Verdadero o Falso

“¿Puedes hablar?”: por qué cada vez nos cuesta más llamar por teléfono

Escribir, aplazar o incluso renunciar a una gestión: la conversación en tiempo real se convierte en una fuente de ansiedad para quienes han aprendido a comunicarse con tiempo para pensar y corregir
La conversación telefónica obliga a responder al instante, una falta de control que genera incomodidad entre quienes se comunican habitualmente por escrito.
La conversación telefónica obliga a responder al instante, una falta de control que genera incomodidad entre quienes se comunican habitualmente por escrito. / Magnific

Actualizado hace 4 minutos

El número está localizado, el teléfono está en la mano y la gestión probablemente se resolvería en un par de minutos. Sin embargo, antes de pulsar el botón de llamada llegan las dudas: qué decir al otro lado, cómo empezar, qué ocurrirá si hacen una pregunta inesperada o si aparece uno de esos silencios que parecen durar mucho más de lo que marca el reloj.

Para una parte creciente de la población, especialmente entre los más jóvenes, llamar ha dejado de ser la forma más sencilla de comunicarse. Una conversación telefónica obliga a reaccionar al instante, sin posibilidad de borrar, corregir o pensar la respuesta, y esa falta de control lleva a aplazar citas, delegar gestiones o buscar cualquier alternativa que evite tener que hablar en tiempo real.

Un teléfono para todo menos para llamar

Nunca se habían utilizado tanto los teléfonos y, sin embargo, llamar ocupa un lugar cada vez más pequeño entre sus funciones. Una encuesta realizada en 2023 a más de 1.000 jóvenes australianos de entre 18 y 26 años concluyó que cerca del 60% sentía temor ante la posibilidad de hacer o recibir una llamada. En Reino Unido, otro sondeo situó esa proporción en el 76% entre los mileniales, frente al 40% de la generación del "baby boom".

La diferencia no está únicamente en la edad, sino en la forma de comunicación aprendida. Un estudio publicado en 2023 en Communication Research Reports, basado en 520 adultos, encontró una relación entre el uso habitual de medios digitales y la ansiedad telefónica. Los más jóvenes mostraban mayor incomodidad y, cuanto más intensa era, más probable resultaba que eligieran un mensaje para hablar con familiares, pedir una cita médica o contactar con atención al cliente.

La llamada exige pensar y hablar a la vez. No permite borrar una frase, revisar el tono ni esperar antes de responder. Puede aparecer una pregunta imprevista, un silencio incómodo o el miedo a no saber terminar la conversación. Los mensajes, en cambio, conceden tiempo para construir una respuesta y reducen la sensación de estar siendo evaluado.

Los investigadores advierten de que la relación puede funcionar en las dos direcciones: la comunicación escrita reduce la práctica, pero quienes ya sienten ansiedad también tienden a refugiarse en los mensajes. Evitar una llamada proporciona alivio inmediato, aunque puede aumentar la inseguridad a largo plazo.

Cuando una llamada parece una emboscada

El problema comienza muchas veces antes de descolgar. Sin un mensaje previo, el timbre puede interpretarse como una irrupción y, si el número es desconocido, como una posible amenaza. Más de la mitad de los jóvenes de entre 18 y 34 años relaciona una llamada inesperada con una mala noticia y cerca de una cuarta parte prefiere no responder hasta conocer por escrito quién llama y para qué.

Esa reacción también ha modificado las normas de cortesía. Para quienes crecieron alrededor del teléfono fijo, llamar no requería anunciarse. Entre las generaciones educadas con WhatsApp, una llamada sin aviso puede percibirse como una exigencia de disponibilidad inmediata. Por eso, primero se escribe "¿puedes hablar?" y solo después se marca el número.

Narelle Hopkin, responsable de la Escuela de Periodismo de la Universidad Murdoch, comprobó esa incomodidad entre sus alumnos. Algunos reconocieron que no contestaban ni siquiera cuando llamaban sus padres y esperaban al buzón para responder por escrito. Ante un número desconocido pensaban que debía de haber ocurrido algo grave y, cuando no existía ninguna urgencia, se sentían "emboscados" por una conversación que no habían elegido.

Evitar una llamada o sentir nervios antes de realizarla no significa necesariamente padecer una fobia. Puede activar mecanismos propios de la ansiedad social —miedo a ser juzgado, equivocarse o quedarse sin palabras—, pero solo se convierte en un problema clínico cuando el temor es intenso, persistente y limita la vida cotidiana. En muchos casos se trata de una incomodidad aprendida y reforzada por la falta de práctica.

Cuando evitarla empieza a costar algo

Mientras exista una alternativa escrita, la incomodidad puede pasar inadvertida. El problema aparece cuando llamar es la única vía para pedir una cita médica, resolver una incidencia, responder a una oferta de empleo o presentar una reclamación. Una gestión de pocos minutos puede convertirse entonces en varios días de aplazamiento.

La secuencia suele repetirse. Antes de marcar, algunas personas escriben lo que van a decir, ensayan el saludo y anticipan posibles respuestas. Después aplazan la llamada —"ahora estarán ocupados", "mejor mañana"— y sienten alivio al renunciar. Ese alivio recompensa la evitación y hace más difícil intentarlo la siguiente vez.

La evitación también puede convertirse en una desventaja laboral. Responder a un cliente, concertar una reunión o defender una idea sin un guion previo continúa formando parte de numerosos empleos. Más que una incapacidad generacional, suele revelar una habilidad poco entrenada: quien apenas ha hablado por teléfono llega a la edad adulta con menos recursos para improvisar una conversación profesional.

Por eso, la frontera relevante no está entre quienes disfrutan de las llamadas y quienes prefieren evitarlas. Aparece cuando el miedo determina decisiones: no presentarse a una oportunidad, depender de otra persona para hacer gestiones o renunciar a algo necesario con tal de no marcar un número. En ese punto, una preferencia comunicativa comienza a convertirse en una limitación.

Una habilidad que puede recuperarse

La solución no pasa por volver a llamar para todo ni por considerar los mensajes una forma inferior de comunicación. Escribir permite organizar la información, deja constancia de lo acordado y respeta el tiempo del interlocutor. El objetivo es elegir cada canal por su utilidad y no por miedo. Preparar dos o tres ideas, comenzar con llamadas sencillas y exponerse gradualmente ayuda a recuperar seguridad.

La llamada tampoco está condenada a desaparecer. Cuando hay que aclarar un malentendido, transmitir una emoción o resolver rápidamente un asunto complejo, la voz aporta matices que ningún signo de puntuación puede reproducir. Quizá el reto no consista en recuperar las conversaciones interminables junto al teléfono fijo, sino en conservar la capacidad de pulsar el botón verde cuando sea necesario. Porque poder escribir "¿puedes hablar?" es una nueva forma de cortesía; necesitar siempre esa pregunta para atreverse a responder puede ser ya otra cosa.

2026-09-13T09:38:45+02:00
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