Polideportivo

Merlier festeja el caos

El belga, superior, celebra su tercera victoria en el Tour en una jornada marcada por una dura caída en el esprint que deja fuera de combate a Gaviria
Merlier celebra su tercera victoria al esprint en el Tour.
Merlier celebra su tercera victoria al esprint en el Tour. / Efe

Actualizado hace 4 minutos

En Chalon-sur-Saône nació Nicéphore Niépce, inventor de la fotografía hace más de dos siglos. Para ese advenimiento, Niépce colocó piedras litográficas recubiertas de betún de judea en el fondo de una cámara obscura. Para captar la imagen, necesitó un tiempo de exposición de varios días a pleno sol.

De ese modo obtuvo por primera vez una imagen imperecedera de un paisaje. Eureka. El hallazgo se lo contó a su hermano Claude el 16 de septiembre de 1824 en una carta. “Tengo la satisfacción de poder anunciarte finalmente que, gracias al perfeccionamiento de mis procesos, he logrado obtener una vista tal como la deseaba”.

El artilugio primigenio de Niépce, el embrión de la fotografía, no podría captar la velocidad de rayo de Tim Merlier en su tercer esprint victorioso en lo que va de Tour. Para eso esta la photo-finish y su ráfaga que ametralla la meta.

La photo-finish captura imágenes estáticas, sino que emplea cámaras de alta velocidad enfocadas permanentemente en una línea vertical imaginaria en la meta.

Al registrar hasta 4000 fotogramas por segundo de esa sola línea, crea una imagen continua y secuencial que revela el orden exacto y milimétrico de los competidores.

El belga firmó su tercer triunfo al esprint sin necesidad de acudir al retrato de la photo-finish. Su impulso, enérgico, le validó el laurel por delante de Olav Kooij y Jasper Philipsen, de nuevo náufrago.

Merlier, sin la brújula de la radio, que se le estropeó, se dejó guiar el por el sextante del instinto y su capacidad para leer el esprint.

Merlier festeja con su hijo la victoria en el podio.

Merlier festeja con su hijo la victoria en el podio. Efe

Sin la necesidad del tren del equipo, a modo de un buscavidas, fue encontrando ruedas y descartando rivales en una llegada que picaba un poco para someter al resto con la motivación extra de su familia. "Me dan fuerza. Corro por ellos", dijo después de besar a su pareja y posar con su hijo.

A espaldas de su estallido de alegría y los tres dedos celebrantes, rememorando cada uno de sus logros, se escuchó el desgarró, el dolor y la desventura de los caídos. El drama que no cesa. La crueldad siempre tiene unas líneas de diálogo en el Tour.

Fernando Gaviria y otros se golpearon contra el asfalto en un esprint, que primero fue cuesta abajo y que luego repuntaba. El colombiano hizo el afilador y se estrelló. Su caída arrastró a otros.

Gaviria cruzó la meta acompañado por Oldani y con la clavícula izquierda fracturada. Deberá dejar el Tour. La huella de otros golpes también eran visibles. No fue el único herido en un desenlace doloroso.

Gaviria, tras la caída, en la que se fracturó la clavícula izquierda.

Gaviria, tras la caída, en la que se fracturó la clavícula izquierda. Caja Rural / Sprint Cycling

Los que evitaron el accidente se midieron en una llegada apurada que confirmó la supremacía del belga, el mejor velocista del Tour. En el pináculo de la carrera francesa continúa instalado Pogacar.

Cumplió Miguel Indurain, el mito, el único ciclista capaz de conquistar cinco Tours de manera consecutiva, entre 1991 y 1995, 62 años el mismo día en el que Tadej Pogacar, que esprinta alocado en su tasación con la historia a por su quinta corona, superaba al navarro en días vestido de amarillo.

Durante su reinado, Indurain lució de amarillo en 60 ocasiones. El esloveno solo tiene por encima a Bernard Hinault, 79 jornadas de líder, y a Eddy Merckx, 111.

Pogacar, que es todo celeridad y ambición, perenne hambriento, cuenta sus jornadas en la Grande Boucle con la mirada amarilla, encendida, llameante.

Es el representante ideal de un ciclismo galopante y desbocado, que huye de sí mismo, tal es su velocidad. El día después de establecer el récord de la etapa más rápida de la historia, el Tour fijó la parrilla de salida desde el circuito de Magny Cours. Bicis y bólidos. Ciclistas y pilotos.

De algún modo, ese escenario daba sentido a una carrera exprés, en la que no hay resquicio para el resuello ni consuelo para la fatiga.

El respiro queda prohibido, vetada la calma, elevada a hombros el frenesí. El Tour es el la sirena y las luces de una ambulancia de urgencias. Siempre estresado.

La eterna fuga de Veistroffer

En otro trazado dispuesto para las dentelladas y los zarpazos de los guepardos, apareció en escena el infatigable Baptiste Veistroffer, un aventurero y un rebelde dispuestos a molestar y contrariar a los equipos de los velocistas, que desean que nada suceda hasta que truena el esprint.

Veistroffer, amante de las travesuras, interpeló a sus adentros, que odian el tedio del rebaño para agarrar el petate y darse a otra fuga. Con el francés se aliaron sus compatriotas Costiou y Vercher.

Imagen de la fuga del día.

Imagen de la fuga del día. Efe

Con ellos se personó Damiano Caruso, siciliano de Ragusa, atraído por el calor de la fuga en un trayecto idóneo para que los tipos musculosos y rápidos se midieran en el cuadrilátero de la velocidad.

Veistroffer, que rueda como un animal salvaje, en libertad, ajeno a la legislación del pelotón, de su coto de caza, mostró los colmillos de jabalí. Ese es su apodo.

Abandonó al resto de compañeros de la escapada y pisoteó el terreno y el credo en sí mismo. Puro instinto. Primario.

El francés, hombros cargados, mirada al frente, masticaba kilómetros con devoción a pesar del empeño de los centinelas que le rastreaban, que le querían más cerca. Los porteadores de los esprinters cargaban.

Veistroffer estaba amortizado, pero en lugar de que la lógica se abriera paso. La carrera tenía dos focos hasta que Quinn Simmons agitó el tablero en una cuesta y se generó el caos. En esos pellizcos, se desordenó todo.

Numerosos ataques

Se conformó una fuga con una quincena de dorsales, que dejó pasmados a los equipos de los velocistas, sorprendidos. Reaccionaron con rabia, de inmediato. El Tour no concede segundas oportunidades.

Simmons, en uno de los ataques del final.

Simmons, en uno de los ataques del final. Efe

Aunque sofocado el incendio, se quebró el guion establecido, traslada la idea de que a las coraceros de los esprinters no les sobraba energía. La Grande Boucle lamina las fuerzas inexorablemente.

Es un ejército de termitas que nunca descansa. Se reprodujeron las escenas de las clásicas que se corren a toque de corneta. Simmons volvió al frente en la Côte de Montagny-lès-Buxy. Alex Aranburu, atento, fresco, se encaramó a ese grupo.

La carrera era un avispero. En cada metro, un Vietnam. Una locura. Un campo de minas. Un carrusel de explosiones. En cada pedalada se nacía y se moría. Todo resultaba agresivo y efímero.

Ciclismo a borbotones. Desmadejada la aproximación a Chalon-sur-Saône, se desató el desconcierto en un esprint lacerante, accidentado. Un pandemónium que fotografió a Merlier festejar al caos.

2026-07-16T16:53:00+02:00
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