Actualizado hace 9 minutos
Seguro que te ha pasado alguna vez morder una fresa, un trozo de melón o una rebanada de pan con mantequilla y, de repente, notar un regusto extraño a cebolla, pescado o guiso. No es que el alimento esté en mal estado, sino que ha sido víctima de un error tan común como invisible en la gestión de la cocina: la contaminación cruzada por absorción de olores. Las cocinas y, muy especialmente, los frigoríficos, son ecosistemas cerrados donde conviven decenas de sustancias que viajan con libertad si no les ponemos freno.
El principal error no está en cocinar alimentos con aromas potentes, sino en subestimar la porosidad de la comida y la física del aire frío. Muchos de los alimentos que consideramos "inodoros" o neutros actúan como un auténtico imán para las partículas de olor suspendidas en el ambiente. Cuando guardamos algo sin el aislamiento adecuado, se produce una transferencia de compuestos que puede arruinarnos la comida fácilmente.
El frigorífico
El gran culpable de este problema suele ser la falta de recipientes herméticos dentro de la propia nevera. Guardar los restos de la cena en un plato tapado simplemente con un paño, o dejar una mitad de cebolla desprotegida en el cajón de las verduras, es una decisión desastrosa. El sistema de ventilación del frigorífico hace circular el aire continuamente para mantener la temperatura uniforme y estable y esta corriente de aire transporta las moléculas del olor por todo el interior de la nevera.
Una buena mantequilla es una opción saludable para añadir a nuestros desayunos.
Los alimentos con alto contenido graso, como la mantequilla, los quesos blandos, el chocolate, el huevo y la leche, son esponjas. La grasa tiene una afinidad química natural con los compuestos aromáticos de la cebolla, el ajo o el pescado. Si la mantequilla se queda en su papel original mal cerrado, el aire de la nevera impregnará su capa exterior en cuestión de horas, dándole ese sabor que luego arruinará tus desayunos.
La trampa de los materiales porosos
Este fenómeno no se limita al interior de la nevera y la despensa es otro punto crítico. El error aquí suele ser el tipo de envoltorio que elegimos para almacenar los productos secos. El cartón de las cajas de cereales, las bolsas de papel de la harina o el plástico fino de los paquetes de galletas son materiales extremadamente porosos y si almacenas el paquete de café molido, las cajas de té o las especias potentes como el curry y el comino al lado de las harinas, las galletas o el arroz, los primeros acabarán transfiriendo sus aromas a los segundos. El resultado será un arroz que sabe a café o unas galletas con toque de curry. Las especias y los productos con un aroma intenso deben estar siempre en botes de cristal con tapa de rosca o clips de silicona, completamente separados de los alimentos neutros.
Cómo solucionar y prevenir la contaminación
Para olvidar este problema por completo basta con aplicar unas reglas de orden y envasado en nuestra rutina. En primer lugar, es necesario dejar atrás la costumbre de dejar platos destapados o mal cubiertos con papel de aluminio y film transparente, ya que estos materiales no bloquean los olores a medio plazo. Lo correcto es utilizar siempre tápers de cristal o plástico de buena calidad con juntas de silicona que aseguren un cierre cien por cien hermético para los restos de comida.
Asimismo, se debe prestar especial atención al aislamiento de los alimentos vulnerables, manteniendo la mantequilla en una mantequera cerrada y los quesos en sus queseras o envueltos en papel de horno dentro de un recipiente. Por último, un buen aliado para mantener el ambiente limpio es colocar un recipiente con bicarbonato de sodio o un trozo de carbón activo en una esquina de la nevera, puesto que estos materiales tienen una porosidad tan alta que atrapan y neutralizan las moléculas del olor suspendidas en el aire antes de que consigan llegar a tu comida.