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En el callejero de Córdoba, insigne la mezquita, se arqueaban los cuerpos, que ardían, extrema la temperatura. Esperaba la hoguera de la vanidades. Danzad malditos.
Un velódromo crepitante en el que se coronó Wout van Aert, victorioso de nuevo tras resolver ante Romele, Nys, Debruyne y Leknnessund. El belga dominó la escena.
"La mayoría de las veces que pensamos que podíamos ganar, ganamos. Eso es impresionante", apuntó el belga. Recordaba los pasos para el triunfo, reciente su logro en Loja, dos días atrás.
El flash-back le llevó aún más atrás. Dos cursos antes, en la misma ciudad, Van Aert fue el mejor. Para él las llaves de la ciudad. Refrescó sus recuerdos. Para el cuerpo buscó un barreño de agua. Mejor que el champán más lujoso.
No había una bebida más preciada en el alma sureña, en el centro del calor, donde late la Vuelta que lidera Mas en el segundo día de descanso.
Descerrajó su segundo triunfo en la Vuelta Van Aert, el quinto del Visma, otra vez exacta la táctica. “Teniendo a Brennan en el grupo principal era más fácil. Tal vez no esperaban que yo atacara, pero me gustas carreras así”, expuso el belga, que controló con el joystick de la suficiencia. Era una llegada ideal para él. Salió a los ataques que trataron de sorprenderle hasta que se empastó el grupo y se citaron para el esprint.
El belga testó cada palmo de la llegada, cada gesto de sus oponentes. La memoria le dirigía por las calles que fueron suyas. A todos los domó Van Aert en un día que se corrió a llamaradas.
En el esprint del quinteto Nys arrancó con furia, pero el belga le rastreó el rebufó para superarle con facilidad y festejar su segundo laurel, el quinto en sus aventuras por la Vuelta. El califato Van Aert.
Ahoga el cambio climático el planeta, voraz el calor, una bola de fuego que todo lo arrasa a su paso. Quedan las cenizas de incendios pavorosos, tierra yerma, árida, sin vida.
El ser humano es un pirómano de la razón, un incendiario capaz de rebatir la ciencia, el conocimiento, el sentido común y la razón, por sus asuntos mundanos, intereses bastardos, ideologías variopintas, creencias estúpidas e ignorancia a granel.
En ese ecosistema, donde la estupidez cotiza al alza, se reboza el planeta, un lodazal de negacionistas y demás ralea. La Vuelta, que acampa en el sur en verano, incandescente en Córdoba, a más de 40 grados, la sensación térmica aún más fogosa, es un pira donde todo arde. Una hoguera sin vanidades, con el agobio y el padecimiento como combustible.
Los ciclistas, despellejados y lacerados por un sol inclemente, asesino, sol blanco, hiriente, huían por el asfalto recalentado, solo aliviados por toneladas de hielo que cuelgan en sus nucas y miles de litros de agua desparramados por sus pieles, con protección solar 50+.
"Con el tema del calor nos pusimos muchos de acuerdo y es de agradecer a la organización que tomara la decisión de recortar el recorrido", expuso el líder, que descontó otra etapa en su camino hacia Granada.
No tiene ningún sentido competir con esas temperaturas extremas, el bochorno asfixiando los organismos, horneada la carrera, puro fuego, en una huida hacia delante sobre brasas.
"Tuve una temperatura promedio de 41°C hoy. No me sorprendería si algunos ciclistas terminan esta noche en una ambulancia con un golpe de calor", argumentó Brennan.
Wandahl, Oliveira, Xabier Mikel Azparren, Paleni, Hayter, Leknessund, Porter, Steinhauser, Mackellar, Weiss,Thompson y Leemreize.
Leknessund, noruego, corajudo, vencedor en Valdelinares, buscó un imposible rodando en solitario. Dejó a sus compañeros de fuga. Perseguía una utopía en una jornada desértica en Territorio Comanche, ondulante, serpenteante, escenario de clásicas, imposible de controlar a pesar del empeño del Visma, que pensaba en Brennan.
Van Aert se lanza
Arrugada la opción del velocista, emergió la egregia figura de Van Aert. El belga se sumó a Debruyne, Nys y Romele. El quinteto se mezcló en el frente de ataque tras dejar atrás Puerto Atafi y el esprint bonificado de Santa María de Trassierra.
A nadie se le ocurre en Córdoba, en el corazón del calor, entre las 15.00 horas y las 17.15 horas, asomarse al infierno. Salvo a la carrera, que tiene obligaciones contractuales derivadas de los patrocinadores, instituciones y los derechos de televisión.
El nuevo orden mundial que vierte el cambio climático, extremos los episodios meteorológicos, sitúan al ciclismo en un debate futuro sobre la adaptación a un hábitat que puede requerir cambios de horarios, sobre todo, el adelantamiento de las etapas.
Los ciclistas, penitentes, un paso de Semana Santa en verano, pasean sus penas y sus quejíos de cante hondo. La organización recortó el calvario, la etapa diseñada para 189 kilómetros y tres puertos, quedó en 110 kilómetros y dos ascensiones.
La solución, de urgencia, fue apenas un cuidado paliativo para los organismos de los ciclistas, absolutamente llevados al límite. En realidad, sobraban las montañas y las carreteras. La jornada, una larga trashumancia entre golpes de calor, jadeaba y malvivía en una forja. Fuego sobre el fuego.
El hielo, el agua fría, los baños en agua a bajas temperaturas y la crioterapia tratan de aminorar esa sensación de sofoco y piel caliente. Sucede que eso no alcanza como solución global para un problema que se antoja estructural, sobre todo en los meses más calurosos del año.
En el Tour también tuvo que amputarse una etapa por culpa dela calor extremo debido a la ola de calor que sacudió Francia varios días de julio. En la Vuelta, que es un río de lava en pleno verano al sur, Van Aert escupe fuego.