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En el frontispicio del Arco del Triunfo de París, en su imaginario, se cincelan los bustos de los padres fundadores del Tour, de sus reyes, Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault y Miguel Indurain. Desde el 26 de julio de 2026 Tadej Pogacar verá cincelado su perfil en la historia de la Grande Boucle. Al lado de los más grandes. Él también lo es.
Pertenece a la dinastía de los reyes. Del elegante Anquetil, del Caníbal Merckx, del obstinado Hinault y del sobrio Indurain. El esloveno sonriente y pizpireto, también implacable, se acomoda en la biografía del Tour como su último emperador.
Coronado en 2020, 2021, 2024, 2025 y 2026. El quinto hombre en ser consagrado con el quinto laurel. Una deidad. Un logro para siempre. Figura indiscutible.
Pogacar, campeón de cinco Tours.
Nadie de los grandes campeones del Tour, de los pilares centrales que sostienen su arquitectura, ha sido capaz de atravesar la frontera de los cinco cetros, un límite para todos.
Nadie más grande que el Tour. El único que superó esa marca, Lance Armstrong, que obtuvo siete de manera consecutiva, lo hizo tras recurrir a la trampa y al dopaje.
Fue el mejor de la era del fango, de la espesura de hematocrito viscoso, de la era oscura de la EPO. El Tour, que cerró los ojos durante su dominio, reaccionó después de las confesiones que crucificaron al norteamericano, y le borraron del palmarés.
El campeón del siglo XXI
Pogacar, el tipo risueño y luminoso, representa al campeón del siglo XXI. Rey de reyes. El resto de leyendas, los tótems y mitos que condensan el Tour, demostraron su supremacía en el pasado siglo.
El esloveno accede al trono de París en otra demostración fabulosa que continúa con la narrativa instalada desde 2024.
Un juego de niños para él. Sigue de fiesta. Riega de champán cada gesta. No hay desafío capaz de oscurecerle. De romper su dorada burbuja.
Asimiladas las derrotas que le infringió Jonas Vingegaard, su némesis, en 2022 y 2023, Pogacar elevó sus prestaciones hasta confines inimaginables, que rozan con la fantasía si es que no la ha superado.
Desde entonces, el astro de Klanec, 27 años, a dos meses de los 28, es una ser inasible, inalcanzable e infatigable. Un ciclista infinito.
Tour de Francia
Vigesimoprimera y última etapa
1. Mathieu van der Poel (Alpecin) 1h58:59
2. Jasper Philipsen (Alpecin) m.t.
3. Mads Pedersern (Lidl) m.t.
4. Max Kanter (Astana) m.t.
5. Olav Kooij (Decathlon) m.t.
6. Matej Mohoric (Bahrain) m.t.
7. Rick Pluimers (Tudor) m.t.
23. Alex Aranburu (Cofidis) m.t.
84. Ion Izagirre (Cofidis) m.t.
123. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) m.t.
General final
1. Tadej Pogacar (UAE) 73h56:26
2. Remco Evenepoel (Red Bull) a 6:26
3. Isaac del Toro (UAE) a 9:42
4. Paul Seixas (Decathlon) a 11:56
5. Lenny Martinez (Bahrain) a 13:02
6. Mattias Skjelmose (Lidl) a 14:59
7. Juan Ayuso (Lidl) a 17:48
8. Richard Carapaz (Educ. First) a 20:00
45. Ion Izagirre (Cofidis) a 3h10:13
85. Alex Aranburu (Cofidis) a 4h37:55
99. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) a 5h02:54
Regularidad
1. Mads Pedersen (Lidl)
Montaña
1. Richard Carapaz (Education First)
Mejor joven
1. Isaac del Toro (UAE)
Mejor equipo
1. Lidl
Napoleónico, su dominio en el presente Tour únicamente enfatiza ese estatus. Pogacar no responde a las leyes de la fisiología, ni a las de la física. Solo le interpelan los sueños y la imaginación.
Es un concepto, un fenómeno indescifrable. El esloveno es un misterio que ha tiranizado, como en los dos años precedentes, la carrera francesa de punta a punta. Inmune a todo. Es el personaje central de un cuento de hadas.
Evenepoel y Del Toro, podio
El ciclista del país de nunca jamás. Nunca jamás sufrimiento, nunca jamás una derrota, nunca jamás una mueca, nunca jamás un fracaso.
Coriáceo, imperturbable, ajeno a cualquier sobresalto, el esloveno ha conquistado su quinto cetro con una suficiencia demoledora, aplastante o dolor, su superioridad, frustrante para los demás.
Remco Evenepoel, plata, segundo, se quedó a 6:26 del esloveno. Isaac del Toro, su amigo y compañero de equipo, al que Pogacar señala como su sucesor, cerró el podio a 9:42.
Pogacar y Del Toro, su compañero, tercero en la general.
Las distancias entre Pogacar, que corre contra la historia, y el resto de rivales es sideral. Les separa un universo. No se atisba ni un resquicio por el que pueda asomar o intuir un desplome en un ciclista que se asemeja a un dios.
O un metahumano. Nada eclipsa a Pogacar, cada año más fuerte, más tirano, más condescendiente.
El esloveno cierra el Tour con cinco triunfos parciales en Les Angles, Gavarnie, Le Lioran, Le Markstein, Alpe d’Huez y la sensación de que pudo lograr más botines. Posee 26 en su historia con el Tour.
En la etapa de cierre en París peleó por su sexta victoria de etapa agarrado en un ataque en Montmartre. La gloria bendijo a Van der Poel, que le acompañó en el abordaje, en un esprint al límite, agónico.
Van der Poel, vencedor en París.
El regalo a Del Toro en Barcelona y el control absoluto en el último capítulo de los Alpes, cuando decidió ser gregario del mexicano y encumbrarse aún más con ese gesto dominante, sirven para enmarcar la plenitud de su imperio.
El retorno de los vampiros
La orla del podio, con Pogacar en el trono, rey absoluto, puso fin a la aventura que comenzó en Barcelona y que además de la figura colosal de Pogacar, museístico su palmarés, 26 victorias de etapa desde que debutó en la carrera francesa, dejó el detalle, que no es menor, de los controles de madrugada en su periplo hasta París.
El retorno de los vampiros, encarnados en agentes de la ITA, para extraer muestras de sangre a los ciclistas, entre ellos a los más destacados, componen un nuevo esquema.
En el ecosistema del Tour se respira la sensación de que algo ocurre en la trastienda, a espaldas del escaparate donde se lucen las piezas brillantes de la alta joyería.
La sucesión de rendimientos extraordinarios, embadurnados con la narrativa del espectáculo y por el relato de la mejoría continua como si los límites no existieran, están generando desconfianza y resquemor en las autoridades que luchan contra la trampa. De los resultados de los controles dependerá la confianza en el sistema
Espectacular, a modo de una traca final cada vez que estalla, su luz y su color en sus despliegues en las montañas, destruidos las marcas y los registros del Tourmalet, Le Markstein o Alpe d’Huez tras actuaciones y exhibiciones apabullantes, han apagado cualquier emoción en el Tour, que es lo que Pogacar quiera, su juguete, su capricho.
Ni el virus que ha acechado al todopoderoso UAE y que debilitó a varios de sus componentes arañaron al esloveno, que ha completado la carrera francesa paseando por la alfombra amarilla.
Philipsen celebra la victoria de Van der Poel.
Conviene poner en perspectiva semejante superioridad. Después de Pogacar queda el vacío y la nada. Más allá, en la lejanía se intuyen los perfiles de quienes le persiguen, de los que rastrean una sombra, un fantasma, un ser etéreo.
La última versión de Pogacar, la 5.0, parece una descarga de la Inteligencia Artificial, la de un ciclista venido del futuro, más próximo a Marte que a la vida en la Tierra. Su victoria ha sido la más cómoda.
Pogacar celebra su quinto Tour.
Sin Vingegaard, que se fue al suelo y se fracturó la clavícula antes de emprender la semana final en el tablero, el esloveno se ha visto menos comprometido. Aunque el danés no era un problema real, al menos era un incordio.
Evenepoel, que subió un peldaño con la retirada de Vingegaard, optó por la contención y evitar cualquier riesgo. Del Toro, que soñaba con el podio, lo logró.
Paul Seixas, la joven y descarada figura francesa, que quería buscar la tercera plaza tuvo que claudicar, sometido por el esloveno en la última función, en la que se constató el broce del mexicano.
Fue el obsequio de Pogacar, un detalle que subraya aún más la autoridad de su poder. El esloveno cuidó como un padre a su hijo al mexicano.
Le agarró de la mano hasta subirlo al podio de los Campos Elíseos de París. Allí, el esloveno, el emperador de la Francia ciclista, recibió su quinta corona. Oh, rey Pogacar. Eterno.