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Bryan Zaragoza no es un tipo que se prodigue relacionado con el gol. Pese a jugar en zonas ofensivas, en sus 178 partidos como profesional ha anotado 23 goles. Su penúltima diana en liga se remonta al 18 de enero de 2026; la antepenúltima mucho más allá, hasta el 28 de septiembre de 2024. Es decir, andaba seco el extremo del Espanyol.
Por otro lado, hay regresos que no se parecen en nada a una vuelta a casa. Bryan Zaragoza regresó a su Málaga natal con la camiseta del Espanyol. Y allí, en territorio de origen, marcó ese gol que llevaba tanto tiempo persiguiendo. Celebró como quien se quita una losa de encima. Puro éxtasis. Sin embargo, en la Rosaleda, donde nunca ejerció como local, no hubo homenajes. La grada estalló en silbidos, reproches y un cántico que transformó un partido de fútbol en algo desagradable. “Bryan, muérete”, se pudo escuchar. El futbolista que había nacido en aquella ciudad y que acababa de encontrar alivio en el gol terminó explicando que allí nunca le habían querido.
El fútbol alberga este tipo de ironías. En ocasiones, el escenario que se antoja como escrito para el reconocimiento de un hijo pródigo, se vuelve el lugar más incómodo del mundo. Bryan, que ha dado vueltas por el Granada, Osasuna, Celta, Bayern Múnich, Roma y ahora Espanyol, llevaba casi nueve meses sin marca en liga y lo hizo precisamente en Málaga, ante vecinos que interpretaron su festejo como algo desmedido, como una provocación. El extremo recibió el balón en el costado izquierdo, encargó a Puga y Calero, los dejó a atrás y batió a Alfonso Herrero con un disparo raso ajustado al primer poste. Fue un gol de talento, de los que justifican que un futbolista busque una y otra vez el uno contra uno. 0-1: el Espanyol se ponía por delante. Después llegó el gesto que enervó a la afición malagueña: se llevó la mano a la oreja y se dirigió hacia la grada.
La escena elevó la temperatura. La celebración, que para el jugador era una descarga de alivio, se convirtió para parte del público en un desafío. Cada intervención posterior de Bryan fue recibida con una sonora pitada. El partido se cargó de tensión y el extremo acabó sustituido en el minuto 73, entre los abucheos. El Espanyol, que había encontrado en su gol el camino hacia la victoria, terminó empatando 1-1 después de que el Málaga igualara en el descuento.
El inicio de la confrontación
Para entender por qué aquel gol tuvo una carga especial, hay que retroceder hasta el principio de la historia, cuando Bryan todavía era un chico que buscaba hacerse un hueco en el fútbol. Nacido en Málaga el 9 de septiembre de 2001, pasó por los clubes de formación Tiro Pichón y Conejito antes de probar suerte en La Academia del Málaga. No consiguió entrar. Tampoco convenció al Betis ni al Valladolid, con los que también realizó pruebas. El Granada fue quien apostó por aquel extremo de cuerpo menudo pero eléctrico, con facilidad especial para desequilibrar. El camino hacia la élite no se abrió en casa, sino lejos de ella.
Años más tarde, en 2023, cuando aún jugaba para el conjunto nazarí, llegó a debutar con la selección española absoluta, camiseta que ha vestido en tres ocasiones, la última en noviembre de 2024. Aquel momento de forma le abrió las puertas del Bayern Múnich. Pero lo que era un lanzamiento de su carrera fue a la vez el inicio de un descenso. Solo disputó siete encuentros antes de buscar una salida a la Roma, donde tampoco cuajó, con solo participó en seis partidos. En una entrevista al diario AS dijo no sentirse arrepentido de emprender la aventura en el Bayern, que dio un giro a su carrera. “Fue un aprendizaje brutal, el mayor que he tenido”, confesó. A lo que añadió: “Me solucionó la vida, a mí y a mi familia”. En el Espanyol, fichado el pasado verano, trata ahora de relanzar su carrera.
Aquella puerta cerrada en el club de sus orígenes frustró su relación con el Málaga. El reflejo se vio después del encuentro, cuando mostró una mezcla de incredulidad y apeló a la defensa propia. “No hay ningún mensaje a la grada. Yo al Málaga le tengo cariño y respeto, pero nunca he jugado aquí y llevo un tiempo que no me encuentro con el gol y si meto un gol, lo voy a celebrar. La gente me tiene que entender”, explicó en declaraciones para DAZN. No negaba el gesto, pero rechazaba que escondiera un ajuste de cuentas.
Bryan Zaragoza celebra su gol poniéndose la mano en la oreja ante el público de La Rosaleda.
"Aquí nunca me han querido"
También insistió en que no comprendía la hostilidad. “No entiendo la rabia hacia mí porque no he hecho nada malo, lo he celebrado y ya está”, afirmó. Después puso sobre la mesa la frase que resumía el desencuentro entre la grada y el jugador: “Podía haber jugado, pero aquí nunca me han querido, no tengo por qué no celebrar el gol. Creo que por su parte se han equivocado”. Y, por si alguien había interpretado su celebración como una dedicatoria a la grada, aclaró que el gol estaba dirigido a su familia. “Le he dedicado el gol a mi hijo y a mi mujer y si le ha sentado mal a alguno, pido perdón. No quiero que nadie se sienta ofendido”, explicó.
La explicación no borra su gesto. Bryan se llevó la mano a la oreja, lo que puede interpretarse como una invitación a subir el volumen, y el futbolista sabía que su celebración no pasaría inadvertida, como sucedió. Posteriormente, en otro lance del partido, se encaró con Puga, encontronazo que el colegiado resolvió con una cartulina amarilla para cada uno. Ahí estalló la grada: “Bryan, muérete”. Los hechos no justifican el cántico recibido. Se puede reprobar una provocación, discutir una actitud o silbar a un rival, pero desearle la muerte a un futbolista debe ser inadmisible.
La parábola del hijo pródigo termina con una puerta abierta al regreso y una bienvenida. La de Bryan Zaragoza tuvo un desenlace diferente. Regresó a su tierra, marcó y se marchó abucheado. No volvió para jugar en el Málaga, porque nunca llegó a hacerlo. Tampoco parece que el partido sirviera para cerrar una vieja herida. No encontró el reconocimiento que tal vez hubiera deseado. Su gol le devolvió esa alegría que llevaba meses buscando, pero no consiguió que La Rosaleda lo sintiera como uno de los suyos, como un vecino que tuvo que salir fuera para buscarse el pan.
El consuelo es que el balón volvió a entrar en la portería. Y para un atacante ese reencuentro con el gol es una manera de resurrección. Lo demás queda como una cuenta pendiente. El fútbol ofreció un regreso a casa a Bryan Zaragoza, pero su celebración del gol le alejó del reconocimiento de su tierra. La puerta se cerró. Con voces que nadie desearía escuchar y que no deben tener cabida en el fútbol.