Existió una época en la que cruzar un hayedo al caer la tarde entrañaba un peligro físico y espiritual certero al carecer de asfalto y tendido eléctrico. La noche imponía un silencio reverencial que interrumpía el viento al bajar silbando desde las peñas calizas, y que se colaba entre las rendijas de los baserris. Los dinteles de las puertas se protegían por el cardo seco del eguzkilore y las tapias de piedra acogían el resplandor titilante de las velas que residían dentro de calabazas y nabos vaciados. Hace no tantas generaciones, al apagarse la lumbre, el mundo se sumergía en una oscuridad densa y sin concesiones.
Pero, ¿existía algo a lo que nuestros antepasados pudieran llegar a temer? Mucho antes de que la industria del entretenimiento global impusiera calabazas de plástico, vampiros victorianos y brujas con sombrero cónico para celebrar lo que bautizaron como Halloween, en Euskal Herria los valles ya estaban custodiados por sus propios guardianes de la penumbra. Desde espíritus errantes y señores del viento hasta castigos para los más osados y pactos ancestrales entre el día y la sombra.
Una persona disfrazada de sorgina.
Gau Beltza
El fenómeno que hoy conocemos como Gau Beltza (Noche negra) o Arimen Gaua (Noche de las Ánimas) no es precisamente un invento o una adaptación vasca de esta fiesta anglosajona. Más bien al contrario, pues hunde sus raíces en la celebración del fin de las cosechas y la llegada del invierno (negu), emparentada con culturas celtas ancestrales y asimilada a partir de los siglos X y XI por la liturgia católica de Todos los Santos y Fieles Difuntos.
Etnógrafos de la talla de José Miguel Barandiaran, Resurrección María de Azkue, Josu Ozaita o Jaime Altuna dejaron constancia de cómo en localidades de Bizkaia, Gipuzkoa, Araba y Navarra -en una costumbre popular documentada a finales del siglo XIX y a lo largo de toda la primera mitad del siglo XX-, los jóvenes vaciaban remolachas, calabazas o nabos y les tallaban ojos y muecas para encender velas en su interior y colocarlas en recodos de caminos, cementerios o fuentes públicas con el fin de sobrecoger al caminante.
Por eso se salía a pedir por las casas con sábanas andrajosas, sacos viejos y caras tiznadas de hollín entonando distintas fórmulas. En noches como esta se asaban castañas y se dejaba un plato en la mesa o una vela en la ventana para guiar a los difuntos de la familia. No obstante, conviene trazar una frontera clara: pues Gau Beltza es -en esencia- un rito doméstico de memoria, ánimas y paso a otra estación. En cambio, la mitología vasca despliega un territorio fiero y temible que no esperaba precisamente al 31 de octubre para manifestarse.
Se salía a pedir por las casas con sábanas andrajosas, sacos viejos y caras tiznadas de hollín.
Ánimas, fantasmas y monstruos
En la tradición popular, el terror cotidiano rara vez requería de bestias colosales, pues el verdadero escalofrío surgía de lo ambiguo y lo cercano. Se cuenta que las almas errantes que no hallaban descanso purgaban sus penas rondando los límites parroquiales o las lindes de las heredades disputadas en vida, una creencia medieval muy ligada a la doctrina del Purgatorio consolidada en Europa a partir del siglo XII. Junto a ellas aparecían los mamuak (fantasmas y apariciones) y los kokoak (figuras enmascaradas o personajes grotescos) utilizados tanto en juegos rituales como para infundir disciplina en la infancia rural.
Entre las criaturas que gobernaban la noche, destaca Gaueko, quien manifestado como una ráfaga helada de viento o la silueta furtiva de un gran lobo negro -otso beltza- es el protagonista del relato recogido en Oiartzun sobre una joven que haciendo gala de su valentía ante los comensales de un baserri tras sonar el Ángelus, apostó a que era capaz de ir sola a la fuente del pueblo a llenar un cántaro en plena noche.
Nada más adentrarse en la negrura se escuchó: “Gaue Gauekoontzat eta eune eunezkoontzat” (“La noche para Gaueko y el día y para el de día”). La muchacha jamás regresó, pero horas más tarde cayó el cántaro vacío por la chimenea de la cocina acompañado de unas gotas de sangre.
'Gaueko' de 'Panteón visual de Euskal Herria' (Patxi Xabier Lezama).
Invisible, como una sombra densa o una silueta que penetra por las rendijas y cerraduras de las alcobas. Así se describe a Inguma, quien se posa sobre el pecho de los durmientes para oprimir su garganta e impedir respirar o pedir auxilio. Quienes buscaban ahuyentarlo al acostarse recitaban viejas fórmulas mágicas como: “Inguma, enauk hire bildur” (“Inguma, no te temo”). Recuerda inevitablemente a lo que la medicina moderna cataloga como una parálisis del sueño...
'Inguma' de 'Panteón visual de Euskal Herria' (Patxi Xabier Lezama).
Asimismo, Akerbeltz adopta la figura de un imponente macho cabrío, mientras que las sorginak (brujas) se mostraban como mujeres sabias de la comunidad que, lejos del cliché caricaturesco, de noche se despojaban de las ataduras morales cotidianas para acudir a las landas y cuevas con la intención de organizar akelarres.
La leyenda cuenta que en Zugarramurdi (donde hay un Museo de las Brujas) o en las faldas de los montes, Akerbeltz presidía reuniones nocturnas y, aunque la Inquisición demonizó su figura en el siglo XVII, el folclore arcaico lo define como el protector del ganado doméstico frente a epidemias y maleficios. De ahí la costumbre de criar a un macho cabrío negro en las cuadras.
Cornamenta del macho cabrío en el Museo de las Brujas.
Los escenarios del terror
Las leyendas de Euskal Herria no transcurren en reinos etéreos, sino en parajes que cualquiera de nosotros puede señalar con el dedo en persona. Las cavernas de Baltzola, las gargantas de Aralar o las simas de Otsondo no eran simples accidentes geográficos, sino las bocas por la que respiraba la tierra y por donde emergían las fuerzas de la naturaleza.
En la cúspide de este universo destaca Mari, la Dama del Anboto o de Murumendi, que aunque no pertenezca al catálogo de espectros menores, personifica la soberanía absoluta de la naturaleza al comandar tempestades, castigar la mentira, el robo y el orgullo, así como recordar a los mortales su pequeñez ante los elementos.
Vista de Udalatx y del Anboto.
Por lo tanto, el paisaje abrupto actuaba como escenario ideal para alimentar el terror. En ellos se escondían diversas criaturas como las lamiak, hermosas mujeres con pies de pato o cabra que peinaban sus cabellos en las orillas de los ríos, pozas y cuevas. Representaban la fascinación letal del agua, la seducción fatal y el cobro implacable de favores y deudas no saldadas.
Por su parte, Herensuge era una serpiente monstruosa o dragón de siete cabezas alimentado con rebaños que residía en las simas profundas y cumbres escarpadas. Ejemplificaba la furia destructiva de la tierra, catástrofes telúricas y la voracidad sin piedad sobre las aldeas.
'Herensuge' de 'Panteón visual de Euskal Herria' (Patxi Xabier Lezama).
Todos conocemos al clásico hombre lobo que sirve de estereotipo para las películas sobre antropomorfos, pero en nuestra cultura el Gizotso ya rondaba las espesuras boscosas de montaña. Esta criatura híbrida entre hombre y lobo de fuerza descomunal se relacionaba con la pérdida de la humanidad y el temor atávico a las fieras salvajes en las noches de invierno.
'Gizotso' de 'Panteón visual de Euskal Herria' (Patxi Xabier Lezama).
Del miedo ancestral al imaginario colectivo
Hoy en día, las bombillas halógenas, los faros de los coches y las pantallas de los móviles han disipado parte de la oscuridad física que atenazaba a nuestros antepasados. Sin embargo, esa fascinación por aquellas sombras no ha disminuido, sino que se ha transformado. El renacer de Gau Beltza demuestra una clara voluntad de celebrar el misterio y la memoria desde una raíz propia. A ello se suma la eclosión del cine fantástico vasco contemporáneo con directores como Paul Urkijo, que con sus producciones inspiradas en estas criaturas ha demostrado que nuestra mitología no tiene nada que envidiarle a las franquicias de Hollywood.
Cada 31 de octubre reanudamos una conversación antiquísima con nuestras propias sombras. Ejemplo de ello son algunas de las esculturas sobre dichos seres que el zallar Patxi Xabier Lezama retrata en Panteón visual de Euskal Herria, pues mucho antes de que se inventaran los zombis y vampiros de diseño, en nuestra tierra ya se sabía que cuando se pone el sol, conviene cerrar la puerta, respetar el silencio y recordar que la noche pertenece a quienes la habitan desde las sombras.