Las alergias alimentarias se han consolidado como uno de los grandes desafíos sanitarios emergentes del siglo XXI, una epidemia silenciosa que avanza de forma constante y con un impacto creciente en la salud pública.
Tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la Organización Mundial de la Alergia (WAO) estiman que para 2050 hasta la mitad de la población mundial podría presentar algún tipo de enfermedad alérgica, con las alergias alimentarias entre las de mayor incremento previsto.
En la actualidad, alrededor de 520 millones de personas en todo el mundo conviven con este tipo de patologías, una cifra que ha llevado a la comunidad científica a hablar de una segunda ola de la epidemia alérgica global.
- Qué son. Las alergias alimentarias se producen por una reacción adversa del sistema inmune a un determinado alimento cuando la persona sensible a dicho alimento entra en contacto con él.
- Síntomas. Los síntomas menos graves y frecuentes pueden darse en la piel (urticaria, enrojecimiento, hinchazón de labios y párpados...), ser digestivos (vómitos, dolor cólico, diarrea, picor de boca y garganta) o afectar al aparato respiratorio (rinitis, asma). Por su parte, los más graves son una reacción anafiláctica, que puede resultar mortal.
En este contexto, la farmacéutica especializada en alergia alimentaria Amapola Munuera, formada en el Imperial College de Londres y miembro de la Asociación Española de Personas con Alergia a Alimentos y Látex (AEPNAA), analiza los factores que podrían estar detrás de este aumento sostenido.
Un fenómeno multifactorial
Los expertos coinciden en que el incremento de las alergias alimentarias responde a una combinación de factores biológicos, ambientales y sociales.
Uno de los principales elementos señalados es la alteración de la microbiota intestinal en las primeras etapas de la vida, clave en el desarrollo del sistema inmunológico. Una menor diversidad microbiana podría favorecer respuestas inmunitarias inadecuadas frente a sustancias inocuas como los alimentos.
Entre los factores asociados a este desequilibrio se incluyen el uso de antibióticos, el aumento de los partos por cesárea, cambios en la alimentación infantil o la reducción de la lactancia materna prolongada, así como ciertas pautas inadecuadas en la introducción de alimentos potencialmente alergénicos.
A ello se suma la posible mayor agresividad de algunas proteínas alimentarias debido a procesos industriales y factores ambientales. También influye la predisposición genética: el riesgo de desarrollar alergias alcanza el 40% cuando uno de los progenitores es alérgico, y puede llegar al 80% si lo son ambos.
El entorno moderno
La investigación actual también apunta a la influencia del estilo de vida contemporáneo, marcado por la contaminación, el cambio climático, el estrés crónico y una menor exposición a entornos naturales.
Durante años, la llamada hipótesis de la higiene trató de explicar este aumento por la menor exposición a infecciones en la infancia. Sin embargo, los modelos más recientes proponen una visión más compleja, centrada en la pérdida de biodiversidad microbiana asociada a la vida en entornos altamente industrializados. “La industrialización está afectando no solo a nuestra salud inmunológica, sino también al legado epigenético y microbiológico que heredarán nuestros hijos”, señala Munuera, que subraya la importancia de reducir la exposición a la contaminación y favorecer el contacto con la naturaleza para un desarrollo inmunológico equilibrado.
El incremento sostenido de las enfermedades alérgicas ha convertido este fenómeno en una prioridad para organismos científicos y sanitarios internacionales.
En este sentido, las sociedades científicas están evolucionando hacia un modelo más preventivo y personalizado. “Se ha pasado de una alergología reactiva, centrada en el tratamiento tras el diagnóstico, a una alergología proactiva basada en la prevención y la atención individualizada”, concluye la especialista.