Tras la caída del Imperio Romano, el conocimiento de la antigüedad encontró su refugio en los monasterios. Durante siglos, los monjes copistas trasladaron a mano el saber desde los rollos de papiro al pergamino de piel de cabra, trabajando a la luz del día en los scriptoriums. Estas valiosas obras, decoradas con minuciosas iluminaciones y salpicadas por los divertidos garabatos satíricos de la marginalia, custodiaban textos sagrados y tratados científicos grecorromanos que se protegían encadenados a los pupitres debido a su astronómico valor económico.
Esta semana hemos analizado esta evolución cultural en "La Historia detrás de la Historia", nuestra sección habitual, junto a Juan de Aragón. El divulgador al frente de El Fisgón Histórico ha desgranado los detalles de este quinto capítulo aportando su característico toque didáctico, descubriendo desde el estricto funcionamiento de las bibliotecas monásticas hasta la revolución de la imprenta de Gutenberg, la cual democratizó definitivamente el saber en el siglo XV.