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Vida y estilo

Vivir deprisa: cómo el estrés crónico afecta al cerebro, a la salud mental y a las relaciones

Expertos advierten de que el ritmo acelerado de la vida cotidiana y la presión constante pueden tener serias consecuencias mentales y emocionales
Una mujer desbordada en su puesto de trabajo.
Una mujer desbordada en su puesto de trabajo.

Actualizado hace 2 minutos

Vivimos muy deprisa, siempre con la sensación de no llegar a nada y atrapados en interminables listas de tareas que hacemos rápido y, muchas veces, mal. Esta falta de tiempo genera frustración y estrés y, en los casos más extremos, tiene consecuencias directas sobre el cerebro, la salud mental y las relaciones personales. Así lo explican expertos en sociología y neurociencia de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), que coinciden en la necesidad de entender bien el problema para poder recuperar el control sobre nuestro tiempo y bienestar.

Un hombre decaído y con síntomas de estrés en casa.

Un hombre decaído y con síntomas de estrés en casa.

Bajas por estrés

Datos recogidos por el sindicato UGT señalan que el estrés laboral y la presión del tiempo están detrás del aumento de bajas por problemas de salud mental, lo que confirma que no se trata de una percepción aislada. En 2023 se registraron más de 600.000 bajas laborales por trastornos mentales en el Estado, un 17% más que el año anterior. Un estudio de la Confederación de Salud Mental de España señala, además, que el 15% de las bajas más prolongadas se deben al estrés, segunda causa de baja laboral tras los problemas musculoesqueléticos.

Aunque este estrés laboral es el más frecuente, el financiero y el personal también tienen un impacto notable. El Ministerio de Sanidad estima que un 24,7% de las personas atendidas en atención primaria presenta algún problema de salud mental. La ansiedad afecta al 6,7% de la población y la depresión al 4,1%, con una prevalencia algo mayor en mujeres y en personas con menos recursos económicos.

Sensación de urgencia constante

Francesc Núñez, profesor de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC, explica esta escasez de tiempo a partir del concepto de aceleración formulado por el sociólogo alemán Hartmut Rosa. "La vida en las sociedades contemporáneas se ha acelerado", señala, lo que implica que cada vez realizamos más acciones en menos tiempo. Esta situación da lugar a la paradoja de que, los mismos avances tecnológicos que prometían ahorrarnos tiempo, lo único que han hecho ha sido intensificar esa sensación de urgencia constante.

Procesos como la producción, la comunicación o el transporte son hoy más rápidos, pero el tiempo parece aún más escaso. A ello se suma una vida cotidiana saturada de trámites, formularios, citas online y una sobrecarga de información difícil de procesar, lo que reduce el tiempo destinado a las actividades básicas como comer, dormir, pasear o charlar, generando frustración e inseguridad.

Esta aceleración permanente provoca, en palabras de Rosa, una pérdida de "resonancia con el mundo" y la realidad deja de tener sentido. El resultado es un aumento de las bajas laborales por estrés, depresión y malestar vital, junto con una creciente sensación de soledad, pese a la aparente facilidad que existe para relacionarse a través de las pantallas.

Una mujer utiliza el móvil en la cama por la noche.

Una mujer utiliza el móvil en la cama por la noche.

Cómo influye en el cerebro

La neurocientífica Emilia Redolar, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, explica qué ocurre en el cerebro al estar expuesto a esta presión constante del tiempo. La percepción de falta de control activa la liberación prolongada de cortisol, que afecta a tres áreas clave: la amígdala, la corteza prefrontal y el hipocampo. La amígdala se vuelve hiperactiva, aumentando la ansiedad; la corteza prefrontal ve reducida su capacidad para razonar y tomar decisiones; y el hipocampo, esencial para la memoria y el aprendizaje, sufre efectos más duraderos, como la atrofia neuronal y la inhibición de la neurogénesis.

Cambios profundos

Ante este escenario, ambos expertos coinciden en que no hay soluciones rápidas. Núñez reivindica un cambio profundo en nuestra relación con el mundo y recupera las ideas de Sherry Turkle sobre la importancia de la conversación cara a cara, los espacios sin tecnología y la unitarea. Advierte, eso sí, que delegar tareas, hacer yoga o tomarse vacaciones solo van a ofrecer alivios temporales si no se transforma la manera de estar en el mundo.

Redolar, por su parte, subraya que hay estrategias que ayudan a recuperar la sensación de control y van desde hacer listas hasta fomentar la resiliencia mediante el deporte, el aprendizaje y la vida social. En su libro La mujer ciega que podía ver con la lengua (2024) propone practicar actividad física diaria, mindfulness, terapia cognitivo-conductual, descanso adecuado, hábitos saludables y apoyo social, y hace sobre todo una recomendación muy importante: aprender a decir que no.

2026-04-17T18:17:53+02:00
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