La justicia medieval se dividía entre el fuero eclesiástico y el secular, encargándose este último de las penas de sangre. Mientras las faltas leves se saldaban con multas, mazmorras o el destierro, las afrentas públicas se castigaban con la humillación en cepos o rollos de justicia cubiertos de miel y plumas. Para los crímenes más graves, los métodos eran implacables: desde el ahorcamiento y la decapitación expuesta en picas, hasta la brutalidad de la rueda o el célebre descuartizamiento por caballos que sufrió el propio William Wallace, el héroe escocés reflejado en Braveheart.
Esta semana hemos analizado este oscuro entramado legal en nuestra sección habitual "La Historia detrás de la Historia", junto a Juan de Aragón. El divulgador e ilustrador al frente de El Fisgón Histórico ha desgranado los pormenores de los castigos medievales aportando su característico toque didáctico. El colaborador ha descubierto desde las dinámicas de encarcelamiento hasta el valor disuasorio que se buscaba con la exposición pública de los ajusticiados.