Bizkaia

“Comer con ansiedad es una ventana de oportunidad para acercarte a tu hijo"

Itziar Alonso-Arbiol, catedrática de la Facultad de Psicología de la EHU y directora del grupo de investigación Lotuneak: Human Bonds for Change. / Cedida

En el marco de la Zientzia Astea 2026, el Bizkaia Aretoa de Bilbao acoge este sábado la conferencia ‘Comer en la adolescencia: ¿hambre o emociones?. La doctora Itziar Alonso-Arbiol, catedrática de la Facultad de Psicología de la EHU y presidenta la Sociedad Española para el Avance de la Evaluación Psicológica (SEAEP), analiza los hallazgos de un amplio estudio sobre el comportamiento alimentario en jóvenes. En esta entrevista, la investigadora desgrana el impacto del control psicológico familiar y las exigencias emocionales en la ingesta compulsiva. Asimismo, esta especialista ofrece pautas clave para que el entorno cercano identifique las señales de alerta y brinde un acompañamiento afectivo sin juzgar.

Su grupo de investigación en la Facultad de Psicología lidera la línea sobre "Ingesta emocional en la adolescencia". De forma concreta, ¿en qué consiste este estudio y cuáles son las principales conclusiones que han obtenido sobre cómo influye el entorno familiar en esa necesidad de los jóvenes de recurrir a la comida para regular sus emociones?

La investigación ha examinado los factores psicológicos y familiares asociados a la ingesta emocional y otras conductas alimentarias, así como su evolución a lo largo de un año en más de 1300 adolescentes de la CAV entre 13 y 17 años. Con respecto al entorno familiar los resultados apuntan a un efecto a través de un mecanismo en cadena. El control psicológico que basa la crianza en la culpa, en la manipulación sutil o en la invalidación emocional tiene mucho que ver en ello. Cuando un adolescente percibe en casa un alto control psicológico, se disminuye la percepción que tiene de su progenitor como alguien que le proporciona seguridad cuando lo necesite. Y ante esa ausencia de alguien que le de esa seguridad, se incrementa la desregulación emocional, y se utiliza el recurso de la comida como sustitutivo del afecto. Con ello, la comida pudiera llegar a convertir en un recurso habitual y retroalimentar el circuito biológico de recompensa en nuestro cerebro.

¿Qué pesa más hoy cuando un joven asalta la nevera al volver del instituto: hambre o emociones?

No se puede responder de manera inequívoca a la pregunta porque es cierto que, si no ha habido una ingesta adecuada de alimentos en algún descanso entre clases, pasan muchas horas hasta la hora de la comida. Pero a veces en este contexto se pueden producir situaciones que provoquen un estrés elevado o una emoción displacentera que hagan que esa persona joven utilice la comida como un regulador de su ánimo para sentirse mejor.

¿Dónde está la frontera exacta entre un comportamiento normal y una señal de alerta?

En lo que se refiere a la alimentación, lo deseable sería que únicamente comiésemos en repuesta al hambre e ingiriendo alimentos que proporcionasen los nutrientes que necesitamos. Lamentablemente están muy extendidos los comportamientos desordenados, es decir, comer alimentos de valor nutricional cuestionable y en cualquier momento y de cualquier manera. En este contexto nos resulta más difícil cuestionar y vigilar que nuestra relación con la comida, o la de los jóvenes en nuestra familia, no nos lleve a otro tipo de problemas.

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¿Por qué la comida se ha convertido en su mecanismo de defensa más accesible?

Precisamente por la normalización de patrones de ingesta menos saludable en todas las edades. Es más fácil que un progenitor vea el peligro que puede acarrearle recurrir al alcohol u otras sustancias, porque no son parte del patrón diario necesario para vivir, como lo es la comida; rápidamente vería la necesidad de actuar. Y también porque este uso no asociado a acallar el hambre no está socialmente sancionado. Muy al contrario, en contextos donde el ritmo de la actividad es vertiginoso, se considera normal ingerir cualquier alimento, independientemente de su valor nutritivo.

¿Cómo influye el tipo de apego creado en la infancia en la forma de comer a los 15 años?

No es una asociación completamente determinante pero sí que influye. Aunque no es algo que hemos examinado en nuestro estudio, otras investigaciones previas realizadas a lo largo de varios años ya habían observado que un vínculo de mayor inseguridad en el apego hacia los progenitores en la infancia se asociaba a las conductas alimentarias disfuncionales en la adolescencia.

¿Un adolescente que sea autoexigente o duro consigo mismo es más propenso a volcarse en la comida?

Sí. De hecho, nuestros resultados muestran su efecto con relación los diversos perfiles de relación con la comida. El perfil más frecuente es el saludable, pero también aparecen dos perfiles menos saludables de relación con la comida. Primero, un perfil que combina una alta tendencia a comer como respuesta a situaciones que nos han provocado una intensa emoción displacentera con la tendencia a comer en base al aspecto atractivo de los alimentos. Un segundo perfil es el de adolescentes con un perfil restrictivo puro, es decir, que presenten unos comportamientos marcados de no ingerir alimentos de manera voluntaria. Para ambos casos menos saludables, su distinción con el perfil más saludable se relaciona con ser menos autoexigente o más autocompasivo consigo mismo.

¿Qué discursos u obsesiones con la comida en los hogares vascos actúan como un desencadenante sin querer?

Cuando pensamos en obsesiones con la comida en el hogar, podemos pasar por alto también el valor de otros comportamientos más cotidianos y que nos pueden pasar desapercibido. Por ejemplo, usar de manera repetida la comida como un premio afectivo, que suele coincidir con alimentos hipercalóricos y de buena apariencia y sabor, o la hipervigilancia intrusiva sobre la imagen corporal o el peso, genera un marco donde la mesa es fuente de educación emocional o de presión psicológica que no proporciona el necesario espacio de seguridad.

En nuestra cultura, donde todo se celebra comiendo, ¿es más difícil disociar las emociones de la mesa?

Como investigadoras, no disponemos de datos comparativos con otros contextos, por lo que resultaría arriesgado dar una explicación estrictamente cultural. Precisamente para responder a esta pregunta, acabamos de iniciar un nuevo estudio internacional que se realizará simultáneamente con jóvenes de varios países. Este enfoque transcultural será el que, en el futuro, nos dé las claves empíricas necesarias para entender si nuestra forma de relacionarnos con la mesa influye en la gestión de las emociones.

“ Usar la comida como premio en casa acaba educando mal a las emociones ”

¿Existen diferencias de género en los datos que manejan? ¿Comen por ansiedad de forma distinta ellos y ellas?

A nivel biológico y de mecanismo psicológico, no existen diferencias; en un estudio previo de meta-análisis en nuestro grupo observamos que la desregulación emocional disparaba la ingesta en la misma medida en ellos que en ellas. Sin embargo, a efectos de frecuencia y prevalencia en este estudio con adolescentes vascos, en la misma línea que han observado en otras investigaciones fuera de nuestro contexto, sí observamos diferencias claras: ellas usan más habitualmente la comida ante la ansiedad frente a otras posibles estrategias, entre las que pueden incluirse uso de alcohol y sustancias. Encarnan vías distintas que posiblemente respondan a la socialización: la comida es menos disruptiva y contenida, lo que la pudiera convertir en una estrategia más propicia para que la elijan ella

Si un padre de Bizkaia ve a su hijo comer con ansiedad, ¿cuál debe ser su primer paso sin generar culpa?

Comer con ansiedad es precisamente una respuesta ante una situación que nos debe interesar más. El problema no es que en ese momento esté comiendo con ansiedad: este es un indicio de dificultades para manejar situaciones complicadas. Cuando hay un malestar que no se expresa manifestando enfado o rompiendo cosas, al padre le costaría más verlo. Por eso es una ventana de oportunidad que ayudaría a buscar un momento propicio para mostrarse cercano a su hijo.

Un único consejo para las familias antes de que los hijos entren en la adolescencia.

Es importante fomentar el desarrollo de sus capacidades de gestionar sus emociones, permitiendo que poco a poco vayan aprendiendo a hacerlo y ganando autonomía en ello. Ello no significa que los padres y madres deban alejarse; todo lo contrario. Los y las preadolescentes tienen que sentir todavía que cada vez que surja una dificultad que les sobrepasa, pueden recurrir a sus padres y madres. Se puede resumir como estar de guardia emocionalmente pero no actuando constantemente como directores de orquesta de su vida emocional.

07/11/2026