Actualizado hace 8 minutos
¿Se imaginan al rey Alfonso XIII bailando un atzesku en Sukarrieta?. Esta curiosa escena es solo una de las muchas anécdotas que forman parte de la historia de Busturialdea y que ahora salen a la luz en un nuevo libro dedicado a este municipio.
Sukarrieta-Pedernales es uno de esos lugares privilegiados de la geografía vizcaina. Protegida en el corazón de la ría de Mundaka y la reserva de Urdaibai, esta pequeña localidad ha permanecido durante décadas al margen de los grandes relatos historiográficos sobre el nacimiento del turismo costero vasco. Mientras ilustres enclaves como Lekeitio o Las Arenas de Getxo acaparaban las crónicas de la época victoriana y la belle époque, Pedernales articuló una trayectoria turística, sanitaria y social con matices absolutamente singulares.
Ese vacío documental y de divulgación queda ahora saldado, ya que el historiador e investigador gernikarra José Ángel Etxaniz Ortúñez, popularmente conocido como ‘Txato’ y miembro de Gernikazarra Historia Taldea, firma Sukarrieta-Pedernales. Un singular espacio de veraneo, una sólida obra editada por El Mariachi Ediciones con la colaboración del Ayuntamiento de Sukarrieta. En ella, el autor reconstruye la evolución de un espacio donde el ocio, el negocio, la terapéutica marina y la lucha de clases cruzaron sus caminos a lo largo de más de dos siglos.
La investigación de Etxaniz no arranca en los salones decimonónicos, sino en la Antigüedad. Los hallazgos arqueológicos documentados en la ensenada de Portuondo confirman una presencia romana continuada entre los siglos I y IV, constatando que el enclave ya resultaba estratégico y atractivo para las civilizaciones clásicas. Sin embargo, la génesis del veraneo moderno tal y como lo entendemos hoy en día se remonta a la apertura en 1824 de la carretera que enlazaba Durango con Bermeo a través de La Pilastra en Iurreta. Un año más tarde, en 1825, abría sus puertas ‘El Parador’, un establecimiento concebido para alojar a los pioneros del baño en el mar.
La familia Allendesalazar y la llegada del ferrocarril
Aquellos primeros visitantes eran los denominados agüistas, seguidores de las corrientes médicas e higienistas que emergían con fuerza en el Arco Atlántico y que preconizaban las propiedades curativas del agua salada y la brisa marina. Tras el convulso periodo de las guerras carlistas, la práctica del baño marítimo dejó de ser un simple tratamiento médico para convertirse en una seña de estatus social. Sukarrieta-Pedernales fue entonces “descubierta” por la influyente familia Allendesalazar, que actuó como auténtica puerta de entrada de la alta sociedad bilbaína y vasca a Sukarrieta. Su presencia continuada ejerció una seducción irresistible sobre familiares, allegados y distinguidas personalidades de la época, transformando al pequeño municipio en una flamante stación a la mode.
El espaldarazo definitivo a esta dinámica llegó sobre raíles. El empeño de los Allendesalazar resultó decisivo para la llegada del ferrocarril a Gernika-Lumo en 1888, una línea que en 1893 se prolongaría hasta la propia estación de Pedernales. La mejora de las comunicaciones propició entonces que, en 1894, una sociedad encabezada por el notable industrial Pedro P. Gandarias y Navea comprara el islote de Txatxarramendi para erigir un majestuoso Hotel-Balneario. Aquel edificio redefinió el concepto de las vacaciones estivales, uniendo el ocio con el precio y el negocio en una atmósfera de máximo confort.
Por las estancias de este hotel transitaron figuras del máximo relieve. La lista abarca creadores de la talla del compositor Isaac Albéniz y su familia o el pintor Darío de Regoyos; apellidos señeros de la burguesía bilbaína como Remigio Eguren, Cecilia Carranceja o la saga de los Fernández Mimenza; aristócratas como el Conde de Albiz y Luca de Tena; mandos de la Guardia Foral como Daniel Irezábal; así como nombres de la relevancia de Sir Ramón de la Sota o el ingeniero Juan Binger.
La Casa Real tampoco quedó al margen del magnetismo de Txatxarramendi. El rey Alfonso XIII visitó el balneario en diversas oportunidades. Una de las más recordadas aconteció el 25 de agosto de 1912, cuando el monarca acudió a Sukarrieta tras presidir en Bermeo el solemne funeral por las víctimas de la trágica galerna que luto a la costa vizcaina. En otro de sus viajes, el rey demostró su aprecio por el folclore vasco al animarse a bailar un atzesku tras ser recibido con el tradicional aurresku de honor, una visita a la que se sumaron sus hijos, los infantes.
El rey Alfonso XIII bailando un atzesku en Txatxarramendi
La convivencia entre la idílica postal turística y la realidad industrial del territorio dejó también capítulos de tensión. Entre 1902 y 1964, con periodicidad quincenal, frente a las terrazas del Hotel-Balneario navegaban buques cargados con explosivos de la empresa ‘Sociedad La Dinamita’ de Galdakao. Tras el trágico antecedente del buque Cabo Machichaco en Santander en 1893, el pánico estalló en la zona en 1921 cuando el mercante Gallo embarrancó en la barra de arena frente a Mundaka. Temiendo una explosión masiva, la población de Pedernales huyó hacia el monte o hacia Gernika.
Con la irrupción de los ‘Felices Años 20’, el modelo estival mutó definitivamente. Sukarrieta asistió a la democratización masiva del descanso. En el verano de 1924, la estación de Pedernales contabilizó la llegada de más de 24.000 viajeros dominicales, en su mayoría familias trabajadoras procedentes de las zonas industriales vinculadas a la línea ferroviaria.
Toda esta etapa de ebullición social se quebró súbitamente con el estallido de la Guerra Civil en 1936. El histórico Hotel-Balneario fue incautado y reconvertido para usos bélicos por los diferentes contendientes, cerrando un capítulo dorado que hoy recupera toda su fuerza gracias al trabajo de ‘Txato’ Etxaniz.