Actualizado hace 10 minutos
Te prometes que hoy no vas a caer en la tentación. Cenas pronto, te sientas en el sofá y, de repente, aparece en ti la urgente necesidad de comer algo dulce. Chocolate, galletas, helado... da igual lo que sea, pero el cuerpo te lo pide y, cuanto más cansado estás, más difícil te resulta resistirte.
No se trata solo de falta de voluntad, tampoco de gula, sino que detrás de ese antojo hay una explicación biológica y emocional mucho más compleja de lo que parece.
Energía inmediata
Cuando estamos muy cansados, el cerebro busca conseguir energía de forma rápida y el azúcar es precisamente eso, un combustible inmediato. El organismo interpreta el agotamiento como una señal de alerta y activa los mecanismos destinados a recuperar fuerzas cuanto antes. Es por ello que, entre una manzana y un donut, es fácil deducir qué nos apetecerá más.
Los alimentos dulces activan neurotransmisores relacionados con el placer y la recompensa, como la dopamina y la serotonina, por lo que producen una sensación rápida de alivio, bienestar y calma, aunque en realidad esta dure poco.
Un hombre come una pieza de bollería mientras trabaja en casa por la noche.
Antojos
Si dormimos mal, llevamos muchas horas activos y apenas hemos comido, las reservas de energía bajan y el organismo entra en modo superviviencia. Es justo entonces cuando aparecen los antojos y buscamos un chute de energía en el dulce.
Los alimentos ricos en azúcar y en carbohidratos refinados elevan rápidamente la glucosa en sangre y proporcionan de inmediato la energía necesaria. El problema es que después de ingerirlos llega el bajón y, cuanto más pronunciados son los picos y las caídas de azúcar, más probabilidades hay de volver a sentir ansiedad por comer dulce poco después. Por eso no es difícil caer en el círculo vicioso de cansancio, necesidad de azúcar, alivio momentáneo y nueva sensación de fatiga al cabo de unas horas.
La alimentación también influye de forma que, saltarse comidas, abusar del café o hacer cenas demasiado ligeras, puede favorecer esa sensación de urgencia nocturna por alimentos dulces o ultraprocesados.
Estrés y hambre emocional
Hay otro factor importante que impulsa a consumir azúcar y es el estrés. Cuando vivimos con ansiedad, prisas o presión constante, el cuerpo libera de forma automática cortisol, una hormona que puede aumentar el apetito y hacer que deseemos alimentos muy energéticos.
Por eso, tras un mal día, es fácil que sintamos la necesidad de abrir la nevera incluso aunque no tengamos hambre. A esto se le conoce como hambre emocional, es decir, comer para sentir alivio, desconectar o buscar una pequeña recompensa mental. El problema es que el cerebro aprende rápido esa asociación, de forma que si cada vez que estamos agotados recurrimos al azúcar para sentirnos mejor, acabaremos reforzando ese hábito casi sin darnos cuenta.
¿Y por qué por la noche resulta mucho más difícil resistirse a la tentación? Esto se debe a la fatiga mental y a que después de todo el día tomando decisiones, gestionando problemas y conteniendo impulsos, el cerebro tiene menos capacidad para contenerse.
Consejos
Dormir bien es importante porque la falta de sueño altera las hormonas relacionadas con el hambre y aumenta el deseo de alimentos calóricos. También es recomendable no pasar demasiadas horas sin comer y optar por carbohidratos complejos como avena, legumbres, arroz integral o pan integral frente a productos ultraprocesados ricos en azúcar.
A esto, los expertos añaden la importancia de encontrar otras formas de desconectar. Porque muchas veces, detrás de ese antojo urgente de azúcar, no hay solo hambre, sino mucho cansancio acumulado. Una ducha caliente, salir a caminar, escuchar música o simplemente parar unos minutos pueden ayudar más de lo que parece.