Actualizado hace 7 minutos
El viento, el ulular de los navajazos de los abanicos sirvieron de acelerante para un día en el manicomio. Un pandemónium.
No había camisa de fuerza capaz de sujetar a esos locos maravillosos dispuestos a danzar como malditos en los tejados de Granada. Sin más futuro que el presente. El aquí y el ahora. Fabuloso el caos.
Regresó del olvido, del túnel oscuro del pasado y salió a la luz, al fin reflejado en el espejo de siempre, Mikel Landa y su media sonrisa.
Su pose favorita en una jornada inolvidable. Abrazado por la victoria tantos años después. Completó su misión. Necesitó una fuga de 126 kilómetros. El camino más largo.
Astillado por la caída del Giro hace un curso y laminado por el accidente de la Itzulia, maltrecho en la Vuelta, el escalador de Murgia recuperó su esencia. A todo eso se sobrepuso el alavés, que las dos próximas campañas regresara al Euskaltel-Euskadi.
La esperanza sobre los hombros. Desaparecido, camuflado en el anonimato, asomó como un truco de magia. Prestidigitador. Nadie le esperaba, pero Landa es una cuestión de fe. Un concepto. Landismo.
La impronta de gran escalador, la que celebró una victoria en Cortals d’Encamp once años atrás, se personó en el día más montañoso de la carrera. Un lienzo ideal para los escaladores. El del alavés fue un maravilloso retorno.
Pinto una obra maestra. El trazo de un genio que entró en trance. Alcanzó el Nirvana. Éxtasis. Lloró por el sufrimiento y por la alegría, incontenible el llanto. Se le nubló la llegada. Acuosa la vista.
La emoción le recorrió el espinazo, doblado tras su gesta. Una hazaña para su biografía ciclista. Su segundo laurel en la Vuelta, que suma a sus tres logros en el Giro.
Después de arrastrar tantas cruces, de portar la corona de espinas, la de laureles se posó sobre el murgiarra, reconciliado con el ciclismo, que parecía mostrarle la puerta de salida con tantas caídas.
Agarrado al instinto de supervivencia, Landa extrajo de las montañas un triunfo redentor. "Era mi última oportunidad. Estoy realmente feliz y emocionado. He buscado esta victoria durante muchos años", dijo el de Murgia con los ojos vidriosos por la emoción
Se abrazó a las alturas Landa en una excelsa actuación que le reconcilió con sus adentros en una jornada para los anales de la Vuelta. Levántate y anda, Lázaro. Landa, con ese aire de genio que gasta, desató la pasión, su poética de superviviente para vencer en la cima y ganarse a sí mismo.
El vasco es un genial frontman que mezcla descaro, saber estar y el carisma que barniza a los campeones del pueblo.
Héroe popular. El último baile de Landa. El renacido. Landa, corajudo, en su mejor versión, encontró su estilo. El perfil felino. Agarrado de abajo. Su estampa. Su silueta. De nuevo siendo el mismo, la emoción en cada pedalada, la pulsión de los mejores días.
El alavés se despegó de Johannessen, un escalador frío. Noruego. Landa, sangre caliente. El superviviente. Suya fue la victoria de los vencidos. Nada mejor.
En el Collado Alguacil, en una averno agónico, Landa gobernó y Enric Mas certificó la Vuelta a la espera de los fastos de La Alhambra de Granada.
Primoz Roglic, a 2:15, y Felix Gall, a 2:44, estarán con él en el podio. El austriaco rascó algo de tiempo al esloveno, pero no pudo sobrepasarle.
El alavés eligió el mejor día para restaurar su nombre y reavivar su memoria. Rehabilitó su estatus con una actuación sublime, que parecía remitir al glorioso pasado de Landa.
Espectacular actuación
Concretó Mikel Landa, sabio, lo imposible en un día loco. Brotó desde lo árido, a modo de una flor hermosa, para vencer con el talento propio de los elegidos.
Los escombros, el humo, la confusión y el aturdimiento irrumpieron en El Purche, 8,2 kilómetros al 8%, cuando Richard Carapaz, rostro guerrero, ánimo inquebrantable, cebó la espoleta. Sepp Kuss le acompañó con la antorcha para que todo saltara por los aires.
Cuerpo a tierra y sálvese quien pueda en una trinchera infinita de espasmos, a través de las montañas áspera e hirientes que le restaban a la Vuelta en Granada. Carapaz, valiente, bandera pirata la suya, corre al asalto. Al abordaje. El ecuatoriano provocó un quebranto.
El punto de fractura se cobró a Oscar Onley. El joven envejeció de repente. Arrugado el rostro. Hinchados los ojos, apalizado por la fatiga, por el encadenado de las montañas. La ofensiva de Carapaz aisló a los mejores.
Enric Mas, Primoz Roglic y Felix Gall se medían pulgada a pulgada en una subida rocosa, asfalto viejo, agrietado y con memoria.
Carapaz volvió a soltar otra después del fogonazo de Kuss. El podio de la Vuelta parcheó la grieta una vez concluido el repaso por El Purche.
Clavados los ciclistas por el martillo del sol en un puerto angustioso, sin escapatoria par la mirada, aplastada por un muro desértico. Montaña pelada. Lunática.
De otro planeta. Desoladora. Ni una brizna de sosiego visual y de foresta a la que agarrarse en una mole con una cantera.
En ese escenario Mikel Landa remontó desde la nada para llegar al todo. Al fin le crecieron las alas, ocultas en la impotencia.
Ciclista alado después de tantas lunas penando por un físico apaleado por las caídas, el alavés emergió en busca de la gloria.
Resucitado, el escalador de Murgia se unió a la fuga donde gobernaba el Uno-X con Dalby, Johannessen y Krron (también formaron Magnus Cort y Leknnesund), Van Aert, Oliveira, Miquel, Chamberlain y Fisher-Black. Debruyne se subió a ese pasaje. Todos ellos se encaminaron a la ascensión de El Duque, 7,4 kilómetros al 8,2% y rampas tremendas. Irreales.
Landa decide
Se reptaba en un hilo de brea. Estrecha la subida, angosta, sinuosa. Los árboles ofrecían alivio La carretera, tortura. Landa, sabio, experimentado, se sostuvo con la clase de siempre en un puerto lacerante. Hombre de las montañas. De las faldas de Gorbea. Acunado por las alturas.
El alavés, bamboleante, abierto el maillot, las gafas reposadas sobre el casco, movía los hombros junto a Johannessen y Debruyne. Era el anuncio del retorno.
En El Duque, la alta aristocracia, Mas, dominador, Roglic, Gall y Carapaz se vigilaban. Miradas de desconfianza y un par de revueltas de Carapaz. Se olvidaron de Kuss, que acumulaba minutos por delante. El líder controlaba la escena. Pasaba revista.
El descenso, revirado, anunció al trío de cabeza, convocados para el espectáculo definitivo, la última función, la más esperada, en el durísimo, Collado del Alguacil.
Se descapotó el alavés. Puerta grande o enfermería. Atacó desde la base. Deshojó a Debruyne y después taló la resistencia de Johannessen, consciente el alavés de que tenía que llegar solo.
Se colgó de su estilo, inimitable, y escaló por su pasado reciente. Avanzó pulgada a pulgada por todos los estados de ánimo.
Se vio ovillado, herido, roto en una acera de Tirana, después descabalgado en el descenso de San Miguel de Aralar. Fragmentos suyos por el suelo. Los encoló. Cicatrices para recordar. Motivos para sanar.
Despojado de cualquier peligro, enterrados a paladas los malos recuerdos, los focos abrazaron la luz de Landa, luminoso como el sol en las montañas granadinas, el califato del alavés. Landa reina en Granada.