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Detesta la palabra pureza. Lo puro, lo inmaculado, lo incorrupto le generan un rechazo casi físico. Para Pedro Simón (Madrid, 1971), la ejemplaridad no está en los héroes ni en las grandes gestas, sino en la gente rota: en quienes, desde sus grietas, pueden enseñarnos otra forma de vivir. Por eso sus novelas no miran a reyes medievales o personajes heroicos. Le interesan las periferias y las vidas pequeñas: historias como la de Luisa y Andrés, dos viudos octogenarios que se rebelan contra el papel que las normas sociales les reservan. Dos punkis sin cresta ni chupas de cuero que se encuentran en Lo inesperado, su última novela.
'Lo inesperado' es la última novela de Pedro Simón.
Dice que Lo inesperado es una historia sobre lo que empieza tarde. ¿Cree que solo valoramos ciertas cosas cuando sentimos que el tiempo empieza a agotarse?
Creo que hay una pedagogía de la vida que vamos desentrañando a medida que cumplimos años. No envejecemos tanto por el hecho de que nos caigan años encima, sino cuando dejamos que nos aplaste el dolor. De tal modo, hay gente que parece muy vieja con 15 años y otros que con 80 parecen muy jóvenes. Hay modos muy luminosos de gestionar el trauma. Y la novela habla de eso: empieza con dos sacudidas. Una, un accidente de tráfico; la otra, una enfermedad. Me parece muy luminoso cómo gestionan estas situaciones los dos grandes protagonistas.
Para mí la novela es una reflexión sobre cómo habitar el dolor sin dejar que nos arrastre.
Y creo que también habla de cómo nos tiene que importar muy poco la mirada del otro. Aquí hay unos viudos a los que les presupone un rol irrevocable contra el que se rebelan. Me parece muy punki, muy valiente, muy rebelde. Lo que nos dicen este par de octogenarios llamados Luisa y Andrés es que lo viejo no siempre es caduco y que lo joven no siempre es moderno.
Claro, la novela sigue a dos viudos que atraviesan el duelo sin conocerse todavía. ¿Qué vio en esos personajes que le hizo pensar: “aquí hay una novela”?
Tengo un amigo que se llama Pedro y tiene 80 años. Un día, paseando por Carabanchel, donde vivo, pasamos por la puerta del Centro de Adultos, de donde un hombre y una mujer salían de la mano. Tenían 80 años. Le dije a Pedro: “Me flipa cómo gente de esta edad, que llevan toda la vida juntos, siguen yendo de la mano”; él me dijo: “calla, calla, que estos solo llevan dos años juntos”.
Vaya...
Ahí me quedé pensando en que me apetecía contar una historia en la que no se hablara tanto de matar el tiempo, sino de resucitarlo. Creo que hay que hablar más de eso. Yo quería hablar del paso del tiempo como algo que te puede llegar a abrazar; del paso del tiempo como una oportunidad; como un gol en el descuento. Y todos sabemos que los goles en el descuento traen mucha más alegría.
Esta es, entonces, la historia real en la que se inspiró.
En esa y en mi día a día. Mis padres son octogenarios y veo mucha ejemplaridad en esas edades. Creo que en la edad mediana, entre los 25 y los 60, nos pasamos la vida ambicionando y creo que hay que conjugar más un verbo, que es desambicionar.
¿Por qué?
Hay que quitarse piedras de la mochila. Cuando tú desambicionas eres mucho más libre, te la suda cómo te miren. Por eso, además, pienso que los abuelos se conectan tan bien con los nietos: ellos ya han desambicionado y los niños todavía no están en esa parte de la play, de ambicionar; son seres sin estropear. En el medio estamos nosotros.
En estas páginas hay soledad, pérdida, enfermedad, miedo a la vejez… Pero usted insiste en que es su novela más luminosa.
Lo inesperado nos dice que lo contrario de la muerte no es la vida, sino la pasión. Hay mucho muerto en vida, mucha gente que no tiene pasión por nada y respira dieciséis veces por minuto. Caminan, se acuestan y toman un café. Pero son muertos en vida.
La pasión como fuerza vital.
Cuando tú tienes una pasión, estás exorcizando a la muerte. Siempre. Puede ser leer, puede ser la escalada, la música o la escritura. Da igual, es el búnker en el que meterte. Pueden estar cayendo bombas, pero tienes un refugio. Y lo que te cuenta Lo inesperado es que, con 80 años, puedes tener una pasión que te salve la vida.
Pero tendemos a salvar la casa.
Es lo convencional, pero tenemos que salvar el fuego: las cosas que nos transforman. Por eso me parecen tan valientes y rebeldes Luisa y Andrés, porque deciden salvar el fuego a pesar de la mirada ajena.
Y vuelve a fijarse en personas corrientes, casi invisibles. ¿Los verdaderos héroes viven en Usera?
Creo que los verdaderos héroes viven en Barakaldo, Sestao o Usera. Todos podríamos ser protagonistas de una novela, y casi siempre tiene que ver con algo roto y restaurado. He visto mucha luz en un autobusero o en un periodista de una cadena de radio, en gente normal y corriente como nosotros.
Está claro que por ahora no le interesan las grandes gestas...
Creo que las historias que tienen que ver con una ejemplaridad o con un mensaje que a mí me llena tienen más que ver con esa gente que con un rey del siglo XV. Creo mucho en lo extraordinario que existe en lo ordinario, en esas novelas que te dicen: “compañero, no estás tan solo ni eres tan raro”.
¿Qué es lo que más le seduce de ese momento en el que la vida irrumpe sin avisar?
Si quieres hacer reír a dios cuéntale tus planes, que se va a echar una carcajada. Eso leí una vez. Y es verdad. Todos tenemos una hoja de ruta que se puede desbaratar en un segundo. Es bueno ser consciente de que cada segundo, cada cosa extraordinaria que nos pasa en el día a día, no es intocable. Lo inesperado, que te pone las vidas patas arriba, puede suceder en cualquier momento. Yo lo reivindico como algo bueno, como ese premio gordo que nos va a tocar mañana.