndose en una dedicación. “Con 18 años ya iba de delegado por todos los campos. Durante esa etapa hice de todo: desde ocuparme de la cantera hasta pasar el rodillo al terreno de juego”, siempre con la intención de ayudar al club.
En 1983 deja la villa armera
En 1983 dejó la villa armera por motivos laborales y se trasladó a la margen izquierda vizcaína. Más tarde, tras prejubilarse, fijó su residencia en Donostia. Fundó la peña Urko Taldea, la única del Eibar en la capital guipuzcoana, impulsó la Federación Internacional de Peñas y promovió decenas de hermanamientos con aficiones de toda España. «A través del fútbol lo que conseguí es un patrimonio de amigos importante», asegura. Hoy sigue acudiendo a todos los partidos en Ipurua y hasta bromea con que continúa yendo a Eibar para cortarse el pelo.
Si hay un momento imborrable de su trayectoria como aficionado, ese es el ascenso del Eibar a Primera División. Lo vivió con la misma intensidad con la que organizó, desde Donostia, la llegada de cientos de seguidores azulgranas al histórico derbi disputado en Anoeta. Para él, aquel logro representó el premio a décadas de trabajo y compromiso con un club al que sigue ligado.
Mikel Porto con la bufanda del Eibar.
ONG Baobab
Pero hubo un momento en el que toda esa capacidad para movilizar a la gente dejó de estar únicamente al servicio del fútbol. La solidaridad pasó a ocupar un lugar central en su vida cuando conoció la labor de la ONG Baobab. Todo comenzó con una sencilla recogida de gafas usadas durante dos partidos en Ipurua. En apenas dos fines de semana reunió 600. Aquella respuesta le hizo pensar que podía llegar mucho más lejos. Contactó con Ayuntamientos, asociaciones de jubilados y ópticas. La iniciativa acabó convirtiéndose en un proyecto capaz de enviar 35.000 gafas a Senegal, suficientes para abastecer durante años a varios centros oftalmológicos.
Después llegaron las bicicletas. Al conocer que muchos niños abandonaban la escuela porque debían recorrer kilómetros a pie cada día, comenzó otra campaña solidaria que ya ha permitido enviar miles de bicicletas, además de camas hospitalarias, pupitres y material deportivo. “Pienso que todos los niños y personas debemos de tener las mismas oportunidades, independientemente de dónde hemos nacido o de la situación de cada persona”, confiesa Porto.
Pabellón propio
Ahora, su próximo objetivo es dotar a la ONG de un pabellón propio en Donostialdea donde poder almacenar y gestionar todas las donaciones antes de enviarlas a Senegal, ya que el espacio se ha convertido en su principal limitación. Sin embargo, cuando se le pregunta qué es lo que realmente le impulsa a seguir, no habla de cifras. Recuerda emocionado a una mujer de casi cien años que donó las bicicletas de sus hijos con un único deseo: que algún día dos niños senegaleses pudieran ir con ellas a la escuela. “Esas cositas son las que me producen satisfacción y las que me dan gasolina para seguir”, confiesa.
Dicen que la vida es encontrarle un sentido y seguir tirando de ese hilo. “Mi mujer me dice que estoy siempre a mil cosas. Yo le digo que cuando no esté a tantas cosas empiece a preocuparse”. Esas dos facetas de su vida es algo que le llena plenamente.
Quizá ahí resida el hilo conductor de toda su vida. Primero unió personas alrededor de la Sociedad Deportiva Eibar. Después lo hizo para ayudar a quienes más lo necesitan en Senegal. Cambiaron los escenarios y también los objetivos, pero no la forma de entender las cosas. Aunque hoy viva en Donostia, basta escucharle hablar de la ciudad armera para comprender que nunca dejó de marcharse del todo. «Para mí, Eibar es el corazón del mundo”. n