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La historia de Albarracín está ligada a su privilegiada posición defensiva. La ciudad comenzó a adquirir verdadera relevancia durante el dominio musulmán. A comienzos del siglo XI, tras la descomposición del califato de Córdoba, la familia bereber de los Banu Razín creó aquí un pequeño reino de taifa independiente. De este linaje procede el nombre actual de la localidad. El castillo, las torres y los primeros recintos amurallados convirtieron el enclave en una fortaleza difícil de conquistar, protegida por los barrancos, el río y la montaña.
En la segunda mitad del siglo XII, Albarracín pasó a manos cristianas y Pedro Ruiz de Azagra estableció un señorío prácticamente independiente. La creación de la diócesis en 1172 reforzó su poder. La ciudad mantuvo su autonomía entre Castilla y Aragón hasta que Pedro III de Aragón la conquistó en 1284. En 1300, Jaime II la incorporó definitivamente a la Corona de Aragón y le concedió el título de ciudad.
La plaza Mayor con sus fachadas rojizas y balcones de madera.
La visita puede comenzar en la plaza Mayor, auténtico corazón del casco histórico. Su trazado irregular se adapta al terreno y resume buena parte del carácter de Albarracín: ninguna fachada parece seguir una línea recta y, sin embargo, todo mantiene una sorprendente armonía. Presidiendo el espacio se encuentra el Ayuntamiento, un edificio de planta en forma de U, reformado en los siglos XVI y XVII, cuya fachada luce un balcón corrido y el escudo de la ciudad. Desde uno de los laterales de la plaza se abre un mirador sobre el río Guadalaviar y las casas que descienden hacia el barranco. Es un buen lugar para detenerse antes de adentrarse por las calles Portal de Molina, Santiago o Azagra, donde los pasadizos, escaleras y pequeñas plazoletas descubren nuevas perspectivas a cada paso.
La arquitectura popular es uno de los grandes atractivos de Albarracín. La falta de espacio obligó a construir viviendas estrechas y de varias alturas, con entramados de madera y pisos superiores que sobresalen sobre las plantas bajas. Algunas parecen inclinarse hasta casi tocar las casas de enfrente.
Vista general de Albarracín, donde las casas parecen apoyarse en la roca.
El ejemplo más conocido es la Casa de la Julianeta, situada junto al Portal de Molina. Su fachada irregular, los muros inclinados y las vigas de madera la han convertido en uno de los edificios más fotografiados de la ciudad. También llaman la atención la Casa de la Enseñanza, la Casa de los Navarro de Arzuriaga, conocida por su fachada azul, y numerosas viviendas con escudos y balcones de madera.
Las murallas defensivas
A continuación, toca subir a las murallas. El sistema defensivo de Albarracín fue creciendo a lo largo de la Edad Media hasta rodear la población y controlar los accesos naturales a la ciudad. La imagen más impresionante es la del largo lienzo amurallado que trepa por la ladera hasta alcanzar la Torre del Andador, situada en el punto más elevado. El ascenso es empinado y conviene realizarlo con calzado cómodo, pero el esfuerzo tiene recompensa: desde la parte alta se contempla el caserío rojizo encajado entre la roca, la silueta de la catedral, el castillo y el sinuoso curso del Guadalaviar.
Otro de los lugares imprescindibles es el castillo principal, levantado sobre el promontorio rocoso, que fue la antigua alcazaba de los Banu Razín. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz parte de las viviendas ocupadas por la élite política y militar, organizadas alrededor de patios interiores, así como cocinas, letrinas y restos de un baño calentado mediante un hipocausto. Más que una fortaleza reconstruida, el recinto es hoy un gran yacimiento arqueológico que ayuda a comprender cómo se vivía en el Albarracín islámico. Su paso de ronda es también uno de los mejores miradores de la ciudad. El acceso se realiza mediante visita guiada.
Interior de la catedral de Albarracín.
La catedral del Salvador
Muy cerca se encuentra la catedral del Salvador. El templo actual se alza posiblemente sobre el lugar ocupado por la antigua mezquita mayor, sustituida tras la llegada cristiana por una primera catedral consagrada en el año 1200. A partir de 1527, aquel edificio medieval fue transformado en una construcción gótico-renacentista. La catedral solo puede conocerse mediante las visitas organizadas por la Fundación Santa María de Albarracín, por lo que conviene consultar previamente los horarios.
La visita se completa con el antiguo palacio episcopal. Sus estancias más nobles albergan el Museo Diocesano y conservan la distribución, las carpinterías y parte de la decoración del siglo XVIII.
Para conocer mejor el pasado de la ciudad también merece la pena entrar en el museo de Albarracín, instalado en el antiguo hospital.
En el extremo sur del recinto amurallado se levanta la Torre Blanca o de Doña Blanca. Construida en el siglo XIII como atalaya defensiva, alcanza unos dieciocho metros y se apoya directamente sobre la roca. Junto a ella se encuentra la iglesia de Santa María, un templo del siglo XVI, utilizado actualmente como auditorio.
Iglesia de Santa María de Albarracín.
Junto al río
Para terminar, hay que bajar hasta el paseo fluvial del Guadalaviar. La ruta rodea el meandro sobre el que se asienta Albarracín y combina senderos de piedra, escaleras, pequeñas pasarelas y puentes colgantes. Desde la orilla aparece una ciudad distinta: las casas parecen surgir directamente de la roca, mientras las murallas y la Torre de Doña Blanca dominan el paisaje desde lo alto.
Quienes dispongan de más tiempo pueden acercarse también al paisaje protegido de los pinares de Rodeno, a pocos kilómetros del casco urbano. Sus formaciones de arenisca roja, los bosques de pino rodeno y los abrigos con pinturas rupestres prehistóricas ponen el broche final a una visita en la que patrimonio y naturaleza resultan inseparables.