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En la actualidad, las mascotas han dejado de considerarse meros objetos y bienes materiales desde la reforma del Código Civil de 2022, donde se considera -por fin- a los animales de compañía como seres vivos dotados de sensibilidad y miembros de la unidad familiar. Casando con la Ley de Bienestar Animal, el reconocimiento del vínculo existente entre las mascotas y sus tutores es profundamente positivo, pues darles cariño, atención y un hogar seguro forma parte de la responsabilidad que supone compartir la vida con ellos.
La Ley de Bienestar Animal redefine el vínculo entre los animales y sus tutores.
No obstante, en pleno auge de las redes sociales, la necesidad de algunos creadores de contenido por conseguir visualizaciones ha ocasionado que esta conexión se lleve a un extremo preocupante. Diversos influencers aparecen en vídeos sometiendo a sus perros y gatos a rutinas de belleza y skincare (cuidado de la piel), diseñadas exclusivamente para humanos. Y es que lo que en sus feeds puede presentarse como un momento tierno o divertido, esconde una realidad mucho más perjudicial.
Imágenes de mascotas con rodajas de pepino en los ojos, batas de baño, turbantes o incluso mascarillas han desatado una oleada de indignación en redes sociales, y con justa razón. Miles de usuarios y defensores de los animales denuncian que se utilice a seres vivos como meros accesorios o juguetes de entretenimiento utilizados para ganar likes e interacciones, ignorando por completo de forma intrínsecamente egoísta el estrés que estas prácticas les pueden generar.
Desde la reforma del Código Civil de 2022, las mascotas son reconocidas legalmente como seres vivos dotados de sensibilidad.
Ansiedad, estrés y dificultades de adaptación
Desde el ámbito científico y veterinario, las advertencias son claras. Expertos en medicina veterinaria como la Asociación Mundial de Veterinarios de Pequeños Animales (WSAVA) y entidades como la Unidad de Bienestar Animal (UBA) señalan que exigir a los animales a participar en dinámicas y rutinas humanas les provoca ansiedad, estrés y dificultades de adaptación.
Ellos poseen sus propias formas de organización, comunicación y necesidades biológicas, por lo que forzarlos a permanecer inmóviles para estos rituales cosméticos no solo es innecesario, sino que suprime sus comportamientos naturales como el olfateo o el acicalamiento propio, y atenta directamente contra su naturaleza y bienestar emocional.
A nivel físico y conductual
La humanización extrema se posiciona paralelamente en cuanto al maltrato animal encubierto se refiere. De hecho, instituciones dedicadas a la protección animal -como la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales (RSPCA)- alertan sistemáticamente que tratar a un animal como un humano genera alteraciones graves, derivando en fobias y trastornos de comportamiento.
A nivel físico, el peligro está ampliamente documentado por la dermatología veterinaria. Por ejemplo, la piel de perros y gatos tiene un pH más alcalino (entre 6.2 y 7.4) que el de los humanos. Por eso, aplicarles mascarillas o lociones puede destruir su barrera cutánea protectora, exponiéndoles a dermatitis, infecciones y a un alto riesgo de intoxicación si llegan incluso a ingerir los químicos al lamerse.
Ellos poseen sus propias formas de organización, comunicación y necesidades biológicas.
Amar a nuestras mascotas significa respetarlas por la especie que son, no por lo que queremos que parezcan. Y en esta reflexión, también se cuestionan los concursos de belleza, los peinados extravagantes e incluso los cambios de color de su pelo si se les tiñe...
Proteger el bienestar de las mascotas implica brindarles una nutrición adecuada, unas necesidades higiénicas cubiertas, un hogar seguro en el que residir, una atención veterinaria adecuada y, por supuesto, muchísimo amor. Pero para eso, no es necesario imponerles estándares de belleza humanos para satisfacer el ego o el afán de protagonismo en internet, así como una cartera más llena a costa de la seguridad de los peludos. El verdadero cuidado de un animal no implica rodajas de pepino ni turbantes, implica empatía, límites sanos, educación y un respeto profundo por su libertad animal incondicional. Y esto no tiene discusión.