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Euskadi esquiva la ola de grandes incendios que castiga al Estado

El clima húmedo, la gestión forestal y la rapidez de intervención mantienen al territorio alejado de las 194.122 hectáreas arrasadas este año
Los bomberos combaten un incendio cerca de Le Porge, en el suroeste de Francia.
Los bomberos combaten un incendio cerca de Le Porge, en el suroeste de Francia. / EFE

Actualizado hace 1 segundo

Mientras el fuego ha calcinado ya 194.122 hectáreas en el conjunto del Estado, casi seis veces más que en el mismo periodo de 2025, Euskadi permanece alejada de los grandes incendios que están marcando este año. Los registros históricos muestran una incidencia mucho menor, favorecida por un clima más húmedo, pero también por la gestión del monte, la vigilancia y la capacidad de intervenir cuando las llamas todavía son controlables.

La aparente tranquilidad, sin embargo, no permite bajar la guardia. El riesgo no desaparece en Euskadi, sino que cambia según el territorio y la estación: mientras el verano concentra el mayor peligro en el sur de Araba, en la vertiente cantábrica los episodios más delicados suelen llegar entre el otoño y la primavera, especialmente cuando sopla un viento sur seco e intenso.

Una distancia de miles de hectáreas

La serie territorial de la Estadística General de Incendios Forestales disponible entre 2015 y 2021 contabiliza en Euskadi 603 incendios y 1.510,8 hectáreas afectadas. Los registros posteriores, aunque todavía no aparecen reunidos en esa misma serie municipal, mantienen al territorio lejos de los grandes incendios que están marcando 2026. Ninguno de los fuegos incluidos en esa serie superó las 500 hectáreas necesarias para ser considerado un gran incendio forestal. En el conjunto del Estado, en cambio, 39 incendios han rebasado ya ese umbral durante 2026, frente a los doce contabilizados en las mismas fechas del año anterior.

Según los datos de las Diputaciones Dorales, en 2025, en Bizkaia se registraron 21 incendios forestales, que quemaron una superficie global de 82,78 hectáreas, de las cuales 64,92 hectáreas correspondieron a terreno no arbolado, sobre todo matorral y pastizal, y 5,56 hectáreas a superficie arbolada. En el caso de Araba, hubo el año pasado 13 siniestros forestales, 11 de ellos conatos (menos de una hectárea) y dos incendios que dejaron 37,85 hectáreas quemadas: 0,14 de arbolado, 35,55 de matorral, monte bajo y monte abierto, y 2,11 hectáreas de pastos. Y en Gipuzkoa hubo cuatro incendios forestales, concentrados en los meses de febrero y marzo, que provocaron la quema de 51 hectáreas.

Pese a esta baja incidencia, los ecologistas piden no relajarse. Desde la asociación Ekologitak Martxan instan al Gobierno Vasco, a las Diputaciones Forales y a los municipios a implicarse más y a un "cambio de enfoque" que "priorice la resiliencia de los ecosistemas" frente a la rentabilidad de determinadas producciones forestales. De lo contrario, advierten de que los grandes incendios podrían convertirse "en un problema recurrente" en Euskadi. Consideran que la prevención "no puede limitarse" a actuar cuando llega el fuego, y son necesarias políticas forestales y territoriales orientadas a recuperar y conservar los bosques autóctonos.

El mapa de la devastación

Los grandes incendios han dejado durante julio una sucesión de cifras difícilmente comparables con la realidad vasca. El frente que alcanzó territorios de Ávila, Madrid y Toledo quemó en conjunto más de 77.000 hectáreas y obligó al Gobierno central a declarar la emergencia de interés nacional. Solo el incendio de Burgohondo, en Ávila, superó las 50.000 hectáreas y se convirtió en el mayor registrado hasta ahora en el Estado, mientras que unas 27.000 ardieron en la Sierra Oeste madrileña y cerca de 2.000 en Toledo.

La destrucción se extendió también a otras zonas. El incendio de La Mierla, en Guadalajara, arrasó alrededor de 33.000 hectáreas, el peor balance registrado en Castilla-La Mancha; el de La Vall d’Uixó, en Castellón, calcinó cerca de 10.000 y obligó a evacuar a miles de personas. En Andalucía, las llamas recorrieron unas 5.200 hectáreas en Los Gallardos, en Almería, pero la superficie fue solo una parte de la tragedia: el incendio dejó 14 personas fallecidas y se convirtió en el más mortífero registrado en la comunidad. El contraste con Euskadi continúa siendo considerable: el último balance conjunto recogido en su Plan Especial situó en 901 hectáreas toda la superficie forestal quemada durante 2022, repartida entre Araba, Gipuzkoa y Bizkaia.

No es únicamente porque llueva

La explicación más inmediata se encuentra en el clima. Buena parte de Bizkaia, Gipuzkoa y el norte de Araba pertenece a la vertiente cantábrica, caracterizada por precipitaciones abundantes y bien repartidas durante el año. Esa humedad evita que la vegetación se seque durante periodos tan prolongados como en las zonas mediterráneas y dificulta que una llama encuentre continuidad suficiente para avanzar sin control.

Pero la lluvia no explica por sí sola la diferencia. El Plan Especial de Emergencias por Riesgo de Incendios Forestales de Euskadi atribuye la tendencia descendente de las últimas décadas a la gestión forestal sostenible, las inversiones públicas, los programas de ayudas y la red de pistas y accesos al monte. A ello se suma la vigilancia diaria del riesgo meteorológico y la rapidez de los equipos de extinción para intervenir antes de que un conato alcance grandes dimensiones.

El propio sistema establece entre sus prioridades reducir al máximo el tiempo que transcurre entre la alerta, la evaluación del incendio y las primeras medidas. En un territorio muy compartimentado, con núcleos habitados próximos a las masas forestales, llegar pronto puede marcar la diferencia entre unas pocas hectáreas quemadas y un frente imposible de atacar directamente.

El fuego no siempre espera al verano

El calendario del riesgo tampoco es igual en todo el territorio. En la zona de influencia mediterránea, que comprende buena parte del centro y el sur de Araba, la época de peligro alto coincide con el verano y se extiende generalmente entre el 1 de julio y el 30 de septiembre. Las temperaturas elevadas, la ausencia de lluvias y la vegetación seca acercan esta área al comportamiento de otras regiones del interior peninsular.

En la vertiente cantábrica sucede algo menos intuitivo. El periodo de mayor peligro suele comenzar con la llegada del otoño y prolongarse hasta mediados de abril. Durante esos meses, la vegetación pierde humedad y los episodios de viento sur pueden elevar rápidamente la temperatura, secar el combustible forestal y acelerar la propagación de las llamas. El verano, en cambio, se considera habitualmente de riesgo medio porque la cubierta vegetal permanece verde y húmeda.

Esta diferencia ayuda a entender por qué Euskadi puede atravesar las semanas más críticas del verano estatal con una situación relativamente favorable. Sin embargo, también obliga a mantener los dispositivos durante todo el año: una jornada seca y ventosa de invierno puede resultar aquí más peligrosa que algunos días de agosto.

2026-08-05T18:44:36+02:00
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