Recientemente leía una publicación de Baran Beer Magazine que hablaba del creciente hartazgo de bares y restaurantes ante determinados comportamientos de algunos creadores de contenido: grabaciones que interfieren en el funcionamiento del local, peticiones de consumiciones gratuitas a cambio de publicaciones, molestias al resto de clientes e incluso presiones cuando el establecimiento decide no aceptar ese intercambio.
Algunos negocios han empezado a poner límites. Carteles disuasorios, nuevas normas internas e incluso propietarios que hacen públicas las peticiones recibidas de supuestos influencers forman ya parte de una reacción que empieza a extenderse por la hostelería.
La cosa tiene su gracia. Como decía aquella canción de Evaristo en los años 80, ¡ya tenemos ídolos! Resulta que hoy cualquier persona que tenga un móvil –o un iPhone, para ser más cool– puede llegar a un establecimiento hostelero y, con morro, porque no se le puede llamar de otra manera, presentarse diciendo que es influencer, que tiene 50.000 seguidores y que quiere comer gratis. Sí, gratis.
Los que nos dedicamos a esto de comer para transmitir después nuestras andanzas pasamos un tiempo importante analizando lo sucedido en el restaurante, redactando minuciosamente un artículo, intentando aportar valor, acompañándolo de fotografías lo más profesionales posibles y sometiendo después el texto a la edición del medio en el que colaboramos antes de publicarlo.
Intrusismo
Esta labor seria empieza a convivir con un intrusismo cada vez más evidente. La moda de la gastronomía ha llevado a que cualquiera pueda aventurarse a describirse como gastrónomo sin haber leído un solo párrafo de Escoffier y colocar su cara en las redes como si fuera especialista en la materia.
Y que nadie me malinterprete. No hace falta haber pasado por una escuela de cocina para hablar de comida. Sería absurdo. La gastronomía pertenece a todos y cualquiera tiene derecho a decir si un restaurante le ha gustado, si una tortilla le parece magnífica o si una chuleta le ha decepcionado.
Pero una cosa es opinar y otra ejercer de crítico. Una cosa es recomendar y otra prescribir. Y una cosa muy distinta es confundir el número de seguidores con el conocimiento.
Cola en un conocido bar restaurante de la parte vieja donostiarra el 1 de agosto.
Un alumno entusiasta...
Recuerdo, hace un par de años, a un alumno entusiasta muy metido en la redes sociales en la actualidad al que tuve ocasión de impartir varias docenas de clases en el Basque Culinary Center. Me preguntaba, mirándome casi de hombros para abajo, cómo podía ser que me viera metido en tanto sarao gastronómico. Mi respuesta salió de manera bastante natural: llevaba más de dos décadas en este mundillo. Él, mientras tanto, ya se definía como gastrónomo.
Quizás sea también una cuestión de tiempos. Antes parecía necesario recorrer un camino para ganarse determinadas palabras. Hoy basta con escribirlas debajo del nombre en un perfil o más bien fotografiarlas.
"Brutal", "muy fan de..."
La reacción de quienes leyeron aquella publicación de Baran Beer Magazine resulta, de hecho, casi más reveladora que el propio mensaje. Basta recorrer los comentarios para encontrar una palabra que se repite, aunque sea expresada de distintas maneras: hartazgo.
Hosteleros que aseguran haber recibido propuestas para que determinados creadores de contenido fueran a comer debalde y, además, cobraran por publicar después la experiencia. Clientes que reconocen evitar establecimientos promocionados por influencers. Profesionales que cuestionan que alguien sin formación gastronómica, sin experiencia en cocina o sala y sin un paladar mínimamente entrenado pueda convertirse, de la noche a la mañana, en prescriptor ante decenas de miles de personas.
Y luego está el lenguaje. Ese universo del “brutal”, “vaya pintón”, “muy fan de”, acompañado de primeros planos, caras de éxtasis, mordiscos a cámara y algún que otro “mmmm” destinado a demostrar que aquello, necesariamente, tiene que estar buenísimo.
Una de las opiniones publicadas bajo aquel texto lo resumía con bastante acierto: pueden tener peso en seguidores, pero no necesariamente peso en conocimientos.
Y ahí probablemente esté una de las grandes paradojas de las redes sociales. Nunca habíamos tenido tanta información gastronómica a nuestro alcance y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan sencillo convertirse en supuesto experto sin necesidad de demostrar prácticamente nada.
Pero el fenómeno va más allá de quién paga la cuenta o de quién está capacitado para juzgar un restaurante. Las ciudades también empiezan a sufrir sus consecuencias. Las largas colas para degustar una txuleta de pie, probar un determinado pintxo de tortilla o hacerse una fotografía delante de una barra porque algún influencer ha publicado unas imágenes empiezan a formar parte del paisaje cotidiano de muchas capitales.