A diferencia del mito popular, la Inquisición operó desde 1478 como una burocracia centralizada que perseguía desde la herejía hasta delitos de bigamia o la circulación de libros prohibidos. Sus procesos judiciales eran estrictamente secretos y aplicaban tormentos reglamentados bajo supervisión médica para extraer confesiones. Aunque las condenas podían incluir castigos físicos, galeras o el estigma público del sambenito, el objetivo principal del engranaje era infundir temor y garantizar un férreo control doctrinal en toda la sociedad.
Todos estos expedientes del Santo Oficio han centrado la charla de esta semana en "La Historia detrás de la Historia". De la mano de Juan de Aragón -autor y rostro visible de El Fisgón Histórico-, hemos recorrido la trastienda de estos tribunales religiosos. En esta primera entrega, el divulgador nos ha ayudado a entender la estructura interna de esta implacable maquinaria, desgranando desde la red de delatores laicos en los pueblos hasta las técnicas de interrogatorio, dejando la puerta abierta para abordar sus célebres condenas públicas y el pánico a la brujería en nuestra próxima cita.