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Tercer sábado de julio. Siete de la tarde. Antzuola revive una escena que se repite, inalterable, año tras año. Hoy tampoco ha sido una excepción. El inconfundible redoble de los tambores ha vuelto a anunciar uno de los momentos más esperados de las fiestas patronales. Con puntualidad británica ha dado comienzo el Alarde, el acto más emblemático del programa festivo, que pone de manifiesto la vigencia de una tradición que entrelaza historia, patrimonio e identidad local.
Como marca el protocolo, los dos bandos han desfilado por separado. Ha abierto la comitiva el jefe de la compañía antzuolarra, interpretado por Lander Domínguez, que ha recorrido las calles a caballo seguido por cerca de una treintena de fusileros y fusileras y el abanderado portando el estandarte de la villa. Tras ellos ha hecho su aparición Abderramán III, encarnado por Zishan Tariq. Vestido de blanco, con turbante y sobre su montura negra, el califa ha avanzado escoltado por su guardia antes de dirigirse hacia la Herriko Plaza, escenario de la representación central del Alarde y de su rendición, convertida desde los últimos años en un mensaje de respeto entre culturas.
Herencia cultural
Más de 180 vecinos y vecinas están al frente de esta recreación que rememora la batalla de Valdejunquera, librada el 26 de julio del año 920 entre las tropas del califa Abderramán III y una coalición cristiana encabezada por el rey navarro Sancho Garcés I. El relato de la participación de una compañía de antzuolarras en aquella contienda, unido al recuerdo de las antiguas milicias forales, da forma a uno de los principales símbolos de la herencia cultural del municipio.
Antzuolako Alardea ha brillado una vez más dentro de un programación aderezada por otras muchas propuestas. Mañana, la despedida, invita a exprimir los últimos compases de las celebraciones.