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Cuando aprobar la selectividad ya es todo un triunfo

La estudiante boliviana Leymilen Aguado y la bilbaina Lucía Holgado posan en un aula del Instituto Miguel de Unamuno, donde han cursado el Bachillerato nocturno.
La estudiante boliviana Leymilen Aguado y la bilbaina Lucía Holgado posan en un aula del Instituto Miguel de Unamuno, donde han cursado el Bachillerato nocturno.

Puede que sus expedientes académicos no sean los más brillantes de Bizkaia, pero Sweeney, Lucía, Ainhoa y Leymilen son unas alumnas de diez. El calificativo se lo han ganado a pulso aprobando la selectividad a pesar de cargar en sus mochilas con problemas personales, de salud, de adaptación o comportamiento, que han hecho más costosa, si cabe, su llegada a la meta. Tras cursar el bachillerato nocturno en el Instituto Miguel de Unamuno de Bilbao y lograr su objetivo, comparten su historia para demostrar que lo que de verdad importa no siempre es la nota.

Lucía Holgado, 20 años

"Estoy muy orgullosa por no haber tirado la toalla"

"Estoy superorgullosa de mí por no haber tirado la toalla". En boca de Lucía Holgado esta frase cobra un especial sentido porque ha habido veces en las que lo ha visto "todo negro", en las que ha pensado: "Aquí ya no se puede hacer nada más. Apaga y vámonos". Pese a las zancadillas que le ha ido poniendo su salud mental, esta bilbaina ha conseguido levantar cabeza personal y académicamente. Todo un triunfo. "Estoy muy contenta porque he llegado hasta un punto al que nunca pensé que iba a llegar", confiesa, recién aprobada la selectividad, ilusionada por poder cursar la carrera de Traducción e Interpretación en Gasteiz.

A Lucía siempre se le ha dado "bastante bien" estudiar, pero su enfermedad se interpuso en su camino a los 14 años y, llegado el bachillerato, le impidió avanzar. "En ese momento no me encontraba nada bien. Hice algún curso en diurno en Ibarrekolanda y tuve que dejarlo. No me podía permitir poner en riesgo mi salud mental. Yo nunca he querido dejar los estudios, aunque mi enfermedad me pone bastantes límites en ciertos momentos", confiesa.

Tras un año de libros cerrados y folios en blanco, lejos de darse por vencida, Lucía encontró en el nocturno la posibilidad de "compaginar" su bienestar emocional con su formación. "Aunque necesites parar durante un tiempo, luego puedes retomar los estudios. Hay temporadas peores, pero también va a haberlas mejores y vas a poder seguir", anima a quienes se encuentren en su misma situación.

Por más que lance un mensaje optimista, Lucía no le quita ni un ápice de hierro al asunto. "Con los problemas de salud mental se sufre muchísimo. Es una lucha contigo mismo y es cuestión de perseverancia. A pesar de que es muy duro, hay que luchar. No puedes dejar que la enfermedad te limite porque te vas a perder muchísimas cosas que merece la pena vivir. Condicionar, te va a condicionar, pero los límites también los pones un poco tú", invita a la reflexión. Pese a estar sumido en la oscuridad, dice con conocimiento de causa, "siempre ves esa lucecita pequeña al final del túnel y cuando te aferras a ella, si tienes apoyo, se puede salir".

Qué mejor prueba de ello que esta joven, vecina de Irala, que se presentó a la selectividad "superagobiada, atacada de los nervios" y con especial "respeto al examen de Historia porque entraba muchísimo temario". Finalizó las pruebas, más calmada, con la sensación de que iba a aprobar y, tras la confirmación oficial, no puede estar más satisfecha de su esfuerzo.

Sweeney Moscoso, 24 años

"Tenía esa espina, nunca es tarde para estudiar"

Sweeney retomó los estudios tras trabajar de camarera. Foto: Cedida

Tras superar la selectividad "con el estómago cerrado" por los nervios –"creo que algún kilo he bajado", se echa a reír–, Sweeney Moscoso tiene un buen "cacao mental". No sabe si estudiar Traducción e Interpretación, Inglés o Psicología. Lo que sí tiene muy claro es que quiere cursar una carrera. Un objetivo que ahora ya está al alcance de su mano, pese a que en su día esta joven dominicana, que vive desde los 8 años en Bilbao, tuvo que abandonar las aulas. "Por una situación personal complicada me vi forzada a marcharme de casa con 18 años y tuve que ponerme a trabajar. Tenía mucha ansiedad, no podía con todo y tuve que dejar el bachiller, aunque siempre lo quise retomar", se apresura a aclarar.

De hecho, volvió a coger apuntes en cuanto tuvo la oportunidad. "Estuve cinco años trabajando de camarera y el horario no me lo facilitaba. Quedarme en casa durante la pandemia me hizo darle muchas vueltas y decidí ahorrar un poco y retomar el bachiller. Tenía esa espina, nunca es tarde para estudiar", predica con el ejemplo.

Pese a que Sweeney nunca ha sido de "sacar malas notas", aprobar las cinco asignaturas que le quedaban pendientes le ha supuesto mucho esfuerzo. "Retomar el hábito después de tanto tiempo cuesta. Yo he dedicado muchas tardes a las bibliotecas, pero si eres aplicado, no tienes ningún problema", asegura. Sobre todo, añade, si cuentas con "la implicación" del personal del centro. "Si no llega a ser por el apoyo del profesorado, la orientadora y la dirección, lo habría dejado. Me venían ofertas de trabajo y en muchas ocasiones me lo pensé porque se me complicó la situación. Su apoyo ha hecho que lo terminase", agradece y reconoce que compaginar estudios y empleo no resulta fácil. "Muchas veces tienes que elegir porque no te da. Trabajando faltas a clase, tienes menos tiempo para hacer los trabajos...".

Consciente de las reticencias de quienes retoman el bachillerato a su edad, Sweeney les resta miedos. "En nocturno todos entramos con la misma sensación: Yo ahora con veintipico años en bachiller..., pero luego ves a gente con 30, 40 e incluso a señores de 60". Por eso, aconseja a quien le esté dando vueltas que no se quede con las ganas. "Muchas veces piensas que eres mayor para esto y es una tontería porque igual te encuentras con un compañero que tiene tres hijos, una hipoteca y un montón de cosas que hacer y se lo está sacando. Merece la pena terminarlo".

Logrado su objetivo, esta joven luchadora piensa ahora en trabajar como azafata de vuelo. "Hice un curso y, una vez que consiga el empleo, como me duran dos años las ponderaciones, me meteré en una carrera. Estudiaré en Madrid o Barcelona, que es donde suele haber bases", aventura, dispuesta a despegar en todos los sentidos.

Leymilen Aguado, 18 años

"Me costó bastante adaptarme"

"No dormía, me empezaron a salir ronchas en el cuerpo, no podía con los nervios". Leymilen Aguado recuerda los días previos a la selectividad con una amplia sonrisa ahora que ya tiene el título entre sus manos. "Tenía miedo a quedarme en blanco en los exámenes de teoría", reconoce esta joven boliviana, que aterrizó en Bilbao a los 13 años con todas las dificultades que supone entrar en un colegio en plena adolescencia y no conocer a nadie. "Me costó bastante adaptarme a los estudios y socializar con mis compañeros, sobre todo, durante la ESO", reconoce. En bachillerato Leymilen ya tenía amigos, pero entonces se le atascaron un par de asignaturas. "Por problemas personales y otros no pude terminarlo en Salesianos y me apunté al nocturno en Unamuno, donde los profesores son más comprensivos porque hay personas a las que les cuesta más coger el tema o concentrarse o tienen problemas familiares. Había compañeros que trabajaban por la tarde y les daban el temario. Allí también conocí a gente vasca de mi edad y dije: Bueno, no soy la única".

Exenta de estudiar euskera, Leymilen trabajaba por las mañanas limpiando y asistía al instituto por las tardes. "Me matriculé en las dos materias pendientes y acudía como oyente a Física, Lengua y Dibujo para que no se me olvidaran. Hasta me quedaba tiempo libre para hacer los deberes", explica esta alumna, que en verano también cuida a niños "para ser más autónoma e independiente y no tener que estar pidiendo dinero a mis padres, porque en casa obligación de trabajar no tengo", señala.

Con piedrecitas en el camino o sin ellas, lo cierto es que Leymilen no renuncia a su sueño. "De pequeña me fascinaban los edificios enormes que veía en mi país y siempre pensaba cómo se harían. Quería ser arquitecta, pero, con el paso de los años, he decidido hacer Ingeniería civil. Quiero continuar estudiando y seguir para adelante hasta donde pueda", desea. Lo que viene a ser construirse, ladrillo a ladrillo, su propio futuro.

Ainhoa Zilloniz, 21 años

"Me ha costado demostrar que puedo"

"Era ahora o nunca". Sin "agobios" porque de momento no tiene pensado hacer ninguna carrera, pero decidida, Ainhoa Zilloniz se presentó a la selectividad y ya ha recogido sus frutos. "De euskera tengo bastante nivel, inglés fue un texto superfácil de tatuajes, que es un tema que me gusta, en Historia del arte se me encendieron las bombillas...". En resumen, que ya tiene el aprobado. "En septiembre me voy a Malta a vivir una temporada para mejorar el inglés y luego haré el curso de azafata. Las aerolíneas han empezado a pedir el bachiller y me he visto entre la espada y la pared. Hoy en día hasta Mercadona te lo pide", apunta.

A Ainhoa, con la media del "bachi", le bastaba con sacar un 3,5 en selectividad, pero en su caso la nota es lo de menos. Lo importante es que, tras abandonar su trayectoria académica una temporada por problemas de comportamiento, esta veinteañera guatemalteca afincada en Bilbao ha retomado el rumbo. Del instituto Behekoa, de Txurdinaga, salió con cinco asignaturas por recuperar y recaló en Unamuno. "Me tocaron unos horarios bastante malos. Igual tenía una asignatura a primera hora y otra a última y dejé de ir. Ese año no quería estudiar ni hacer nada y mi madre me envió a Francia, a casa de una amiga suya, como un ultimátum: O espabilas ahí o ya no sé qué hacer contigo". Y funcionó. "Me pilló allí la cuarentena. Podía haber asistido a las clases on line, pero yo personalmente tenía que hacer un trabajo interno. Eso es más importante que los estudios, que siempre hay tiempo para retomarlos", considera.

Durante sus siete meses de exilio, además de aprender francés, Ainhoa dio un vuelco a su forma de ver la vida. "Mi madre quería quitarme de la calle porque me estaba perdiendo. En el confinamiento empecé a pensar en cosas sobre las que nunca había reflexionado y vine supercambiada. Dije: Voy a retomar el bachi en serio", relata. Lo hizo, pero por asignaturas, sin prisa, pero sin pausa. "Solapando todo y agobiándome no funciono", reconoce esta joven, que compagina trabajo y estudios.

A pesar de que su madre, al principio, se mostró reticente a que Ainhoa dilatara todavía más la consecución del título, a la vista de los resultados, se fue "tranquilizando". "Ahora ya me ve más centrada. Me ha costado demostrar que puedo, que no me da el impulso de no hacer nada, de tirar la toalla". 

"Nunca he querido dejar los estudios, aunque mi enfermedad me pone bastantes límites en ciertos momentos"

"Con los problemas de salud mental se sufre mucho, pero hay que luchar, hay muchas cosas que merece la pena vivir"

Lucía Holgado

Estudiante bilbaina

"Por problemas personales no pude terminar el bachiller y fui al nocturno, donde son más comprensivos"

"Quiero hacer Ingeniería civil, me gustaría continuar estudiando y seguir para adelante hasta donde pueda"

Leymilen Aguado

Estudiante boliviana

"Por una situación personal complicada tuve que marcharme de casa a los 18 años y ponerme a trabajar"

"Piensas que eres mayor ya para hacer el bachiller e igual te encuentras a un compañero que tiene tres hijos y una hipoteca"

Sweeney Moscoso

Estudiante dominicana

"No quería estudiar ni hacer nada y mi madre me envió a Francia. Vine supercambiada y dije: Voy a retomar el bachi"

"Yo personalmente tenía que hacer un trabajo interno y eso ?es más importante ?que los estudios"

Ainhoa Zilloniz

Estudiante guatemalteca

2022-06-20T06:09:02+02:00
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