El Pirineo navarro es un destino imbatible para verano. Los valles de Zaraitzu y Roncal representan la esencia más pura de la cordillera. A un paso de casa apenas una hora y media en coche desde Pamplona y unas dos horas y media desde San Sebastián o Vitoria-Gasteiz, es un rincón que destaca por haber conservado tradiciones ancestrales como la trashumancia de los ganaderos hacia las Bardenas Reales. El paisaje aquí está dominado por una arquitectura espectacular, con casas de piedra de tejados muy empinados a dos o cuatro aguas, tejas planas de madera o arcilla, y chimeneas preparadas para disipar el humo durante las grandes nevadas del invierno.
Ochagavía: una postal de cuento
Considerado uno de los pueblos más bonitos e icónicos del Pirineo, Ochagavía se asienta en la confluencia de los ríos Zatoya y Anduña, un enclave que marcó su fisonomía urbana. Su origen se remonta a la Edad Media, siendo históricamente la capital de la Universidad de Salazar, la junta que gestionaba el valle. Su postal más famosa y fotografiada es la del Puente de Piedra Medieval que salva el río Anduña. Desde este punto se puede ver una hilera perfecta de caserones de 'piedra de sillería' blasonados de los siglos XVIII y XIX, muchos de los cuales ostentan en sus fachadas el escudo del valle: un lobo con un cordero en la boca, reflejo de la histórica lucha de los pastores contra los depredadores.
Ochagavía, Navarra
Caminando por sus calles adoquinadas, limpias y cuidadas se asciende hasta la Iglesia de San Juan Evangelista. Este imponente templo, cuyos orígenes se sitúan en el siglo XI pero que fue reconstruido en el siglo XVI, destaca por fuera por su torre campanario que hace de vigía del valle. En su interior, el visitante se encuentra con una joya del Renacimiento navarro con tres espectaculares retablos de madera tallada por el maestro Miguel de Espinal, donde destaca el nivel de detalle de las escenas representadas. Un poco más arriba del casco urbano, accesible por un sendero, se encuentra la Ermita de Nuestra Señora de Muskilda, una joya románica del siglo XII situada a más de 1.000 metros de altitud. Este santuario es un lugar de enorme devoción en el valle y el escenario donde cada 8 de septiembre los bailarines de Ochagavía ejecutan sus característicos bailes.
La fortaleza de piedra del Valle de Roncal
Cruzando el puerto de Laza hacia el este nos adentraremos en el vecino Valle de Roncal para visitar Isaba. Históricamente, este pueblo ha sido el más poblado y poderoso del valle, un protagonismo ganado a pulso por la defensa de sus fronteras frente a las incursiones francesas. El pueblo tiene una estructura creada para la defensa, con sus casas de piedra oscura escalonadas de forma compacta en las faldas del Ezkaurre para protegerse tanto del viento como de posibles asedios. Las casas, separadas por estrechos callejones empedrados le dan al pueblo el toque especial que todavía conserva.
El edificio que domina y marca el horizonte de Isaba es la colosal Iglesia-Fortaleza de San Cipriano, levantada en el siglo XVI en un estilo gótico tardío sobre los restos de un templo anterior destruido por un incendio en 1427. Sus muros exteriores son sobrios, no tienen decoración y tienen un grosor que los hace abrumadores. Están rematados por un paso de ronda y por almenas que dejan claro que su función principal, además de la religiosa, era servir de refugio para todos los roncaleses en épocas de guerra.
Iglesia San Cipriano
A las afueras del núcleo urbano, junto al río, se puede contemplar el Puente Romano de Otsoa, un testigo de piedra de las antiguas calzadas que comunicaban el Pirineo con la cuenca de Pamplona.
El pulmón verde de Irati
Entre ambos valles se extiende la espectacular Selva de Irati. Con más de 17.000 hectáreas de terreno virgen, es el segundo hayedo-abetal más grande y mejor conservado de Europa, solo por detrás de la Selva Negra alemana. Este descomunal bosque ha sobrevivido casi intacto a lo largo de los siglos gracias al cuidado de los lugareños y a su compleja territorialidad pirenaica. Históricamente, sus abetos eran codiciados por la Corona para la construcción de los mástiles de la Armada Real, lo que obligó a los salacencos y roncaleses a desarrollar ingeniosos sistemas de transporte fluvial, conocidos como las almadías, para hacer flotar los troncos río abajo por el cauce del Irati y el Esca. Esta tradición todavía es protagonista en los pueblos de la zona y cada primavera, a finales de abril o principios de mayo, y ante miles de espectadores, estas embarcaciones vuelven a surcar las aguas del río Esca hasta culminar su recorrido en el puente medieval de Burgui. El corazón del bosque cuenta, además, con reservas naturales protegidas de un valor ecológico enorme, como la de Mendilatz o Lizardoia, donde las hayas y los abetos alcanzan alturas impresionantes y conviven con una fauna salvaje que incluye ciervos, corzos, picos dorsiblancos y el hasta urogallos.
Entrar a Irati desde el Valle de Salazar te sitúa de lleno en el acceso de Casas de Irati, donde se encuentra el centro de interpretación y el punto de partida de las mejores caminatas. Desde aquí, la red de senderos balizados ofrece opciones espectaculares y aptas para todos los niveles. Una de las más recomendadas es el camino que lleva al Embalse de Irabia, un precioso recorrido circular que bordea una lámina de agua turquesa en la que se reflejan las copas de los árboles, o el sendero de Errekaidorra, que se adentra en la frontera con Francia y muestra los restos de los antiguos sistemas forestales. Caminar bajo estas hayas centenarias, especialmente cuando la niebla baja y se mete entre los troncos cubiertos de musgo, o cuando el otoño tiñe las hojas de tonos rojizos, el bosque ofrece un aura mágica que justifica todo el viaje.