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Para Carlos Fernández de Casadevante, el Real Unión Club es mucho más que el equipo del que es aficionado. Autor del libro del centenario del conjunto txuribeltz, repasa en esta entrevista los 100 años de historia que cumple este sábado el Stadium Gal.
Creo que para poca gente el centenario del Stadium Gal es tan especial como para usted.
Supongo que para todo unionista, o así debe serlo. Es verdad que a partir de 1966 yo ya tenía capacidad para entender todo lo que ha ocurrido ahí, y para verlo. Es decir, el cincuentenario, las bodas de oro del club o las bodas de oro del campo. Todo lo que ha venido después lo he podido vivir también en primera persona, como muchos iruneses.
Es un lugar lleno de historia, de todo tipo además.
Así es. Me llama la atención que hasta que se construyó el campo estuviéramos jugando en otro municipio que no era el nuestro. No me había fijado nunca. Como no teníamos campo de fútbol jugábamos en Amute. Y además tampoco tenía mucho futuro, porque después se construyó la carretera y las casas. No hubiéramos podido seguir. Y Kostorbe también desapareció, con cosas como el Tren Txikito. Si no hubiera sido por Salvador Echeandía no tendríamos campo de fútbol en Irun. Y eso que era un equipo que había sido ya dos veces campeón de España.
No hay duda de que Salvador Echeandía es indiscutiblemente una de las figuras más relevantes de toda la historia de Irun.
Efectivamente. El centenario que vamos a celebrar el sábado es posible porque en su día él puso el dinero, compró los terrenos y se los entregó al Ayuntamiento de Irun. Además, pagó también la obra de todo el estadio. Fue un hecho histórico, literalmente, porque vino el Presidente del Gobierno y sus ministros. Vino a jugar el Fútbol Club Barcelona que había sido Campeón de España el año anterior, y contra nosotros. Tenía todos los ingredientes para ser una cosa excepcional, como así fue.
En ese primer partido hubo 15.000 espectadores en una ciudad de poco más de 10.000.
Casualidad miré en Google el otro día la cifra exacta de población de Irún en 1923, y ponía 14.000 habitantes. Pero es que en las crónicas de ese partido hay algunas que hablan de 17.000 espectadores. Otras de 15.000, otras de 10.000 y otras de 12.000. No solamente hubo gente de la comarca del Bidasoa, de Irun, Hondarribia y Hendaia, sino que también vinieron de Pamplona, de Zaragoza, e incluso de Madrid y de Barcelona.
A su juicio, ¿quién es la figura más emblemática que ha pasado por el césped de Gal?
Si te soy sincero, creo que es algo que no se puede decir. Depende de muchas circunstancias. Habría que acotar el espacio temporal, y hace años se jugaba de otra manera. Hay que recordar que nuestros jugadores eran amateurs y no cobraba ninguno. Además, no podría decir nada de los que no he visto jugar. Yo distinguiría a todos los que llevaron el testigo hasta el día de hoy.
Además de un campo de fútbol también fue durante el franquismo un campo de concentración. Es un lugar que ha ido más allá del fútbol.
Te diría que más que de concentración fue de retención. En el Stadium Gal se hacía la selección de los presos y luego se les mandaba a otras partes de España.
Y también albergó un velódromo.
Efectivamente. Además, con el velódromo nos encontramos con un caso parecido al de Salvador Echeandía, porque fue el Presidente del Real Unión de aquel momento, José Antonio Ponte Pikabea, el que adelantó el dinero para hacer las obras.
¿Siente que en Irun se le da poco valor al Stadium Gal como un lugar histórico?
Te diría que tanto al Stadium Gal como al Real Unión. Los que somos unionistas sí le damos valor, pero Irun es una población que se caracteriza por ir a caballo ganador. Entonces, si hemos llegado hasta aquí es por toda la gente que ha mantenido el testigo en los años difíciles, cuando todo eran penurias. Gracias a eso, hemos llegado a este punto en el que hemos estado viviendo momentos muy bonitos, como el ascenso a Segunda División en la época de Ricardo García, la eliminación al Real Madrid o jornadas de Copa que son memorables, porque somos un equipo copero. Y nunca hay que renunciar a mejorar todavía mucho más.
Me mencionaba situaciones límite. Usted tuvo que soportar una en su etapa como presidente.
Sí, porque a mí me tocó el proceso de derribo y construcción del nuevo campo. Fue un proceso muy largo, porque tardaron doce años, tres legislaturas. Hubo dos proyectos arquitectónicos, uno que se basaba en el estadio anterior y que se le encargó a un arquitecto, Salinas. Se hizo incluso una maqueta, pero se basaba en lo que ya había. Es decir, solo un terreno de juego con las gradas. Aquel proyecto se desechó, y se optó por este proyecto de Montañola y de Álvaro Pérez, que tenía la ventaja de que nos daba un campo de hierba artificial que antes no teníamos. Además, hubo que pelear con el Ayuntamiento porque empezaron a dudar. Ahí querían haber hecho un hipermercado. Nos querían haber llevado a la zona de Ibarla, donde la Caballería del Alarde tira los cañonazos. Es decir, a lugares donde era imposible crear un estadio, porque entre otras cosas no había ni accesos ni nada de nada. Al final imperó el sentido común y la cordura, y conseguimos que nuestro criterio se mantuviera.
¿En estos momentos, cómo ve la situación del club?
La veo con optimismo, porque hemos pasado años muy difíciles. El hecho de que la familia Emery sea el accionista mayoritario creo que nos da razones para el optimismo.
Es usted tan txuribeltz que pone a sus alumnos de la universidad el himno del Real Unión Club en clase.
¡Ya lo he hecho tres veces este curso! Lo pongo para animarme, porque cuando llegaba a clase los veía a todos hechos unos muermos y con las luces apagadas. Entonces, yo ponía el himno. Para despertarlos y para que se preguntaran a ver qué era en primer lugar, pero lo hago sobre todo por mí, para animarme y después ya empezar la clase.
¿Consigue que al acabar el curso le pregunten qué ha hecho el Real Unión Club el fin de semana?
¡Sí que me lo preguntan! El año pasado tenía un alumno que era del F.C Barcelona, y me dijo que por mi culpa ya era también del Real Unión.
Como persona que ha conocido desde dentro el deporte irundarra, ¿en qué situación cree que se encuentra?
No lo conozco tan bien, porque al fin y al cabo vivo fuera. Pero lo que estoy siguiendo, y lo que mejor sé, son todas las dudas y problemas que está teniendo el C.D. Bidasoa con las nuevas instalaciones que necesita. Espero que el Ayuntamiento dé los pasos necesarios y que se impliquen las otras instituciones, porque no sé qué es lo que ocurre en Irún, que siempre que hay que hacer algo cuesta una eternidad hacerlo. Si es en la capital, nunca hay problemas.
No parece algo nuevo con lo que me comentaba antes, con aquellos doce años para la reconstrucción del Stadium Gal.
Las instituciones tienen que tener las ideas claras. En aquella ocasión empezaron a dudar, por sacar rendimiento del Stadium Gal. Si el Stadium Gal está ahí, es porque Salvador Echeandía lo compró y se lo cedió al Ayuntamiento, pero para que lo usara el Real Unión. Posteriormente, también hubo más problemas. Acuérdate cuando querían hacer ahí abajo más de 500 viviendas, un frontón y una estación de autobuses. Aquello fue una locura. Menos mal que vino la crisis del ladrillo y se fue al garete todo eso. Si no, hubiera sido un auténtico desastre, porque se hubiera perdido el Real Unión del todo. Se hubiera perdido el campo de hierba artificial, se hubiera perdido capacidad y además se hubiera construido un Stadium Gal en una zona absolutamente imposible, rodeado de casas al lado de la avenida de Iparralde.
¿Qué espera esta temporada del club de su vida?
Estoy ilusionado. El entrenador que tenemos es un hombre combativo y peleón, como lo vimos la temporada pasada. Y a mí ese tipo de entrenadores me gustan. Son los que transmiten a los jugadores el espíritu combativo y la manera de jugar. Soy optimista. Otra cosa es que luego las cosas salgan. Pero para conseguirlas, primero hay que pelearlas.
En alguna ocasión le he escuchado hacer llamamientos a que la gente vaya al campo, y que meta más ruido.
Exactamente, y que el Stadium Gal deje de ser el lugar más silencioso de Irun después del cementerio de Blaia. Cuando era presidente echaba mucho de menos ese ruido, porque daba gusto para los rivales y los árbitros. Ahora por lo menos tenemos una grada joven que grita. El año en Segunda División sí que había todos los domingos un buen ambiente. Pero es que en Irun la mayoría es muy fría.