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Para la mayoría de los mortales, ir a la peluquería consiste en sentarse, pedir que corten “las puntas” y descubrir, media hora después, que las puntas medían aproximadamente quince centímetros. Para los famosos, en cambio, el cabello es una industria, una seña de identidad y, en determinados casos, un asunto que requiere cláusulas contractuales, peluqueros de confianza y más medidas de seguridad que una cumbre internacional.
Jon Kortajarena representa probablemente el caso más entrañable. El modelo y actor vasco ha explicado que la única persona autorizada para cortarle el pelo es su madre, Nuria Redruello, peluquera de profesión. No se trata únicamente de una preferencia familiar: la condición aparece recogida en algunos de sus contratos. Durante sus primeros años de carrera permitió que estilistas de distintos países se ocuparan de su cabeza, hasta llegar a la conclusión de que nadie entendía su cabello como ella.
Además, cada corte se convierte en un pequeño momento de intimidad entre madre e hijo. Mientras otros modelos viajan con representante, entrenador y asistente personal, Kortajarena necesita tener disponible a su madre antes de permitir que alguien acerque unas tijeras a su tupé.
La relación entre Tita Cervera y su melena también ha alimentado durante décadas toda clase de leyendas. Se llegó a decir que la baronesa Thyssen no permitía que nadie le tocara el pelo, que sufría una extraña fobia capilar y que vigilaba cada cabello desprendido por miedo a que terminara en manos de algún curandero, brujo o hechicero con malas intenciones.
Ella misma ha calificado semejante historia de “idiotez” y asegura que acude con absoluta normalidad a teñirse, cortarse y peinarse. Su verdadera manía resulta mucho menos esotérica: las pinzas de plástico con las que recoge su cabello de manera improvisada, incluso cuando luce vestidos y joyas valoradas en cantidades con más ceros que un presupuesto municipal. Tita puede estar rodeada de obras maestras, pero su mejor aliado continúa siendo un accesorio que cualquiera encuentra junto a la caja del súper.
La Baronesa Thyssen.
Luis Miguel, por su parte, no necesita contrato ni amuleto. Le basta con su propia mano. El cantante lleva décadas recolocándose el pelo constantemente durante entrevistas, conciertos y apariciones públicas. Es un movimiento tan reconocible como sus giros sobre el escenario, su bronceado permanente o esa sonrisa que parece haber firmado también un contrato de exclusividad.
Cada nuevo corte multiplica el gesto: acaricia el flequillo, comprueba el volumen, corrige un mechón invisible y vuelve a empezar. Nadie sabe si teme despeinarse o si sencillamente necesita confirmar cada treinta segundos que el sol de México continúa saliendo por el lugar adecuado.
Luis Miguel lleva décadas recolocándose el pelo constantemente durante entrevistas, conciertos y apariciones públicas.
Maluma llevó la preocupación capilar a otro nivel durante la grabación de Hawái. Según relató su barbero de confianza, el cantante necesitaba un rapado completo y un corazón partido dibujado en la nuca, pero apenas disponía de diez minutos antes de continuar con el rodaje. El resultado de aquella operación de peluquería a contrarreloj terminó convirtiéndose en una de las imágenes más imitadas de su carrera. Hay quien tarda más tiempo en decidir dónde hacerse la raya; Maluma consiguió crear una tendencia mundial antes de que terminara una pausa para el café.
Jennifer Aniston conoce bien lo que significa convertirse en prisionera del propio cabello. El corte de Rachel Green en Friends fue uno de los más copiados de los años noventa, aunque ella terminó detestándolo. La actriz confesó que era dificilísimo de mantener sin la ayuda de su estilista, Chris McMillan, y llegó a definirlo como uno de los peinados más feos que había visto.
Mientras millones de mujeres acudían a las peluquerías con una fotografía de Rachel, la verdadera Jennifer soñaba con librarse de aquellas capas que necesitaban secador, cepillos, rulos y prácticamente un máster en ingeniería capilar.
Tampoco faltan quienes consultan el cielo antes de pedir cita. Algunas celebridades y profesionales de la belleza siguen la creencia de que cortarse las puntas en luna creciente ayuda a que el cabello crezca más deprisa y con mayor fuerza, mientras la luna menguante permitiría conservar el estilo durante más tiempo.
La ciencia no ha conseguido demostrar que nuestro pelo consulte el calendario lunar antes de crecer, pero eso nunca ha detenido una buena superstición. Para determinados artistas, cerrar una etapa sentimental exige cambiar de pareja, de representante y, por supuesto, de color de pelo. Nada comunica mejor una renovación interior que aparecer en Instagram con un flequillo y la frase “nueva era”.
Los futbolistas tampoco escapan a estas liturgias. David Beckham ha llevado crestas, trenzas, rapados, melenas y decoloraciones, mientras Sergio Ramos ha modificado tantas veces su aspecto que cualquier repaso a su carrera parece también un catálogo de peluquería masculina.
En su caso, el cambio de peinado no solo acompaña una nueva temporada: a veces parece anunciarla.
Quizá no sea simple vanidad. Para muchos famosos, el cabello forma parte de su marca igual que la voz, el vestuario o la manera de posar. Un corte desafortunado puede protagonizar más titulares que una película, un disco o un gol. Por eso controlan cada mechón, protegen a sus peluqueros y convierten unas tijeras en herramientas de alta precisión.