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El paso de los años ha enseñado a la humanidad que la alimentación trasciende la mera supervivencia, ya que establecer ciertos hábitos puede mejorar o empeorar la calidad de vida de cada individuo. Comer más verduras y menos productos ultraprocesados son las pautas habituales a las que se acude cuando uno busca mejorar su dieta, pero la investigación nutricional empieza a mirar más allá.
La pregunta ya no se reduce a qué debemos comer, ahora la clave está en comprender por qué un mismo alimento puede producir respuestas diferentes en dos personas. Es así como de manera cada vez más rápida, estamos viajando hacia un modelo más personalizado, donde generalizar sobre los beneficios de cada cosa que ingerimos puede no ser lo correcto.
No todo es contar calorías
La nutrición personalizada es, en esencia, adaptar recomendaciones teniendo en cuenta características individuales como edad, metabolismo, estado de salud, hábitos, actividad física o la microbiota; uno de los conceptos fundamentales para entender todo esto. La microbiota intestinal, o lo que tradicionalmente se conocía como flora intestinal, es un conjunto de millones de bacterias y microorganismos que viven de forma natural en el intestino. Estos, participan en la digestión de los alimentos, en el aprovechamiento de determinados nutrientes y también en el funcionamiento del sistema inmunitario.
La investigación actual trata de entender hasta qué punto son decisivas las diferencias en esa microbiota para que dos personas respondan de manera distinta a una misma alimentación. Una de las entidades que trabaja en este campo es AZTI, un centro científico y tecnológico especializado, entre otras áreas, en alimentación y salud. Su línea de nutrición personalizada estudia cómo responde cada cuerpo a lo que come.
Unos platos de comida encima de una toalla en una playa
Para ello, realizan pruebas con voluntarios y analizan tanto la microbiota como otras pistas internas que nos revelan cómo está funcionando realmente el cuerpo de cada persona. El objetivo es reunir toda esa información para dejar atrás las típicas dietas genéricas y caminar hacia pautas de alimentación hechas a la medida de cada persona. AZTI también investiga cómo herramientas como la inteligencia artificial pueden ayudar a encajar las piezas entre los datos clínicos, biológicos, dietéticos y nuestro ritmo de vida.
Este centro participa junto a otros un proyecto llamado ITTHACA. Durante un año, este trabajo ha seguido de cerca a 250 personas de entre 60 y 85 años con riesgo de demencia, divididas en dos grupos para poder comparar los resultados de forma práctica. Los investigadores estudian lo que comen, la microbiota intestinal y otras señales internas de su cuerpo, además de tener en cuenta el estado de su memoria, su corazón y su día a día. El objetivo es comprender mejor qué relación existe entre la alimentación, las bacterias del intestino y el envejecimiento, y poder adelantarse a posibles riesgos para diseñar pautas de salud hechas a medida.
Los estudios lo avalan
Pese a que el estudio sigue en marcha, ya han salido a la luz las primeras pistas. En una de sus pruebas, AZTI estudia cómo reaccionan mujeres de entre 65 y 85 años ante diferentes texturas en la comida. Para ello, no solo les preguntan si les gusta lo que prueban, sino que miden reacciones físicas involuntarias como las expresiones faciales, los cambios en su piel o el ritmo del corazón. Los primeros resultados muestran diferencias claras en cómo el cuerpo recibe cada textura, una información que podría servir para diseñar alimentos mejor adaptados a las necesidades de las personas mayores.