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La reacción alérgica consiste, tal y como así la definen desde la Clínica Universidad de Navarra (CUN), "en la percepción de nuestro organismo como nocivo de una sustancia que no lo es (alérgeno). Este contacto pone en marcha una respuesta inmunológica exagerada que se manifiesta en diversos órganos del cuerpo. Los alérgenos más frecuentes son: pólenes, ácaros, epitelios de animales, hongos, picaduras de avispas y abejas, alimentos y algunos medicamentos. El alérgeno puede entrar en contacto con el cuerpo de varias formas: inhalado por la nariz o la boca, ingerido (alimentos o ciertos fármacos), inyectado (medicamentos o picaduras de insectos) o por contacto con la piel (en este caso suelen ser sustancias químicas que provocan una dermatitis o eccema de contacto)".
En la línea con lo que comentan los expertos, se estima que del 30 al 40% de la población tiene algún tipo de alergia, con un incremento gradual de la incidencia, especialmente en aquellas de tipo alimenticio. Según datos predictivos de la Organización Mundial de la Alergia, para el año 2050 la mitad de la población estará afectada.
Los antihistamínicos, los fármacos más empleados en el tratamiento de las enfermedades alérgicas
Un concepto estrechamente relacionado con las alergias son los antihistamínicos, "los fármacos más recetados a la población general y se utilizan para tratar diversos tipos de reacciones alérgicas, ya sea a ciertos alérgenos que se pueden evitar como a factores ambientales de difícil control. Se dispensan en la farmacia sin receta, pero es muy recomendable que sea un médico quien los prescriba para que pueda recetarnos aquel que mejor se adapta a nuestra afección y a nuestro estilo de vida, y para que pueda realizar un seguimiento del paciente. Podemos encontrarlos de primera, segunda y tercera generación, y aquello que los distingue son las partes de nuestro organismo a las que afectan y los efectos secundarios que nos pueden generar".
"Los de primera generación son la difenhidramina, el dimenhidrinato, la clemastina, la doxilamina o la clorfeniramina. Los de segunda generación más conocidos son la loratadina, la cetirizina, la ebastina y la rupatadina. Los de tercera generación son la desloratadina, la levocetirizina y la fexofenadina. Nombres técnicos pero que resultarán muy familiares para quien los toma", continúan detallando desde Sanitas. Todos ellos con efectos secundarios diferentes. Porque sí, los antihistamínicos también tienen efectos secundarios.
¿Cuáles son los efectos secundarios de los antihistamínicos?
Los antihistamínicos de primera generación actúan, según así lo indican los profesionales, directamente sobre todo nuestro sistema nervioso central y pueden causar numerosos efectos secundarios entre los que se encuentran el cansancio, la somnolencia, la visión borrosa, el estreñimiento, etc. Para evitar su aparición, es esencial tener mucha precaución a la hora de utilizarlos ya que puede ser peligroso hacerlo si vamos a llevar a cabo actividades de riesgo como la conducción, o pueden interferir en el rendimiento en el trabajo o en la escuela.
Los antihistamínicos de segunda generación, a los que también se les conoce como antihistamínicos no sedantes, se introducen menos en el sistema nervioso central evitando esa sensación de somnolencia y cansancio tan típica del uso de estos fármacos. Se pueden tomar "sin que interfieran en gran medida en nuestra vida diaria y podemos seguir realizando tareas que requieran de nuestra concentración, como conducir o estudiar", añaden desde Sanitas.