Polideportivo

Pogacar se regala Alpe d’Huez

El líder recuerda a todos su superioridad con otra exhibición sobrenatural en la rampas de la montaña alpina
Pogacar, vencedor por aplastamiento en Alpe d'Huez.
Pogacar, vencedor por aplastamiento en Alpe d'Huez. / Efe

Actualizado hace 11 minutos

Alpe d’Huez, el mito naranja, la montaña Orange, la de los holandeses, es la calle empinada de los escaladores. Quien logra alcanzar la cima primero, quien se posa sobre su historial, quien se asoma desde su terraza a los Alpes, no solo se gana la gloria, también la memoria para siempre.

Su nombre se inscribe en una de las curvas de Alpe d’Huez (13,8 km al 8,1%) como si se tratara el número de un portal del vecindario. Desde su cumbre Tadej Pogacar acaricia París. En el Tourmalet lo intuyó. En el Alpe d’Huez lo tocó.

París bien merece una misa y en la catedral alpina, Pogacar se elevó a los altares con una ascensión que roza con la mística.

Del Toro abraza a Pogacar.

Del Toro abraza a Pogacar. THIBAULT CAMUS / POOL

Arengado por decenas de miles aficionados, el líder se desabrochó con una exhibición antológica que supera cualquier análisis que se fundamente en lo conocido.

Pogacar pertenece a otra dimensión. Un superhombre, un asunto metafísico. Un concepto. Un misterio irresoluble.

Clavó el estandarte de su imperio en una ascensión descomunal. Cazó a Lenny Martinez y Carapaz, segundo y tercero, cuando aún restaba montaña, tras recuperar más de 3:20 desde la base del puerto.

De paso alejó en más de dos minutos a Evenepoel, Del Toro y Seixas. Se reafirmó Pogacar, que contó su quinta victoria en el presente Tour y la 26ª en su relación idílica con la Grande Boucle.

Además, una de las curvas de Alpe d’Huez llevará su placa. Para la posteridad posó con ademán de sobrado, con el deje de nadie puede con él. Tampoco los tratados de física.

Destrozó el récord de subida de Marco Pantani. La marca del italiano era de 36:50. Pogacar paró el crono de la subida en 35:26. Una nueva hipérbole sin sentido. Más tarde abrió los brazos del todo para recordar que es el emperador de la Francia ciclista.

Implacable Pogacar

Talló su nombre en la roca alpina y queda a la espera de reunirse con los embajadores de los cinco Tours. Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain aguardan su llegada. Solo resta un capítulo alpino, el más duro, para que Pogacar, colonice París.

Con la fuga encendida, pizpiretos Carapaz, Lenny Martinez y Kuss, en el inicio de Alpe d’ Huez se resquebrajaron en el mismo fotograma Pidcock y Ayuso.

Pogacar, con el cosquilleo en las piernas, no esperó. El hombre que corre contra la historia, que en realidad esprinta contra sí mismo, solo él reflejado en el espejo de la gracia del Tour, alzó el vuelo.

Evenepoel, Del Toro y Seixas se quedaron pasmados. Elevaron los hombros y agacharon la cabeza. Otra vez la misma función.

Lenny Martinez, durante la subida.

Lenny Martinez, durante la subida. Efe

Resultaba llamativo que Adam Yates, que el miércoles era un muerto en vida, sirviera de porteador de Pogacar. Había resucitado el inglés. Súbitamente.

Por delante, Carapaz, Kuss y Lenny Martinez trataban de escapar del monstruo esloveno, que se apoyaba en el báculo de Adam Yates hasta que el líder le ordenó que se apartara, que él se encargaba de todo. Un misil tierra aire. Evenepoel y el resto entregaban más de medio minuto cuando a la montaña le restaba el nudo gordiano.

Otro zarpazo de Carapaz destempló a Kuss. El ecuatoriano y el francés tenían que entenderse. Les costaba demasiado. Kuss regresó. Pogacar solo tenía que atender a su instinto ganador. Depredador absoluto, el 1 planchado en su espalda, recogía las migas de la fuga.

Se alimentaba de ellas para ascender en moto. Seixas, el más joven en competición en verse con Alpe d’Huez trataba de desgastar a Del Toro y Evenepoel.

Bajo el sol hervía Pogacar, que se refrescaba con agua cuanto podía. No podía apagar su ambición, extrema, el fuego que crepita en su interior. El diablo sobre ruedas.

Se presentó a la espalda del trío. Kuss dimitió. Resistieron el ecuatoriano y el francés. Por detrás, Evenepoel se despegó unos segundos de Del Toro y Seixas. Actores secundarios. La estrella principal, la única, brillaba como el sol. Cegó con su destello al resto par llevarse una curva de Alpe d’Huez.

La placa del giro número 10 corresponde a Fede Etxabe, que se obsequió el triunfo de Alpe d’Huez el 21 de julio de 1987. La víspera de su gesta había cumplido 27 años.

La hazaña del ciclista de Kortezubi comenzó con una bronca. “El día anterior hubo una fuga muy numerosa y no entramos ninguno y Javier Mínguez nos echó una bronca impresionante”, relataba.

Sopló las velas con los gritó de su director. Al próximo día, Etxabe rugió una victoria para siempre. Desde entonces, hace casi tres décadas, su nombre está cosido a la montaña.

Alpe d’Huez es una cima hipnótica, un imán, que atrae a la afición en procesión. Una meca del Tour donde se sacuden los ánimos, se brama entusiasmo, se empuña pasión y se veneran a los seres alados que se enfrentan a una montaña de mitos y leyendas. Un lugar de culto.

En ese templo de la Grande Boucle, en esa ascensión catedralicia de las 21 curvas más famosas del ciclismo, herraduras afortunadas para algunos, penitencia para el resto, en 2003, con el maillot abierto a dos aguas, el naranja del Euskaltel-Euskadi latiendo, Iban Mayo se posó sobre la cumbre de Alpe d’Huez.

El de Igorre completó una ascensión fulgurante en esa ladera en la que danza un sedal de asfalto. Era 13 de julio. Mayo tumbó las supersticiones y se encaramó en la historia, de una mole que descerrajó Fausto Coppi en 1952.

El italiano fue su primer morador. Mayo consumó su proeza en una subida a fuego. Desde aquel día, la curva número 20 lleva impresa su nombre. Otro vecino más.

Para llegar a esa calle altiva, malhumorada y revirada que era una fiesta pagana, repleta de gentío, desmesurada la peregrinación de aficionados, convertida la lengua de asfalto burlón en apenas un hilo por la estrechez debido a la multitud, un tumulto, se dispuso un trazada exprés, de corta distancia, si bien el perfil contaba el Col Bayard apenas ensillado el pelotón, Col du Noyer y Col d’Ornon.

Pogacar contra todos

En el primer escalón se concretaron los brotes de la fuga que era una pandemónium con más de 40 dorsales. Entre ellos Adam Yates, que era un lamento hace un par días, de nuevo con el rostro lustroso de los mejores días. No era el caso de Tim Wellens, al que le dieron un botellín de agua para soportar la soledad. Vermeersch también padecía.

En el pelotón, Nils Politt, caballo de tiro de la primera semana, continuaba dando servicio a Pogacar. Con él seguían Grossschartner y Del Toro, tercero en la general. Al líder le preocupa más la salud, el virus y la enfermedad que la ambición de Evenepoel.

El belga aseguró que no arriesgaría la segunda plaza. Tras el abandono de Vingegaard, que le hizo crecer en el escalafón, su aspiración es ser el escudero del esloveno de París.

En la escapada estuvieron representados los de siempre. Entre ellos, Ion Izagirre, dispuesto a encontrar una grieta de satisfacción en su último baile en el Tour.

Paret-Peintre, que era el rey de la montaña, perdió color y los lunares que le distinguen. Carapaz le arrancó la piel. Pedersen se montó en la escapada para asegurar su maillot verde. Lenny Martinez disfrutaba avanzando en la general. Las batallas menores se concentraban en el carácter de la fuga, que iba adelgazando.

El cansancio deshojaba a los más débiles. El Col d’Ornon enfatizó esa sensación. Izagirre se apagó. De los 42 que iniciaron con entusiasmo y fervor la fuga, quedaba 14 en pie una vez superado el puerto. Carapaz, Kuss, Riccitello, Johannessen, Arensman, Lenny Martinez, Rubio….

Pogacar, en su ascenso a la montaña.

Pogacar, en su ascenso a la montaña. Efe

En el retrovisor, Pogacar decretó una brizna de aceleración. Grossschartner pastoreaba el grupo de los elegidos. El podio del Tour respiraba junto a Seixas, Skjelmose, Ayuso, Pidcock, Hindley, Van Gils y Prodhomme.

Alpe d’Huez abrazaba el Tour otra vez. Lo estrujaba con la fuerza sobrenatural que un niño puede ejercer apretando contra el pecho su peluche preferido. Uno de los souvenirs más icónicos de la Grande Boucle es la pirámide de las 21 curvas. Esperaba a su faraón. Pogacar.

Las primeras rampas despiezaron a Cattaneo y Benoot, ambos a modo de peones de Evenepoel y Seixas, respectivamente, y Armirail. Aresmans, maillot desabrochado, lanzó el primer fogonazo.

Después, fundido a negro. Convocó a Lenny Martinez, Kuss y Carapaz. Despertó entonces la bestia. La pesadilla del resto, el sueño de una tarde de verano. Pogacar se regala Alpe d’Huez.

2026-07-24T17:01:09+02:00
En directo
Onda Vasca En Directo