Verdadero o Falso

¿Cuánto cuesta realmente ser "gratis" en Internet?

Buscadores, redes sociales y correos electrónicos no cobran por entrar, pero convierten nuestra actividad, nuestro tiempo y nuestras preferencias en la base de un negocio multimillonario
El peligro crece cuando los datos permiten identificarnos, acceder a una cuenta o ganarse nuestra confianza.
El peligro crece cuando los datos permiten identificarnos, acceder a una cuenta o ganarse nuestra confianza. / NTM

Actualizado hace 8 minutos

Tu fecha de nacimiento, por sí sola, no vale demasiado. Tampoco una dirección de correo electrónico, el nombre de tu mascota o aquella fotografía con la que anunciaste que te marchabas de vacaciones. Pero, si alguien consigue reunir esas pequeñas piezas, puede averiguar dónde vives, intentar adivinar una contraseña, suplantar a una persona cercana o redactar un mensaje tan convincente que resulte difícil no pulsar el enlace. Ese es el verdadero valor de nuestros datos.

No existe una tarifa universal por cada nombre, búsqueda o fotografía. Su precio depende, en buena medida, de lo que permiten descubrir cuando se cruzan con toda la información que ya circula sobre nosotros y cada mañana contribuimos a ese puzle casi sin advertirlo.

Consultamos Gmail, buscamos una dirección en Google Maps, aceptamos unas cookies, reaccionamos a una publicación de Instagram y dejamos que el teléfono registre nuestra ubicación. No hemos sacado la cartera, pero tampoco hemos utilizado esos servicios sin entregar nada. A cambio de su utilidad, las plataformas reciben algo mucho más difícil de medir: una sucesión de pistas sobre quiénes somos, qué nos interesa y qué puede conseguir nuestra atención.

Internet sabe lo que no le contamos

La publicidad sostiene buena parte de este intercambio. En 2025, Meta, propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp, obtuvo 196.175 millones de dólares mediante anuncios, cerca del 98 % de todos sus ingresos. Alphabet, matriz de Google, reconoce igualmente que la publicidad es la principal fuente de financiación del buscador, YouTube, Maps y otros servicios, aunque también ingresa dinero mediante suscripciones, aplicaciones y dispositivos.

Una identidad hecha de retales

Una identidad hecha de retales EP

Eso no significa necesariamente que estas compañías entreguen a los anunciantes una ficha con nuestro nombre, dirección y conversaciones. Su negocio consiste, principalmente, en utilizar lo que saben de los usuarios para clasificarlos en públicos con determinadas características. Una marca puede querer mostrar su campaña a personas de cierta edad, residentes en una zona concreta e interesadas en viajar sin conocer la identidad de cada una.

Las plataformas no venden tanto nuestros datos como la posibilidad de acceder a nuestra atención. Cada clic proporciona información, pero también lo hacen las pausas, el tiempo de reproducción y la velocidad con la que descartamos un contenido. Cuanto más permanecemos conectados, más oportunidades existen de mostrarnos publicidad y aprender qué consigue retenernos.

Las plataformas no venden tanto nuestros datos como la posibilidad de acceder a nuestra atención

La información más valiosa no siempre es la que introducimos en un formulario. También cuenta lo que puede deducirse de nuestra conducta. Una persona quizá nunca haya comunicado que está pensando en mudarse, pero puede haber consultado alquileres, calculado rutas desde otro barrio y comenzado a seguir comercios de la zona. Ninguna de esas acciones confirma por sí sola una decisión, aunque juntas dibujan una intención probable.

Los algoritmos no nos conocen como lo haría un amigo. Calculan probabilidades y también se equivocan. Pueden confundir una búsqueda profesional, un regalo o una curiosidad pasajera con una preferencia personal. Aun así, esas hipótesis sirven para ordenar contenidos, recomendar vídeos y decidir qué anuncios aparecen en cada pantalla.

Una identidad hecha de retales

No todos los datos poseen el mismo valor ni permiten hacer lo mismo. Saber qué vídeos vemos puede ayudar a personalizar la publicidad, pero no basta para vaciar una cuenta bancaria. El riesgo cambia cuando se suman un nombre completo, un teléfono, una dirección, una fecha de nacimiento, una contraseña reutilizada o una copia del DNI.

La información no necesita ser secreta para resultar peligrosa. A veces basta con que esté dispersa y alguien se tome el trabajo de reunirla. Un correo y un teléfono permiten dirigir una estafa; una contraseña repetida abre la posibilidad de entrar en otras cuentas; y un documento de identidad acompañado de datos financieros puede facilitar contrataciones fraudulentas o una suplantación.

El delincuente no necesita conocer toda nuestra vida: le basta con saber lo suficiente para que creamos que nos conoce

También los detalles aparentemente inofensivos pueden hacer más creíble una mentira. Los nombres de familiares, el banco que utilizamos, la compañía telefónica o una compra reciente ayudan a personalizar un mensaje. El delincuente no necesita conocer toda nuestra vida: le basta con saber lo suficiente para que creamos que nos conoce.

Por eso conviene separar dos realidades que a menudo se confunden. Una cosa es que las plataformas analicen nuestra actividad para personalizar contenidos y publicidad, y otra muy distinta que esa información sea obtenida ilegalmente mediante una filtración, un ataque informático, un programa malicioso o un engaño como el phishing. Es entonces cuando aquellos datos dispersos pueden salir del entorno en el que fueron recopilados, cambiar de manos y convertirse en mercancía.

El mercado negro de nuestras vidas

La dark web tampoco es un único supermercado clandestino con un precio fijo para cada identidad. Europol describe un ecosistema formado por mercados especializados, foros y canales en los que se ofrecen contraseñas, accesos a cuentas y bases de datos robadas. Su valor depende de que la información esté actualizada, pueda verificarse y resulte útil para cometer otros delitos.

Lo más inquietante no es cuánto se paga por cada ficha, sino la capacidad de esos datos para circular indefinidamente. A diferencia de una cartera, cuya desaparición advertimos enseguida, una contraseña robada continúa en nuestro poder. Podemos seguir utilizándola sin saber que otra persona también la posee. Lo mismo ocurre con la copia de un DNI o con la información extraída de una empresa: la víctima conserva el original y puede tardar en descubrir el robo.

Los datos robados pueden copiarse, combinarse y revenderse en la dark web para facilitar suplantaciones y fraudes.

Los datos robados pueden copiarse, combinarse y revenderse en la dark web para facilitar suplantaciones y fraudes. NTM

Además, los datos no se gastan después de utilizarlos. Pueden copiarse, revenderse, completarse con nuevas filtraciones y reaparecer meses después en otro engaño. Europol advierte de que sirven para apropiarse de cuentas, crear identidades falsas, solicitar préstamos o tarjetas y preparar fraudes dirigidos. Una misma persona puede quedar expuesta así a varios intentos sucesivos.

Esto no significa que cualquier dato permita controlar nuestra vida ni que debamos vivir con miedo a cada anuncio. Una cookie no entrega automáticamente nuestras contraseñas, la aparición de publicidad relacionada con una conversación no demuestra que el teléfono nos escuche y figurar en una filtración tampoco implica que alguien haya utilizado ya la información.

Conviene revisar permisos, limitar la ubicación y desconfiar de quienes solicitan códigos de verificación o información bancaria mediante un enlace

El peligro crece cuando los datos permiten identificarnos, acceder a una cuenta o ganarse nuestra confianza. Por eso una contraseña única, la verificación en dos pasos y la cautela al compartir documentos protegen más que intentar borrar cualquier rastro de la red. También conviene revisar permisos, limitar la ubicación y desconfiar de quienes solicitan códigos de verificación o información bancaria mediante un enlace.

Nuestra vida digital no está guardada en un único cajón. Se encuentra repartida entre buscadores, redes sociales, comercios, administraciones y antiguas cuentas que quizá ya ni recordamos. Ninguna pieza explica por completo quiénes somos, pero tampoco podemos controlar siempre quién terminará uniéndolas. Porque el precio de lo gratuito no depende únicamente de los datos que entregamos, sino de lo que alguien pueda llegar a construir con ellos.

2026-07-26T15:01:50+02:00
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