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Hay personas que no forman parte de la televisión; forman parte de la familia. Karlos Arguiñano pertenece a esa extraña categoría de personajes que llevan tantos años acompañándonos que cuesta recordar cuándo empezaron. Y, precisamente por eso, escucharle hablar de jubilación produce una sensación difícil de explicar.
A sus 78 años, el cocinero vasco reconoce que el momento de decir adiós se acerca. No será mañana, ni parece que tenga prisa. “Mientras tenga salud, que cuenten conmigo”, asegura. Pero también es consciente de que el tiempo pasa. “Sé que más pronto que tarde voy a tener que ir dejándolo. Igual cuando cumpla 80..., aunque si estoy como ahora, igual voy a por los 81”, comentaba recientemente con el humor que nunca abandona.
El famoso chef vasco empieza a hablar de su jubilación sin dramatismos.
No es solo un chef. Arguiñano ha enseñado a cocinar a varias generaciones sin hacer sentir torpe a nadie. Ha conseguido que preparar una merluza, una tortilla o un guiso parezca sencillo, divertido y, sobre todo, posible. Entre receta y receta ha contado chistes, ha compartido recuerdos, ha defendido el producto de temporada y ha repetido hasta la saciedad aquello de “rico, rico y con fundamento”, una frase que ya forma parte del patrimonio sentimental.
Su hijo Joseba empieza a ocupar cada vez más espacio en Cocina Abierta, una transición que parece tan natural como inevitable. Pero el propio Karlos deja claro que todavía disfruta delante de las cámaras y que sólo abandonará cuando el cuerpo se lo pida.
Quizá por eso emociona escucharle hablar del futuro sin dramatismos. Hace tiempo confesó que, si algún día tuviera que dejar una herencia, preferiría legar “un buen lomo de bonito, un zancarrón de ternera y unos pollos asados” antes que cualquier otra cosa. Es una forma muy suya de entender la vida: compartir la mesa, alimentar a los demás y encontrar la felicidad en los pequeños gestos.
Porque el día que Arguiñano apague definitivamente los fogones de la televisión no solo se jubilará un cocinero. Se despedirá una de esas voces que, durante casi cuarenta años, nos han hecho sentir que cocinar era la excusa perfecta para reunir a la familia alrededor de la mesa.