Polideportivo

Schmid salta y Pidcock brinca

El suizo vence en el mano a mano a Tejada, puntas de lanza de una fuga que impulsa al inglés a merodear el podio
Schmid celebra la victoria levantando la rueda.
Schmid celebra la victoria levantando la rueda. / Efe

Actualizado hace 5 minutos

El Merckxsismo nació en 1969, cuando el Caníbal alimentó la leyenda que fue con la victoria de su primer Tour. Joven, iconoclasta, voraz, ambicioso al extremo, Eddy Merckx descerrajó su furia en el Ballon de Alsacia, el primer puerto con jerarquía que la carrera ascendió en 1905.

Dos años después, el primero en cruzarlo, se suicidó. Merckx, siempre codicioso, mató el Tour en esa cumbre. Fue la suya la primera victoria de su caudaloso palmarés de 34 en la Grande Boucle.

Además de su superioridad en la ascensión al Ballon de Alsacia, donde se vistió por vez primera de amarillo, que le dirigió hacia la ceremonia de coronación, nada retrata mejor al personaje que la conversación que mantuvo con su director en el Faema, Guillaume Driessens.

Aquel día, Merckx se acercó al coche de equipo y le dijo a Driessens. “Esto se acaba no sé si voy a poder llegar. Estoy muerto”.

Su director, le respondió: “No lo pienses. Los demás están más muertos que tú”. Nada sobrevivía a Merckx, el tirano de la época, el dios pagano del ciclismo. El inmortal.

Sobre su huella pisa Tadej Pogacar, el dictador de esta era, que el día en el que el Tour regresaba al Ballon de Alsacia no quiso parecerse al Merckx, aunque el gran campeón belga considera al esloveno a su legítimo heredero.

Pogacar, cansado de las críticas, de los abucheos que le persiguieron en su desfile sobre las brasas del Macizo Central que le elevaron al altar en Le Lioran, se mostró magnánimo.

En la víspera, anunció que su foco se centraba en las montañas y dejó que una fuga ventruda, en la que se insertaron Ion Izagirre y Alex Aranburu, se encargara de los vínculos con la historia y la memoria.

Mano a mano

La decisión del esloveno fue el impulso y el permiso que necesitó Mauro Schmid para vencer a Harold Tejada en el vis a vis de una fuga menguante. El suizo pudo con el colombiano y celebró su primera victoria de etapa en el Tour. Belfort acudirá para siempre a su memoria.

Schmid levantó la rueda para subrayar su victorioso esprint ante Tejada, que trató de superarle con una aceleración lejana pero no pudo ante la solidez de Schmid. “Es un sueño para mí”, describió el suizo, que el pasado curso en Toulouse se encontró en la orilla opuesta, en la de la pesadilla cuando fue segundo por detrás de Jonas Abrahamsen en un desenlace similar.

Los fugados, con tejada al frente, en el Ballon de Alsacia.

Los fugados, con tejada al frente, en el Ballon de Alsacia. Efe

A apenas un par de segundos se presentó Tom Pidcock, el represente del grupo perseguidor. El inglés finalizó con una sonrisa formidable en Belfort. Recuperó más de 7:30 en la general de un solo bocado. Un salto fabuloso.

De la décima plaza escaló hasta la cuarta. Solo nueve segundos le separan de Evenepoel, tercero. La fuga le hizo volar por encima de Ayuso, Seixas, Lipowitz, Del Toro y Skjelmose.

Gran día para Tom Pidcock.

Gran día para Tom Pidcock. Efe

Un tercio del pelotón conformó una escapada consentida que debía asomarse al perfil histórico Ballon de Alsacia, que no era el final, sino un punto de fuga hacia el paisaje, 205,8 kilómetros, la jornada más larga del Tour, que después descendía antes de Belfort.

El Ballon de Alsacia no poseía el aroma de la mística de Merckx, pero sí el cálculo de Tom Pidcock, risueño en la fuga, feliz por poder posicionarse en el podio del Tour de Pogacar aunque fuera de manera provisional.

Siempre hay espacio para alguna intrahistoria en la carrera más grande mundo. La fuga era enorme, una manifestación de dorsales, de toda índole y condición, una sociedad que caminaba hacia el Ballon de Alsacia, 8,9 kilómetros al 6,9%.

Izagirre y Aranburu, en la fuga

Pluimers abrió las hostilidades. Sonaron los disparos. Un sálvese quién pueda de manual. La ruleta con los nombres comenzó a girar. Se desgajaron como cuentas de un viejo collar un montón de identidades.

Ion Izagirre resistió ese ritual que anunciaba la tormenta. El ataque constante y la desconfianza perenne. En las rampas de la montaña, mezclado el sol y la sombra, no había un lugar para esconderse.

El ser humano frente a la ley de la gravedad. Alex Aranburu buscaba en el zurrón de las últimas fuerzas la energía para poder sostenerse en una ascensión que lijaba, que ejercía como un exigente director de casting, que descartaba a unos y otros negando con la cabeza a modo de un aspersor.

El de Ezkio, sensacional su punta de velocidad en jornadas de fuga, perdió foco. Fuera de plano. El Ballon de Alsacia le dejó sin vistas. Castigado.

A mitad de montaña quedaba un tercio de la fuga, que era carne de derribo, en pie. Van Gils, el maillot del revés por la superstición, se lanzó a pecho descubierto.

En la jornada 13, en el Red Bull decidieron voltear el diseño de la vestimenta para ir a juego de la tradición que en el ciclismo coloca el dorsal 13 del revés.

Afortunadamente, el Tour que condecora al mejor con el color amarillo, no guarda esa superstición que nació en el teatro. El veto al amarillo proviene de la trágica muerte del dramaturgo francés Molière en 1673.

Durante la representación de El enfermo imaginario, sufrió un colapso en escena y falleció poco después en su casa. La leyenda cuenta que ese día vestía ropa amarilla, lo que convirtió al color en símbolo de fatalidad.

El Ballon de Alsacia hace la criba

Apagado Van Gils, que tintineó como una vela a punto de extinguirse, emergió Plapp. La fuga era una reunión en petit comité a medida que crecía el Ballon de Alsacia, sostenido por el ímpetu y el ánimo de la afición, muy numerosa. Quedaban nueve en el frente: Van Gils, Plapp, McNulty, Pidcock, Vauquelin, Tejada, Braz, Jegat y Schmid.

Se reiniciaba el día para todos después de que la fuga fuera la representación de las matriuskas, las muñecas rusas que su interior componen la misma figura pero de menor tamaño, a escala. Ion Izagirre atravesó al montaña a medio minuto de los mejores.

El asalto de Pidcock interpeló al Lidl, que pastoreaba el grupo con Derek Gee para defender el estatus de Ayuso en la general. El inglés, picajoso, era un problema para quienes defienden el podio. El Red Bull de Evenepoel y Lipowitz tomó el testigo del Lidl.

Pidcock volaba en esos momentos hasta el segundo puesto de la general, adelantaba incluso a Vingegaard. El danés, dos veces campeón del Tour, experimentado, no involucró a su equipo en la persecución. No entró en pánico. Para él, Pidcock, multidisciplinar, no era una amenaza latente.

El control del líder

Pogacar observaba la escena acodado en la valla de la curiosidad. Todo aquello, el movimiento, le resultaba fascinante.

Pogacar, durante la etapa.

Pogacar, durante la etapa. Efe

Acorazado, refractario a las luchas de los humanos que no le implican, el debate de sus acompañantes en el podio, intocable él en su peana, desde la distancia animaba a McNulty y Wellens, que voceaban en la fuga. En esa discusión de los buscadores del jornal, Harold Tejada y Mauro Schmid se sacudieron en el descenso.

El final alcanzó un punto de alta tensión. El colombiano y el suizo compartían relevos sin desmayo. Ninguna fisura en su colaboración. Dos hombres y un destino al galope. El resto de fugados, les veía, pero no les tocaba. Cerca pero lejos. Una grieta les separaba.

Mientras tanto, Pidcock, instalado entre los perseguidores acumulaba una renta magnífica, inopinada, que le enroscaba cerca del territorio que ocupa el podio del Tour. En el pelotón, silbaba Pogacar y se desgañitaban los caballos de tiro del Lidl y del Red Bull.

Por delante, agitado, burbujeante y espumoso, el suizo pudo con el colombiano en el mano a mano. Lo celebró levantando la rueda. Un caballito tras el galope. Schmid salta y Pidcock brinca.

2026-07-17T17:19:14+02:00
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