Gorka Rodríguez nació en Vitoria-Gasteiz en 1982, cuando para un niño que vivía lejos de Madrid la televisión parecía un universo prácticamente inaccesible. Aquel chaval escribía cartas a Ramón García, esperaba ilusionado sus fotografías dedicadas y jugaba a ser presentador. Más de tres décadas después, la vida le ha colocado junto a Ramontxu y Lalachus al frente de 'El Grand Prix', el concurso que marcó sus veranos y que ahora protagoniza como uno de los nuevos rostros de La 1.
Su llegada al programa supone la culminación de una carrera construida desde todos los lados posibles de la comunicación. Ha sido redactor, coordinador de invitados, reportero, locutor y presentador. Trabajó en '¡Qué tiempo tan feliz!', pasó por 'Gran Hermano', presentó 'El Cazador Stars' y actualmente dirige y conduce 'El Despertador', de RNE, entre las cuatro y las seis de la madrugada.
De niño escribía cartas a Ramón García y ahora comparte plató con él. Si pudiera encontrarse durante un minuto con aquel Gorka, ¿qué le diría?
Le diría que se puede conseguir y que, si se encarga de que así sea, lo va a lograr. Tú y yo somos de los años ochenta y, al menos para mí, todo estaba muy lejos. Viniendo de Vitoria, lo veía prácticamente imposible. Había que llegar primero a Bilbao para entrar en ETB y, desde allí, conseguir de milagro saltar a Madrid. El hecho de que Ramón García lo hubiera conseguido me hacía pensar: “Ojo, se puede hacer”. A aquel niño le diría que no solo va a lograrlo, sino que va a trabajar con la gente que ve en televisión. Que será uno más de ellos. Hay que pelear muchísimo, pero se puede.
¿Qué tienen los presentadores vascos para haber conquistado la televisión?
No lo sé. Tenemos a Emma García, Carlos Sobera, Jorge Fernández, Anne Igartiburu, Ramón García, Karlos Arguiñano… Quizá tenga que ver con que los vascos somos bastante llanos, familiares y leales. Pienso, por ejemplo, en Julian Iantzi. Cuando lo ves en televisión parece que te podrías ir de cañas con él. Creo que puede ser esa proximidad. No sé si la da el norte o si es una casualidad, pero tiraría por ahí.
Ha conocido a grandes figuras, desde María Teresa Campos hasta Ramontxu. ¿Qué tienen en común los presentadores que permanecen durante décadas?
La cercanía. No pueden ser personas altivas o que desconecten del equipo. Es verdad que el mundo del presentador puede ser muy solitario. Tienes tu camerino y debes dosificarte porque, cuando grabas tres concursos en un día, puedes quedarte sin voz. Pero quienes se mantienen y evolucionan son los que conservan el contacto con su equipo. Esa conexión termina atravesando la cámara y llegando al público. También debe haber humanidad y verdad. Juan y Medio lo explica muy bien: puedes estar hablando durante horas, pero basta un segundo de verdad para que todo el mundo conecte contigo. Los grandes presentadores tienen mucha verdad.
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Presenta un programa de madrugada en RNE y ahora uno de máxima audiencia. ¿En qué momento es más Gorka?
Una de las cosas más frustrantes de esta profesión es que, cuando pides una oportunidad, te digan: “No te veo haciendo esto”, “tú eres reportero, no puedes ser presentador” o “tú eres colaborador, no puedes tener una sección”. Creo que todos somos muchas cosas. En 'El Despertador', aunque sea un programa de humor, me toca dirigir y mostrar una faceta más seria. Después llego a 'El Grand Prix' y me convierto en el niño que también soy. La clave está en acudir a la parte de ti que requiere cada trabajo y mostrarla al cien por cien, sin complejos. Cuando me pongo serio soy muy yo, cuando lloro de risa también y cuando me enfado o estoy triste, igual. Soy bastante exagerado, eso sí.
¿Cómo se consigue vivir trabajando de cuatro a seis de la madrugada?
Al principio había tanta ilusión que no me daba cuenta de lo mal que lo estaba llevando. De repente, Radio Nacional te da dos horas y te permite escoger a unos colaboradores maravillosos. Yo estaba feliz, pero también más irritable y notaba que algo me sucedía. El problema era que no había encontrado la forma de dormir. Intentaba hacerlo por la mañana, pero mi cuerpo no me dejaba. Hasta que descubrí que tenía que acostarme a las siete de la tarde y levantarme a las dos de la madrugada pasaron varias semanas. Cuando conseguí coger ese ritmo, todo fue de maravilla. Además, hay algo que quienes no vivís de noche quizá no sabéis: la noche pasa muy rápido. Puede parecer que dura tres días, pero seis u ocho horas vuelan.
Si pudiera organizar una cena con cinco leyendas de la televisión, ¿a quiénes invitaría?
A Mayra Gómez Kemp, Joaquín Prat padre, Laura Valenzuela, Constantino Romero y Ramón García. Y, aunque pueda sorprender, creo que Ramón llevaría la voz cantante. Es muy salsero.
¿Qué consejo de Ramón García le ha marcado especialmente?
Me ha dicho muchas veces que disfrute. Después de la buena audiencia del primer programa, me llamó y volvió a repetírmelo: “Gorka, disfrútalo. En algunos momentos de mi carrera tengo la sensación de que yo no lo hice lo suficiente”. Hay que pensar que en los años noventa probablemente toda España había visto alguna vez a Ramón. Yo todavía estoy dándome a conocer y hay muy poca gente que me conoce en comparación con lo que él vivió. Su principal consejo es que sea consciente de que este momento no es normal, que muchos compañeros no llegarán a vivir algo así y que debo disfrutarlo.
Después de tantos años haciendo castings, ¿hay alguna oportunidad que ahora agradezca que no saliera adelante?
Me propusieron, a finales de 2019, ser reportero de Sálvame. Me lo pensé bastante, pero al final dije que no. Quienes os dedicáis a la crónica social tenéis mucho mérito, pero yo no era un experto. Podría haberme puesto las pilas, como hice en '¡Qué tiempo tan feliz!' para conocer a los cantantes y artistas de otras generaciones, pero el trabajo no terminaba de convencerme. Yo vivía en Barcelona y también tenía que cambiar mi vida de la noche a la mañana. Finalmente, el puesto se lo dieron a Juanjo Perona. Recuerdo que uno de sus primeros reportajes fue siguiendo a Julián Muñoz al entrar en un juzgado. Le dio una patada o le hizo una zancadilla y después en Sálvame emitieron una pieza sobre aquello. Pensé: “Qué bien que no estoy ahí”. No me habría gustado verme en esa situación. No lo digo en contra del programa, porque he consumido televisión de todos los géneros, pero hoy también me alegro de no haber aceptado.
Después de cumplir el sueño de presentar El Grand Prix, ¿cuál es el siguiente imposible?
No lo sé. Cuando empecé a presentar 'El Cazador Stars' pensé: “Yo quería presentar y ya lo estoy haciendo, ¿qué viene ahora?”. Se me acababan los sueños. Con 'El Grand Prix' me ocurre algo parecido. Mi gran sueño es dedicarme a esto toda la vida, con sus altos y sus bajos. Sé que habrá momentos de incertidumbre y épocas en las que el teléfono no suene, porque ya las he vivido. Todo esto me ha llegado con 44 años. Me gustaría convertirme en una cara familiar y que la gente piense: “Lo presenta Gorka, seguro que está bien”. Sería maravilloso, aunque todo sea muy relativo y existan muchos intangibles que no podemos controlar.
Completa la frase...
La llamada que nunca borraré del móvil es…, la que me dijo que iba a estar en El Grand Prix.
El niño que fui estaría orgulloso de mí porque…, estoy consiguiendo lo que soñaba sin fallar a mis principios.
Cuando se apagan las cámaras, lo primero que hago es…, ponerme la serie de Alaska y Mario.
El mejor consejo que me ha dado Ramón García es…, “disfrútalo”. Me recuerda que estoy viviendo algo que no es habitual.
Si el verano tuviera una banda sonora, sonaría a…, la sintonía de El Grand Prix. ¡Es un temazo!
Sin pretenderlo, tuvo algo que ver en el comienzo de la historia de María Teresa Campos y Bigote Arrocet. ¿Cómo ocurrió?
Yo era coordinador de invitados de '¡Qué tiempo tan feliz!' Íbamos a realizar una especie de reencuentro de participantes de Un, dos, tres… y, como no había sitio para todos, me pidieron que desconvocara a Fedra Lorente. Era algo que me daba pánico porque la gente cuenta con la exposición, con el dinero y con acudir al programa. Me parecía horrible llamar a alguien en el último momento para decirle que ya no venía. Pregunté quién ocuparía su lugar y me dijeron que Edmundo Arrocet. Hablé con su representante y después con él. Me pareció una persona muy educada y cariñosa. El problema fue que, en la documentación que preparé para María Teresa, puse al revés su lugar de nacimiento y el país en el que se había criado. María Teresa leyó el dato incorrecto en directo y yo pensé: “¡Dios mío, la que me va a caer!”. Después vino el coordinador y me dijo que me había equivocado, pero que no me preocupara porque María Teresa estaba muy contenta. Me pareció rarísimo que no me cayera una bronca. Más adelante fui viendo que ella estaba cada vez más ilusionada con Edmundo. Creo que ya se conocían y que probablemente había surgido alguna chispa antes de su visita al programa.
¿Qué aprendió de María Teresa Campos?
Si te soy sincero, no puedo decir que me influyera profesionalmente. La gente que trabajó mano a mano con ella recuerda a una mujer dura, exigente y muy implicada, pero la María Teresa de ¡Qué tiempo tan feliz! ya no era la de Día a día. Durante el tiempo que estuve allí apenas pasaba por la redacción ni tenía contacto con el equipo más allá de la dirección y de los directos. Quizá, por edad o por el momento personal en el que se encontraba, no le apetecía vivir el programa de esa manera. Me habría encantado conocer a la María Teresa que estaba pendiente de un equipo de doscientas personas, pero no fue la que yo viví. Tuve incluso más contacto con Terelu como colaboradora que con ella.