Confiesa que no conocía la obra de Ramiro Pinilla, pero Igor Legarreta (Leioa, 1973) se enamoró de ella tras adentrarse en Las ciegas hormigas. De esa primera lectura surge Inurri Itsuak, la adaptación cinematográfica de la novela que, tras su paso por Zinemaldia, llega a los cines comerciales. “Me gusta decir que es un western costero, porque el paisaje, el territorio, los acantilados, el mar, la tormenta son los que cincelan a los protagonistas”, adelanta su director.
Inurri Itsuak basa su guion en Las ciegas hormigas, de Ramiro Pinilla. ¿Cómo llegó hasta esta novela y qué le cautivó tanto como para pensar que ahí también había una película que contar?
-Andoni de Carlos, el co-guionista de la película, fue quien me habló de la novela. Estábamos trabajando en otro proyecto y me puso como ejemplo a Sebas Jáuregui, protagonista de la novela, como un personaje de ideas fijas. Admití que no la había leído. No la conocía. A Ramiro Pinilla, de oídas. Pero me suscitó interés. Me compré el libro y me encantó. Es un novelón: muy intenso, muy trágico, pero a la vez muy emocionante y humano.
¿Cuáles fueron los aspectos de la novela con los que más conectó?
-Yo soy de Leioa y la novela está ambientada en Algorta, en los años 30. Ramiro Pinillo vivía en Bilbao, pero se fue a vivir precisamente a Algorta. Entonces, siendo yo de la zona, todavía me sorprendió más no conocer una historia que comienza con un naufragio en La Galea. Cuando empecé a investigar un poco, me di cuenta de que Ramiro Pinilla había sido un tipo bastante a la contra para su época, y eso le convirtió también en una especie de maldito. Se juntó mi admiración por este maldito con unos elementos como el caserío que me sonaban muy familiares. Me parece, además, que aborda temas muy universales con mucho potencial dramático.
La historia arranca con una familia pobre que se echa al mar para recuperar el carbón de un barco encallado. ¿Qué le interesaba especialmente de esa situación como punto de partida?
-Yo creo que también conecté con el espíritu existencialista de la novela, que se pregunta, en última instancia, qué nos mueve a continuar. Por qué, a pesar de los pesares, seguimos luchando. Normalmente no apuesto por un proyecto de manera cerebral. De alguna forma, conecto emocionalmente con las historias.
La novela plantea, en última instancia, una lucha por sobrevivir. ¿Es esa capacidad de resiliencia lo que define a Sebas?
-Ahora hablamos mucho de resiliencia, pero no deja de ser esa capacidad de supervivencia que nos caracteriza, por nuestro tesón y nuestra voluntad de no pararnos. De alguna forma, eso es lo que ilustra el personaje de Sebas: el paradigma de la voluntad humana.
¿En qué sentido?
-Es un personaje metavasco, el arquetipo de euskaldun que ha escondido sus emociones y sentimientos. No pararse a sufrir es su manera de seguir adelante. Necesita conectarse a la acción.
La historia se sitúa en 1930, pero en 2026 continúan produciéndose episodios de pobreza energética. ¿Ese paralelismo nos recuerda que el progreso histórico no siempre avanza en línea recta?
-Intuitivamente percibimos que la historia sigue vigente. La pobreza ha existido siempre y, lamentablemente, sigue con nosotros. Y no hablo del tercer mundo, sino de aquí mismo, donde hay gente que tiene miedo de encender la calefacción en invierno porque no puede asumir la factura. Mientras, las grandes energéticas tienen dividendos brutales y siguen sacando un rédito económico brutal de nuestra necesidad de estar calientes. Porque el frío es una forma de muerte muy dolorosa.
¿Siente rabia?
-Desde luego, no es algo de lo que deberíamos sentirnos orgullosos como sociedad. Luego, tenemos un conflicto muy importante con los combustibles fósiles, con cómo estamos gestionando el consumo de energía, hacia dónde queremos ir, los efectos que estamos causando en el planeta… Como dicen en la peli: “Lo peor del carbón es que lo mancha todo”. Pues seguimos enmierdados.
¿Cómo de fiel es la película a la novela? ¿Dónde termina la pluma de Pinilla y comienza la mirada de Igor Legarreta?
-Adaptar una novela es un ejercicio…, no sé si decir difícil. Desde luego, no es fácil.
¿Por qué?
-Partes con todo el material: los personajes, las tramas, el final, el título. Pero, para mí, en la adaptación hay un ejercicio muy sano que consiste en intentar despegarse del original. Hay que tomar un montón de decisiones, porque es imposible trasladar la novela entera a una película. Creo que sería un error, con lo cual hay que hacer un ejercicio de síntesis con dos objetivos. Para mí es un honor haber podido adaptar esta novela. Tiene una gran calidad literaria y siento cierta responsabilidad por no traicionar un material que, de por sí, tiene mucha calidad.
Ha hablado de dos objetivos a la hora de adaptar la novela. El primero es sintetizarla sin traicionar su espíritu. ¿Cuál es el segundo?
-Hay que intentar despegarse un poquito para encontrar ese camino. La literatura y el cine son mundos distintos, con herramientas narrativas distintas. Hay que hacer esa mudanza de parte de ese material, darle coherencia y entidad intentando no traicionar su espíritu. Yo siempre digo que si he logrado trasladar una pequeña parte del alma de esta novela, me quedo satisfecho.
¿Por qué ha decidido grabar la película íntegramente en euskera? ¿Hay en esta decisión cierta intencionalidad de reivindicar el audiovisual vasco?
-Hay una mezcla de distintos motivos. Uno de ellos tiene que ver con lo creativo. Es decir, la novela está escrita en un castellano maravilloso, pero quien la lea, o el Mar de Arrigunaga, escrita por María Bengoa, la viuda de Ramiro Pinilla, que habla sobre el proceso de gestación de Las ciegas hormigas va a ver con claridad que los Jáuregui son euskaldunes.
Entonces, ahí también hay un guiño a la realidad de la costa vasca en esa época. ¿Me equivoco?
-Estamos en los años 30, en un caserío de la costa vasca. El euskera es la lengua de los personajes. Antes hablábamos de dónde está la voz de la película respecto a la de la novela. Hacer que esos personajes adquieran fisicidad ya supone crear un personaje que solo existe en la imaginación del lector. Y te preguntas: “¿Cómo habla este personaje?”. Yo, como director, decido que lo va a hacer en euskera. Porque es euskaldun.
El mar, los acantilados y el paisaje costero tienen un peso enorme en el imaginario de la novela. ¿Cómo se convierte ese paisaje literario en un elemento cinematográfico?
-Dándole ese protagonismo. Estamos contando con imágenes y con sonidos una novela que da tanta importancia al lugar, a la tierra. Comienza con un naufragio: un barco enorme choca contra las rocas debido a un temporal. La tormenta que Ramiro Pinilla describe en su novela es descomunal. Hiperbólica. Es un obstáculo descomunal para una hazaña descomunal. La novela tiene este cariz de tragedia griega a la vasca donde los personajes tienen que luchar contra todo tipo de elementos si quieren conseguir lo que quieren.
¿Así define usted la película?
-Me gusta decir que es un western costero, porque el paisaje, el territorio, los acantilados, el mar, la tormenta son los que cincelan a los protagonistas. Si los Jáuregui hubiesen nacido en Burgos, no serían los Jáuregui.