Polideportivo

Pogacar es el Tour

El imparable esloveno firma otra exhibición para vencer en Le Markstein y asomarse a París tras conquistar su cuarta etapa en el presente Tour
Pogacar se encamina a la victoria. / BERNARD PAPON / POOL

Desde Le Markstein, Tadej Pogacar se asomó a París, donde le aguarda la ceremonia de coronación de su quinto Tour en apenas una semana, si un cataclismo no lo impide, después de otra actuación sideral en la que subrayó su ego, dañado por los abucheos en el Macizo Central. En los Vosgos se reconcilió con la afición, entusiasmada ante el Mesías.

Pogacar recorrió el pasado doliente para proyectarse al futuro placentero en un viaje alucinante. Desde 2024 hasta ahora no se le conoce ni un parpadeo doliente. Nada araña a Pogacar. Portentoso el esloveno, que todo lo puede.

El esloveno celebra su cuarta victoria en el presente Tour. Efe

Algo sucedió en 2024 y de aquel episodio no hay respuesta que pueda resolver la lógica o el sentido común respecto al crecimiento del esloveno, que vive en el cielo.

Continuando ese razonamiento, el de un Dios, se encaramó a otro victoria en solitario, a otra pose ganadora, a otra postal sobre una montaña, para enfatizar aún más su dominio.

Cuenta Pogacar 25 triunfos en sus participaciones en el Tour. Repitió en Le Markstein, donde se desató. Obtuvo 38 segundos de renta sobre Isaac del Toro, la foto que siempre ha perseguido el UAE en una jornada de montaña, –les queda llegar juntos–, y Paul Seixas.

Jonas Vingegaard, superado en el esprint en las alturas, fue cuarto, a 44 segundos del esloveno volador. Más atrás, Evenepoel, Ayuso y Lipowitz entregaron 50 segundos.

Pogacar, en plena ascensión. Efe

Aún más dominio

La general, ese balance que sitúa a Pogacar en La Luna y al resto en el suelo, queda con el líder con una renta de 4:30 sobre el danés y 5:04 respecto a Evenepoel. Seixas está a 5:19. Ayuso, a 5:22, Lipowitz es sexto a 5:44. Del Toro pierde 5:50. El Tour, enterrado en el Tourmalet, es un melodía de melancólica que quema etapas entre los festejos del inagotable esloveno. Solo queda ceniza.

En el Col du Haag, una pista forestal acunada a la sombra, entre la vegetación, 11,2 km al 7,3%, una vía que trepa con descaro y mirada hosca, se iluminó como un filamento de oro al sol Pogacar, reverenciado por el gentío, atronador, la humanidad sobre una montaña, para venerar a su héroe alado. Un Pegaso. O tal vez un centauro.

El líder, su amarillo fulgurante, destempló a todos con otro ataque que empequeñeció el Tour, un juego de niños para el esloveno.

Vingegaard, que trató de debilitar al líder a ritmo, se resquebrajó en cuanto Pogacar chasqueó los pedales. Con él, los demás. A espaldas del esloveno, la nada. Más allá, la nada y después los escombros.

Tres años atrás, cuando Vingegaard dominó a Pogacar, en el ocaso del Tour, el 22 de julio, irrumpió la arista de Le Markstein, la última montaña de la carrera. Aquel día, ambos esprintaron en el cielo. Un grito liberador recorrió los parajes de los Vosgos.

Era el bramido de Pogacar, aliviado, después del I’m gone, i’m dead que balbuceó a modo de epitafio en el Col de la Loze, donde quedó sepultado su Tour.

Le Markstein fue el inicio de la reconfiguración del esloveno. Donde todo empezó para la épica y el relato de las resurrecciones.

Aquella victoria cicatrizó el dolor de la derrota, le interpeló de cara al futuro. Como un levántate y anda, Lázaro. Aún con los rescoldos del dolor, el esloveno encontró la paz. “Me he encontrado”, dijo. La victoria de los vencidos.

El peso de aquel triunfo tenía que ver con el sentimiento, la emoción, el latido y la piel. Era un asunto simbólico. Una victoria para anunciar el retorno.

Motivacional. En aquel contexto de inferioridad, tuvo el significado de un acto de rebeldía. Esa victoria sobre Vingegaard fue un triunfo reparador. Sanador.

Vingegaard y el resto persiguen a Pogacar. BERNARD PAPON / POOL

El esprint de Le Markstein era el guante que lanzó Pogacar de cara al futuro; a 2024. Desde entonces, nada detiene al esloveno que viene del futuro. Prometeo.

El amperímetro elevó la tensión en un recorrido corto, donde de concentraban las ascensiones al Grand Ballon, Col du Page, Ballon de Alsacia, Col du Haag para anidar sobre la cima de Le Markstein, donde se instaló el primer telesilla de los Vosgos.

Fuga de calidad

El terreno invocó de inmediato a una fuga, revueltos los cazarrecompensas con los alfiles de los patricios, dispuestos a entablar una partida de ajedrez.

Carapaz, Healy, Tobias Johannessen, Anders Johannessen, Paret-Peintre y Einer Rubio, que pertenecían al primer grupo, se apostaban los cuartos en el damero de los Vosgos.

En ese escenario, festoneadas las cunetas de ánimo, gritos de entusiasmo, aplausos y colorido, Vingegaard lanzó adelante a varios de sus porteadores para desgastar en lo posible a los trotones del UAE.

Nils Politt, un gigante, un tipo nacido para las clásicas, era el temporizador de Pogacar en una jornada de montaña en los estertores de la segunda semana de competición

Bruno Armirail, gregario del danés, tintineaba por delante en otro grupo de la fuga primigenia con el danzarín Tom Pidcock, dispuesto a dar otro salto.

Tour de Francia

Decimocuarta etapa

1. Tadej Pogacar (UAE) 4h00:07

2. Isaac del Toro (UAE) a 38’’

3. Paul Seixas (Decathlon) m.t.

4. Jonas Vingegaard (Visma) a 44’’

5. Remco Evenepoel (Red Bull) a 48’’

6. Juan Ayuso (Lidl) a 50’’

7. Florian Lipowitz (Red Bull) m.t.

79. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) a 34:37

87. Alex Aranburu (Cofidis) m.t.

94. Ion Izagirre (Cofidis) m.t.

General

1. Tadej Pogacar (UAE) 51h18:28

2. Jonas Vingegaard (Visma) a 4:30

3. Remco Evenepoel (Red Bull) a 5:04

4. Paul Seixas (Decathlon) a 5:19

5. Juan Ayuso (Lidl) a 5:22

6. Florian Lipowitz (Red Bull) a 5:44

7. Isaac del Toro (UAE) a 5:50

8. Mattias Skjelmose (Lidl) a 7:35

44. Ion Izagirre (Cofidis) a 1h46:00

71. Alex Aranburu (Cofidis) a 2h26:51

115. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) a 3h12:19

El Visma pretendía que se generara cierto caos y desorden en la general. El inglés entraba en el juego del podio. Apareció la lluvia, que ametralló con saña en el descenso del Col du Page, vigilada la bajada por los abetos.

El Tour caluroso se plegó de hombros. Encapotado el cielo, gris el horizonte, la lluvia espejaba el asfalto. Rostros incómodos. El riesgo y la incertidumbre exigió más a los frenos de disco, que chirrían, que se quejan. La advertencia del vértigo.

Pogacar, en el bolsillo de Politt, descendía con aplomo. Evenepoel, Lipowitz y Del Toro, compartían cordada. A Vingegaard, Seixas y Ayuso les costó más conectar. Pedersen fue el pegamento.

Desde la tremenda caída que padeció en la Itzulia de 2024, a Vingegaard se le percibe más receloso en las bajadas, que penalizan cualquier tic de duda.

Con el final del descenso, la lluvia se retiró a sus aposentos, a cubierto. El escalofrío del descenso era un electroshock a pie del Ballon de Alsacia.

El UAE dispuso el lujoso Orient Express exhibiendo poderío económico y un plantel de estrellas por las vías de montaña de los Vosgos.

En el camarote más ostentoso, se acomodaba Pogacar, que saludaba por la ventanilla de su superioridad. El grupo de Pidcock se diluyó. Por delante, continuaba el desafío del sexteto.

El UAE no dejaba que nadie respirara. A galope tendido. Era un ritmo demencial que a todos aplastaba el orgullo en el entretiempo, en busca de la ascensión definitiva.

Los cuerpos planchados, la manos engarfiadas en el manillar en un esprint que no tenía final. La carga de la caballería ligera. A toque de corneta. Pulsión y arrebato. Todos huían de sí mismos en el thriller de las montañas.

Pidcock se queda

A Healy, de natural torcido, le abandonó la pose de escapista en el Col du Hundsruck, una subida sin categoría, pero que mordía.

Resistían Carapaz, Paret-Peintre, Rubio y los gemelos Johannessen. Anders Johannessen dimitió kilómetros después. Se despidió de su hermano. Le deseó buena suerte. La necesitarían ante hostigamiento de los mejores.

Tobias Johannessen y Carapaz mostraron la cresta en las primeras rampas. A Pidcock, tan alegre horas antes, le mudó el semblante.

El Decathlon de Seixas lanzó una carga de profundidad. Se desconchaba el grupo. Carapaz, advertido, alzó la frente. Se quedó a solas por delante.

Sepp Kuss, el aliado de Vingegaard en tantas rampas, tomó el mando entre los jerarcas. Se sostenían los mejores entre el arbolado que oxigenaba la subida punzante, exigente, dura.

El asfalto, rugoso recordaba al líder con una pintada. Pogacar, rey de las cumbres. La premonición. Carapaz peleaba con la misma devoción del Macizo Central. Humeante la Locomotora de Carchi.

El ataque de siempre

Lipowitz y Seixas aprovecharon un parón para estirarse en la vía verde, un carril bici en la montaña. Pogacar, pendiente de Del Toro, no se inmutó. Quería que el mexicano no quedara huérfano. Hermano mayor.

Vingegaard aumentó el compás. A su espalda se anudaban Lipowitz, Seixas, Ayuso y Del Toro. Evenepoel padecía. Se deshilachó. Las montañas no le aman.

El danés continuó con el ritmo machacón, su especialidad. Johannessen acarició a Carapaz antes del abrazo del oso de los favoritos. Evenepoel, en la zona roja, peleaba por no perder. Su destino es perseguir.

Arrancó entonces el esloveno, afilados los hombros, abarcándolo todo y regresó al pasado para felicitarse en el futuro. El mismo lugar. La misma victoria, pero de diferente significado. Pogacar es el Tour.

19/07/2026