Gipuzkoa

Las bateleras vuelven a la bahía de Pasaia

Las bateleras ya no transportan viajeros, pero cada día de San Ignacio, Pasai Donibane recuerda a que aquellas mujeres trabajadoras y empresarias
Las bateleras desfilando el día de San Ignacio.
Las bateleras desfilando el día de San Ignacio. / Aitziber Muga

Actualizado hace 6 minutos

Las bateleras de Pasaia vuelven a ocupar cada verano el lugar que les corresponde en la memoria colectiva. El Día de San Ignacio, dentro de las fiestas de Pasai Donibane, la localidad rinde homenaje a aquellas mujeres que durante siglos hicieron de la bahía su lugar de trabajo, convirtiéndose en una imagen inseparable del puerto y en uno de los símbolos más singulares de la historia marítima vasca. 

Lo que hoy se recuerda con actos conmemorativos y regatas fue, durante generaciones, un oficio duro, imprescindible y reservado casi en exclusiva a mujeres cuya fuerza, destreza y carácter despertaron la admiración de viajeros, escritores y hasta de la Corona.

Mucho antes de que el transporte motorizado modificara para siempre la fisonomía del puerto, cruzar de una orilla a otra de la bahía de Pasaia dependía de ellas. Desde el siglo XVI y hasta bien entrado el XX, las bateleras transportaban diariamente pasajeros, mercancías y pequeños cargamentos entre los distintos núcleos de la bahía, gobernando sus embarcaciones con una habilidad extraordinaria en un entorno condicionado por las mareas, el tráfico marítimo y las inclemencias del tiempo.

Muchas eran empresarias

No eran únicamente remeras. Muchas eran propietarias de los botes con los que prestaban el servicio de pasaje, una circunstancia poco habitual para la época que les otorgaba independencia económica y una posición destacada dentro de la actividad portuaria. La bahía era su espacio de trabajo y también el escenario en el que construyeron una reputación que traspasó las fronteras de Gipuzkoa.

La historia de las bateleras está estrechamente ligada a la intensa actividad marítima de Pasaia. Durante los siglos XVI y XVII, cuando numerosos marineros partían hacia Terranova para la pesca del bacalao o la caza de la ballena, el pueblo quedaba durante largas temporadas prácticamente sin hombres. Fueron entonces las mujeres quienes asumieron buena parte de las tareas relacionadas con el puerto.

Las crónicas de la época describen a mujeres capaces de gobernar txalupas y embarcaciones con total solvencia, remolcar galeras, naos y galeones hasta el fondeadero e incluso manejar arcabuces para la defensa del puerto cuando la situación lo requería. Aquellas pasaitarras rompían por completo con el papel tradicional asignado a las mujeres en la Europa del siglo XVII y se convirtieron en auténticas protagonistas de la vida económica y social de la villa.

Famosas en la Corte

Su fama llegó también a oídos de la monarquía. En 1659, el rey Felipe IV visitó el puerto de Pasaia y pudo contemplar un espectáculo difícil de olvidar. En la bahía se concentraban importantes buques de guerra, entre ellos el galeón Roncesvalles y la Real Capitana, mientras más de doscientas embarcaciones acompañaban la gabarra real. Todas ellas estaban gobernadas por mujeres pasaitarras, cuya coordinación y dominio del remo impresionaron al monarca.

La exhibición dejó tal huella que, dos años más tarde, el duque de Medina de las Torres solicitó que doce bateleras viajaran hasta Madrid para ofrecer una demostración de su habilidad en el estanque del Buen Retiro con el fin de entretener a la reina. Aquel episodio contribuyó decisivamente a convertirlas en personajes conocidos mucho más allá del puerto guipuzcoano.

La popularidad alcanzada por aquellas mujeres llegó incluso a los escenarios. En 1842, el dramaturgo Manuel Bretón de los Herreros estrenó Las Bellas Bateleras de Pasaje, una obra que recorrió teatros de toda España y ayudó a consolidar la imagen romántica de estas trabajadoras del mar.

El autor describía con detalle su indumentaria: sombreros de paja adornados con cintas negras, rojas o azules rematadas con pequeñas anclas; pañuelos de seda al cuello; chaquetas, generalmente moradas, y sayas recogidas para facilitar el trabajo. Muchas veces remaban descalzas, una imagen que quedó grabada en el imaginario popular.

También grandes viajeros quedaron fascinados por ellas. Entre quienes inmortalizaron su recuerdo figura el escritor francés Víctor Hugo, que durante su viaje por Euskadi dejó constancia de la fortaleza, la energía y la extraordinaria habilidad de aquellas mujeres que parecían desafiar el esfuerzo físico con absoluta naturalidad.

Sin embargo, el progreso acabó transformando aquel modo de vida. La modernización de las embarcaciones y la aparición de nuevos sistemas de transporte hicieron que el servicio tradicional de pasaje fuera perdiendo sentido.

2026-08-02T11:36:38+02:00
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