Actualizado hace 8 minutos
Encontró la luz Jasper Philipsen en Voiron. Un rayo de felicidad atravesó el corazón del belga, al fin asomado a la victoria tras acumular bilis, rabia y frustración en las llegadas rápidas concedidas en un Tour a toda mecha. Philipsen llegaba a la Grande Boucle con la divisa del mejor velocista, pero no encarriló ese estatus.
Contó derrotas ante Merlier, Kooij o Wærenskjold. Sin brújula, desconectado de su mejor versión, Philipsen se perdía en los esprints aunque le señalaran el camino.
No era capaz de dar con el hilo narrativo que le concediera la victoria. Se enredaba en ese laberinto que antes recorría a ciegas.
No lograba reconocerse en el espejo. Desajustado, lejos de su mejor versión, se le acumulaban los fracasos al belga. Eso le sentó en el diván. Preguntas sin respuestas.
De esa sensación de desconfianza, le rescató Mathieu van der Poel, que le encaminó a su primer festejo con la determinación, la paciencia y el mimo de un padre que lleva de la mano a su hijo y vigila sus primeros pasos.
Philipsen celebra la victoria.
Philipsen, de alguna manera, tenía que aprender a caminar tras gatear y poder coger velocidad para posarse sobre la victoria. Van der Poel se lo puso en hombros, para que observara que no debía temer a nada en su regreso.
El neerlandés boxeó la llegada con esos hombros que de punta a punta ocupan la carretera. Su espalda de boxeador era el refugio de Philipsen.
Se posó el belga en el armazón del neerlandés, a modo de los pajarillos que recorren la sabana encima de un rinoceronte.
Van der Poel, que es una estampida de animales salvajes en sí mismo, pisó con firmeza y abrió el paraíso para Philipsen, que solo tuvo que pedalear, al fin libre de su propio personaje.
Pedaleó con fiereza y sometió a Mauro Schmid y Olav Kooij, que observaron la entrada victorioso del belga con prismáticos. Venció el esprint escapado, huyendo de sí mismo y de los demonios que le secuestraron la velocidad en los duelos anteriores.
Philipsen, emocionado hasta el tuétano, reconoció de inmediato a su valedor. Sabía que Van der Poel le había salvado. Le abrazó con emoción. Después se tumbó en el suelo para jadear su victoria, para sentirla al fin.
Fue su 11ª victoria en el Tour, el descorche en la presente edición después de esprintar entre dudas, en la oscuridad, sin un mapa y sin una linterna. No se abandonó. Perseveró. Fue la suya la victoria de los vencidos.
Espíritu de lucha y fugas
La tercera semana del Tour se asemeja al ojo analítico y exigente de un experimentado director de casting de nariz respingona, mirada condescendiente y arqueo de ceja. La depuración es inmediata.
El análisis criba instantáneamente a quienes aún disponen de energía en los adentros para aventurarse a una fuga con decoro. Solo los más fuertes son capaces de abrirse paso en esa selva de exigencia.
En los rescoldos de la carrera francesa, la habilidad de oler la escapada apenas tiene peso. No se trata de estar atento, de leer la carrera, de interpretar los movimientos. Es algo más primitivo y atávico. Un camina o revienta. El ciclismo a dos tintas, en blanco y negro.
Agotadas las cotas, que fueron un desfiladero de disparos, de ráfagas de esperanza, intenciones y expectativas, de dorsales que iban y venían, de Del Toro desconectado del resto de los mejores, emulsionó una mezcla en una fuga de gran calibre.
Van der Poel, Simmons, Bernal, Castrillo, Rubio, Stuyven, Mohoric, Benoot… y así hasta 16 erran los hilos que tejían sus fuerzas contra un pelotón en el que el Decathlon de Seixas, que camino de Voiron era el de Kooij, su velocista, tiraba con fuerza hasta que se le acalambró la energía por un instante.
En la escapada los vatios eran muchos, una dinamo que todo lo iluminaba. Healy, Jorgenson y Leberre salieron disparados para conectar con ellos. Eran un archipiélago hasta que se fusionaron.
Por detrás, los equipos de los velocistas supervivientes, sin Merlier, retirado, en el tablero, y Philipsen y Girmay perdidos en la foresta de la fatiga, firmaron un pacto para torpedear la huida de los hombres libres. Cada palmo de asfalto era una pulso, una guerra abierta.
Ni un instante de tregua
Rodaba el gran grupo enfilado. Sostenidos los gaznates por el gancho de la velocidad. Ni un instante de tregua. El mañana no existía, tampoco el hasta luego. Para Adam Yates fue un adiós. Derribado por dentro. Sin fuerzas. El inglés se quedó en blanco. Vacío. Deshabitado. Derrengado. Errante.
Pedersen, verde que te quiero verde, era pura exuberancia, y pellizcó con rabia en una rampa que tiempo atrás apenas era nada, pero cuando el Tour está una brazada del cierre tenía el peso de un Tourmalet. El danés hizo temblar la tierra modo de un terremoto.
La sacudida del danés, torrencial, alteró la orden de caza. Desbarató la marcha del Decathlon, sobrepasado, y la fuga que fue dejó de serla para conformarse otra.
Algunos rastrearon el instinto de Pedersen para construir una nueva realidad. El danés, un ciclista enciclopédico, un tipo sin dudas, arengó al fuga dando ejemplo. Se liberó con ese estilo tan suyo. Corre sin miedo. A pecho descubierto.
Con él, Healy, Kwiatkowksi, Engelhardt, Stuyven y Planckaert. El caos y el desgobierno en bicicleta. Al sexteto le perseguía los sobrantes de la fuga anterior con Van der Poel y otros actores como Kooij. El esprinter neerlandés pretendía un mano a mano con Pedersen.
La locura gobernaba el trayecto, disgregados unos y otros. Philipsen, que también deseaba un debate de velocistas perseguía más atrás. Se ató a la resistencia y al sufrimiento para avanzar.
Kooij y Phlipsen compartieron frustración. La brecha de Pedersen era grande pero no insalvable. Lograron restañarla a tiempo para la danza de la velocidad.
A lo lejos, enroscado en la distensión, Pogacar, de amarillo, veía pasar el paisaje y otra jornada de su Tour sin más ambición que la de un paseante. La de Adam Yates, perdido en la derrota, era la supervivencia.
No hallaba consuelo el inglés, solo consigo mismo, abandonado a su suerte como un desclasado que deja de pertenecer a la nobleza y cae en olvido de los que antes eran amigos. Wellens le escoltó. Apareció a 26 minutos.
La vida es un cruce de intereses. Convergieron los deseos, los arrebatos y la pulsiones después del intento corajudo de Stuyven, aplacado entre el grupo de fugados.
Apretados y alentados los fugados hacia el esprint en Voiron, el lugar en el que velocista belga volvió sentirse rápido y estalló de alegría. Tras la avería, la redención. Van der Poel iluminó a su amigo. Philipsen encuentra la luz.